Una visión de la ciudad

Del escritor Vicente Blasco Ibáñez, en 1910.

15 May 2019 Por Carlos Páez de la Torre H
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AZAHARES. Según Blasco Ibáñez, la brisa los hacía caer en la plaza Independencia como copos de nieve.

En “Argentina y sus grandezas” (1910), el escritor español Vicente Blasco Ibáñez narra su experiencia de Tucumán. Decía que “ha progresado notablemente en los últimos años, pasando de la monotonía y la parquedad de una población colonial al esplendor y la abundancia de una ciudad moderna”. Alababa sus calles “bien trazadas y limpias”, pavimentadas con “adoquines de madera” y dotadas de gran movimiento.

“Tiene la ciudad hermosos parques, cinco estaciones de ferrocarril, abundante tranvías y un servicio de teléfonos, cuya red alcanza más de mil kilómetros”. Decía que “uno de los mayores encantos de Tucumán es la belleza de sus mujeres, flores escindidas que aún llevan la existencia de los tiempos coloniales, saliendo de sus casas únicamente para visitas ceremoniosas o para circular por la plaza en las noches en que hay retreta”.

En varios renglones, se detenía en el paseo principal. “La plaza Independencia ofrece en las noches de primavera, a la hora en que se ha retirado la gente y los clubes y hoteles cerraban sus puertas, un aspecto maravilloso, que hace recordar las decoraciones de los cuentos de hadas. El ambiente impregnado de perfumes ensancha los pulmones, obligándolos a una aspiración más frecuente. Los focos eléctricos reflejan su luz en el suelo blanco. La atmósfera es cálida y bochornosa, atravesada de vez en cuando por ráfagas de fresca brisa. Parece que por un capricho de la naturaleza acaba de nevar. Amplios espacios están cubiertos con un manto blanco. Y cuando la extrañeza del espectáculo hace inclinarse al observador para tocar la nieve, encuentra sus copos tibios, carnosos y de un contacto igual al de la seda. Son pétalos de azahar, que la brisa ha hecho caer de los árboles...”.

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