Llevar a los albergues a quienes viven en la calle es una tarea ardua y minuciosa

LA GACETA acompañó a un equipo de Desarrollo Social durante una recorrida nocturna. Entrar en confianza demanda varios intentos.

20 Jun 2017

Nelson, Miguel y Nelson. Tres nombres. Tres equilibristas de la vida. Invisibles en un Tucumán que nunca duerme. Con el afecto hecho añicos. Con una bolsa de nylon a cuestas. Un cartón y una frazada guardados en la casilla de gas de un rincón de la ciudad, preferentemente el hall de un edificio en construcción. Hace mucho frío. No es para tanto, repiten. Anestesiados.

¿Que es eso de tener que vivir en la calle? Nelson, Miguel y Nelson lo saben. Prácticamente no conocen otra vida, otro techo que no sea el cielo.

Acompañamos a los operadores del Programa “Abrigar”, del Ministerio de Desarrollo Social, para conocer a fondo qué pasa en las calles cuando las luces de las casas se apagan y la mayoría de los tucumanos se mete a su cama a dormir.


Una hora antes de la medianoche parte la combi con cinco operadores y un chofer. Todos ellos tienen otro trabajo. Afirman que están allí movilizados, porque una vez que conocieron la situación de la gente de la calle no pudieron alejarse más.

El lugar de encuentro fue la seccional primera, ubicada en San Martín al 200. Adentro del vehículo el aroma a pizza casera asalta el olfato. La comida, que se guarda en una enorme caja de telgopor, ha sido preparada por voluntarias del grupo Mujeres de la Patria. También hay para repartir esta noche zapatillas y frazadas.

Patricio Madrid (38) le da las primeras coordenadas al chofer y partimos. Soledad Ale (26) -la más nueva del grupo- lleva la planilla para anotar los datos de cada persona que encuentren durmiendo a la intemperie. Juan Carlos Monzón (38) aclara que la función de ellos va mucho más allá del asistencialismo; o sea de llevarles una frazada y comida a los desamparados. Tienen que darles contención, intentar que esa noche vayan a alguno de los albergues disponibles, averiguar qué les ocurre realmente y tratar de que abandonen la calle. “Este es el último objetivo; muy difícil de lograr por cierto. Pero no imposible”, detalla Madrid.


Salen cada viernes y sábado a la noche a trabajar y no saben con qué se encontrarán. Pueden terminar en un hospital, o presos en una comisaría. “Nos enfrentamos con gente que se resiste a la ayuda”, detallan. Pero, en el fondo, lo que más les preocupa es que desde hace un año viene aumentando cada vez más la cantidad de personas que duermen en la calle, al punto de que hoy ya son el doble. La mayoría, según detallan, son jóvenes o personas de la tercera edad.

El recorrido de esta noche fría será por el microcentro. ¿Están listos?, pregunta Patricio. Todos dicen que sí. Aunque en el fondo saben que jamás estarán listos para algunas realidades.

Miguel, el santiagueño

El teléfono avisa que un vecino de Balcarce primera cuadra acaba de llamar al 103 (Defensa Civil). Da cuenta de que en esa zona hay una persona durmiendo. Bajo una colcha con los colores de River Plate, está él, Miguel, totalmente dormido. No se asusta cuando lo despiertan. Al contrario, sonríe y dice buenas noches. El operador le ofrece llevarlo a un albergue. “Hace bastante frío; te va a hacer mal dormir acá”, le sugiere Madrid. Miguel acepta. Entonces Patricio empieza a buscar lugar. Hay dos opciones: para los varones el Hogar de Cristo (Congreso 1.149) y para mujeres y familias el parador de la Municipalidad (avenida Coronel Suárez 600).

“¿Tenés hambre?”, le preguntan. Miguel asiente. Le da vergüenza decir que hace muchas horas que no come. Ha perdido la cuenta. Le acercan las pizzetas. No puede parar de comerlas, mientras sigue allí, sentado sobre su cama hecha con cartones de dos cajas. Luego, empieza a alistar sus cosas: guarda en una bolsa de consorcio una botella de agua y la frazada de los “millonarios”.

Sube a la combi y entonces comienza a dar más detalles sobre su vida. Cuenta que es oriundo de Añatuya y que llegó a Tucumán hace unos días. “Me trajo a trabajar un señor de un parquecito de diversiones. Pero luego de varios días me dijo que me fuera a bañar en una capilla, que me esperaba afuera. Cuando salí, ya se había ido. Me dejó con lo puesto”, revela. Lo puesto es un jeans, un buzo rojo y unas zapatillas. Ni siquiera lleva medias. La colcha se la compró con unos pesos que tenía en el bolsillo. También compró velas para vender. “Pedí ayuda en una comisaría y me dieron dinero para que llegara al centro”, confiesa.

No es la primera vez que pasa la noche sin un techo. Miguel, que tiene 37 años, ha estado muchas veces en la misma situación. Desde los ocho años, confiesa. “Tengo mamá y 12 hermanos. Pero no me quieren con ellos. Les pedí ayuda un montón de veces; no se preocupan por mí”, remarca con total naturalidad. Cuenta a los operadores que hace varios años sufría epilepsia.

Generalmente Miguel duerme donde lo voltea el sueño, y eso ocurre generalmente en el microcentro. Dice que no será la primera vez que apoya su cabeza en la almohada en un albergue. Además de tener un colchón, hay tiene baño y puede comer. Las condiciones para ingresar a estos sitios son mínimas: no estar borrachos ni drogados, menos andar peleándose con los otros. Y madrugar, porque a las ocho en punto hay que dejar la cama. En ese momento se bajan las persianas y hay que salir a la calle, a rodar otra vez. A remontar las horas, minuto a minuto.

“Mirá qué lindo lugar, acá vas a estar bien... Y podés volver mañana”, le dice el operador. A lo que Miguel le responde con dudas: “y no sé... Está bastante lejos; me voy a perder”. “Tratá de venir por favor”, le insiste, y le da un abrazo de despedida.

Nelson 1

La recorrida continúa, esta vez con destino a la plaza Independencia. Allí está Nelson, de 25 años. Apenas ve llegar la combi dice “ahí están mis amigos”. Para los operadores, muchos de los sin techo son sus protegidos. Han logrado acercarse a ellos y lograr su confianza después de varios intentos. “¿Qué van a traer para festejar mi cumple mañana?”, pregunta el joven cuidador de coches.

Han pasado unos minutos de la 1 de la mañana y alrededor de la plaza Independencia no cabe un auto más. Cuando termine un espectáculo que hay por la zona Nelson recaudará unos pesos de los dueños de los vehículos. Luego caminará una cuadra hasta el hall de un edificio en construcción que hará las veces de casa y cama.

“No voy al albergue porque tengo que trabajar”, comenta, mientras saborea las pizzetas y pide agua. Cuenta que duerme en la calle desde los 11 años y que ya se ha acostumbrado porque ahí también están sus amigos, que son su familia. Entre ellos aparece Damián, un joven marplatense de 24 años que por amor a su hijo, un bebé de seis meses, hizo algo que de seguro otros podrían catalogar como una locura. Siguió a su ex mujer hasta Tucumán y no le importa estar a la deriva cada día con tal de poder ver a su pequeño una o dos veces por semana.

Nelson y Damián prometen que si una noche hace muchísimo frío buscarán un lugar en el albergue. Los operadores se marchan, no sin antes dejarles dos frazadas y un par de zapatillas.

Nelson 2

La tercera parada viene después del pedido de un transeúnte. “Vayan por favor a la 9 de Julio al 100; ese chico no se puede ni despertar, está muy mal, es evidente que ha consumido drogas”, exclama.

Detrás de un contenedor y sobre un colchón destruido está Nelson, de 26 años. Tiene la mirada perdida y la voz suave, que apenas se escucha. Haciendo un gran esfuerzo para tragar la comida, nos cuenta que hace cinco meses duerme ahí. Se enfrentó con vecinos y ya no lo dejan entrar a su barrio, adonde viven su mujer y sus tres hijos. “Quisiera volver”, expresa, risueño. Y ya no puede hablar más.

Antes de hacer la última parada, cuando ya pasaron las 2 de la mañana, Patricio habla de un caso que lo marcó profundamente: se refiere a un joven al que llama JF. Lo conoció cuando el chico tenía siete años y estaba en la calle. “Generalmente, que alguien viva en esas condiciones es la punta de un iceberg. Hay algo que los empujó al asfalto. Muchos no pueden salir. Es nuestro trabajo llegar al fondo de la cuestión. Con JF, por ejemplo, descubrimos que él y su familia vivían en una situación de violencia tremenda a la que los sometía el padre. Rescatamos a toda su familia”, recuerda, y admite que hace poco volvió a encontrar a JF. De nuevo había vuelto a deambular. A la droga. Al desamparo. A un círculo vicioso del que a muchos cada vez se les torna más difícil escapar.

> A los chicos los llevan a sus casas, para los adultos hay refugios 

No se sabe con certeza cuánta gente vive en las calles de Tucumán. De lo que sí están seguros los expertos es de que es una realidad que va en aumento. Ana Carrera, de la Dirección de Adultos Mayores; Ana Vélez, de la Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia; y Nancy Marin, coordinadora del programa Amanchay, contaron de qué se trata Abrigar, el programa del Ministerio de Desarrollo Social destinado a contener a niños, adolescentes y adultos en situación de calle.

Según detallaron, Abrigar funciona todos los fines de semana con trabajadores sociales y técnicos que recorren permanentemente las zonas de los semáforos y sectores donde se concentran personas en situación de calle.

“A los chicos los llevamos a sus casas. Charlamos con ellos y con sus familias por medio del equipo de asistentes sociales. Además llevamos alimentos, bebidas calientes y abrigos para ellos”, resaltaron.

En el caso de los adultos vulnerables, mediante un convenio con Cáritas se habilitó un refugio donde las personas en condición de indigencia pueden ir a dormir. Quienes no quieren asistir al refugio reciben alimentos y abrigo. “Nustra función es ir generando un vínculo con la gente, una estrategia que nos permitirá ver qué le pasa a esa persona y entonces ir activando todo tipo de ayuda que finalmente sirva para que tenga un hogar o retorne al que ya tiene”, explicaron.

El programa Abrigar parte de la comisaría 1º, donde funciona el “Centro en Red de Contención y Asistencia al Ciudadano” (CERCA). Allí trabajadores de las áreas sociales atienden consultas de violencia de género, adicciones, situación de calle y adultos perdidos.

> Para pedir ayuda se puede llamar a la línea 102 (de 8 a 20) o a la línea 103. También podés acercarte a la seccional 1º, en San Martín al 200.

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