Fe de errores

11 Nov 2017
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L a semana pasada en esta misma columna nos equivocamos. En realidad me equivoqué, porque no es justo pluralizar los errores. Tendemos a sociabilizar los yerros y a monopolizar los aciertos. Es usual que el mismo que dice “yo gané” luego dice “perdimos” y es menos usual afirmar “ganamos” o “perdí”. Esto se ve mucho en el deporte, en la política y en las empresas.

Yo me equivoqué y conmigo LA GACETA. Como un jugador que mete un gol en contra y perjudica a todo el equipo.

Hago esta aclaración porque el mayor activo que tiene un periodista -y un medio- es su credibilidad.

Sin credibilidad un periodista no es nada. Es un simple agente de propaganda cuyo fin no es informar o analizar los hechos, sino instalar una idea en beneficio de ciertos intereses, políticos, empresarios o religiosos.

En la columna del sábado 4 de noviembre, titulada “Cambian los gobiernos y los pobres son siempre los mismos”, afirmé que un cosechador de limones cobra 100 pesos por jornal, lo que significa que si trabajara los 30 días del mes, sin descanso, embolsaría 3.000 pesos.

Como bien lo aclaró ayer en una carta de lectores el presidente de la Asociación Citrícola del Noroeste Argentino, Martín Carignani, un cosechador de limones no gana 100 pesos, sino 464 por jornal.

Remuneración real

Mi confusión surge porque en la planilla de escalas salariales de la actividad citrícola las tareas están tabuladas.

No fue erróneo decir que un cosechador cobra 100 pesos por sacar la fruta de la planta ($106,56 exactamente), pero su tarea no se limita sólo a eso y una verdad a medias es igual -o peor- que una mentira.

La cosecha y recolección de citrus se divide en “cosechador básico fijo”, por lo que se paga $106,56, más “cosechador básico variable por destajo”, por lo que cobra otros $247,63, más un adicional fijo no remunerativo de $33,03 y de $76,77, respectivamente, lo que hace un jornal de $354,20 más un fijo no remunerativo de $109,80, para llegar a un total de $464.

Esto significa que un cosechador termina embolsando, al cabo de 22 días de trabajo efectivo, 10.208 pesos mensuales.

Al margen de si este es un salario digno para alguien que trabaja seis meses al año y después debe migrar a otra provincia cuando se termina la cosecha, con las consecuencias familiares y sociales que esto representa, el objetivo del análisis que realicé la semana pasada estuvo lejos de buscar castigar a la actividad citrícola.

De haber interpretado correctamente la escala salarial, la columna no hubiera variado un ápice, salvo porque hubiera consignado que un cosechador cobra $464 por jornal.

Elegí a la actividad citrícola como ejemplo, por el único motivo de que se trata de una industria líder en la provincia. Si en el mejor de los escenarios la precarización laboral es evidente, imaginemos lo que ocurre en sectores menos favorecidos.

Competencias emergentes

Argentina tiene una industria poco competitiva respecto de otros países emergentes, por varias razones, entre ellas por sus salarios altos, por la presión fiscal y por sus sindicatos poderosos.

El gobierno nacional pretende avanzar ahora en reformas para que el país sea más competitivo, es decir más atractivo para la inversión de capitales.

Una de las principales variables de ajuste, siempre, es el salario, ya que es el ítem número uno en la planilla de costos de toda empresa, salvo excepciones.

La situación entonces es sumamente complicada y es lo que intentábamos analizar la semana pasada.

Si Argentina cuenta con la mitad de sus asalariados fuera del sistema (en negro) y de la otra mitad el 50% no cubre sus necesidades básicas (no llega a fin de mes) y aún así este escenario es el mejor de la región y para ser más competitivos debemos precarizarnos más, entonces el futuro es cuanto menos lapidario.

A escala global

No es un problema argentino; es un problema mundial, en un contexto donde aumenta el hambre y la pobreza, la precarización laboral y donde la riqueza se concentra cada vez más en pocas manos.

Ya no hablemos de las citrícolas, sino de empresas líderes en el mundo, como Apple, que para ser más competitiva fabrica sus productos en países asiáticos, donde emplean niños en condiciones de esclavitud.

No hablamos de ropa económica fabricada en India o en China, sino de productos de alta gama, como es un iPhone, dirigidos a personas con alto poder adquisitivo.

Si para hacer un teléfono de 1.500 dólares emplean a niños esclavos, imaginemos cuál debería ser un salario competitivo en Argentina, y no para hacer iPhones, sino para sembrar lechuga y tomate.

Frente a este escenario, Néstor Kirchner primero, pero más aún Cristina Fernández, avanzaron sobre el modelo de cerrar las fronteras, aislar al país de este mundo salvaje, e intentar “vivir con lo nuestro”. Acerca de la viabilidad o no de este camino podrán opinar los especialistas, que no es mi caso.

Lo cierto es que ahora Mauricio Macri pegó un timonazo en dirección a lo que él llama volver a “la normalidad”.

Abrir las fronteras, reintegrar la Argentina al mundo, buscar inversiones extranjeras y recuperar institucionalidad y credibilidad.

En dos años las inversiones no llegaron y nada indica que lo vayan a hacer, por el solo hecho de que Macri tenga ojos azules.

Para que el país sea atractivo para los capitales extranjeros la fórmula es tan simple como conocida. Deben bajar los salarios y los impuestos y los contratos laborales deben ser más flexibles (a favor de las empresas).

Caso contrario, los capitales seguirán eligiendo a los países asiáticos, o a países con asalariados más precarizados que en Argentina, como por ejemplo Perú.

Sujetos antes que objetos

Este es el complejo escenario que analizábamos la semana pasada, sin dobles intenciones, sin operaciones encubiertas y, sobre todo, sin faltar a la verdad.

Porque podemos, o puedo, equivocarme, y seguramente no será la última vez, pero nunca nos faltará valentía y decencia para reconocerlo.

La verdad es un bien escaso en estos tiempos, entre los políticos, entre los empresarios, en las relaciones humanas en general y, lamentablemente, también en algunos medios de comunicación, donde la verdad en muchos casos ha dejado de ser un activo y ha pasado a ser un obstáculo.

Podemos no coincidir e interpretar los hechos de formas disímiles, porque como sujetos constituidos que somos estamos imposibilitados de ser objetivos, pero siempre vamos a ser, ante todo, honestos.

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