Fantasías conservadoras contra la realidad

19 Mar 2017
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EN LA MIRA. Hasta los republicanos critican a Trump por el presupuesto. reuters

Por Paul Krugman - The New York Times

Esta semana, el gobierno de Trump sacó un proyecto de presupuesto – o, más precisamente, un proyecto de “presupuesto”. Después de todo, en los presupuestos reales se detalla de dónde proviene el dinero y a dónde va; esta proclamación cubre solo cerca de un tercio del gasto federal, en tanto que no dice nada sobre los ingresos o los déficits proyectados.

Stan Collender, un experto en temas fiscal, lo expresó así: “Esto no es un presupuesto. Es un comunicado de prensa de la campaña de Trump, al que hacen pasar por documento del gobierno”.

¿Entonces, cuál es el propósito del documento? Presumiblemente, el gobierno espera que distraiga a la población y a la prensa de la debacle en curso por la atención de la salud, sin embargo, es probable que eso no suceda. Y, en cualquier caso, este pseudopresupuesto es un ejemplo de la misma combinación de mezquindad y fantasía fiscal que ha convertido al esfuerzo republicano para remplazar al Obamacare en un desastre.

Solo hay que pensar un momento en la visión del gobierno y su función que la derecha ha estado pregonando durante décadas.

En ella, la gran parte, si no es que la mayor parte, del gasto gubernamental es un desperdicio total, que no le hace bien a nadie. Lo mismo es cierto sobre las regulaciones gubernamentales. Y, en la medida en la que el gasto sí ayuda a alguien, es a Esas Personas, los tipos flojos, indignos, que, solo toca la casualidad de que son, bueno, un poco más oscuros que los Estadounidense Verdaderos.

Este fue el tipo de pensamiento – o, quizá “pensamiento” – que subyacía en la promesa de Donald Trump de remplazar al Obamacare con algo “muchísimo menos caro y mucho mejor”. Después de todo, es un programa gubernamental, así es que él supuso que debe estar lleno de despilfarros que un dirigente rudo como él podría eliminar.

Extrañeza republicana

Por extraño que parezca, no obstante, resulta que los republicanos no tienen ideas sobre cómo hacer que el programa sea más barato como no sea eliminando el seguro médico para 24 millones de personas (y hacer que la cobertura sea peor, con gastos extras más elevados para quienes se queden en él).

Y, básicamente, se puede aplicar la misma historia a un nivel más amplio. Hay que considerar al gasto federal en su conjunto: fuera de la defensa, está dominado por la Seguridad Social, Medicare y Medicaid; todos programas que son cruciales para decenas de millones de estadounidenses, muchos de los cuales son votantes blancos, de clase trabajadora, que son el núcleo del apoyo de Trump. Más aún, la mayor parte del gasto gubernamental también sirve a propósitos que son populares, importantes o (por lo general) ambas cosas.

Dada esta realidad, ¿por qué son tantas las personas que se oponen al “gran gobierno”?

Muchas tienen una visión distorsionada de las cifras. Por ejemplo, la gente tiene una perspectiva excesivamente exageradade cuánto gastamos en ayuda exterior. Muchas tampoco pueden relacionar su experiencia personal con las políticas públicas: grandes cantidades de derechohabientes de la Seguridad Social y de Medicare creen que no hacen ningún uso de algún programa social del gobierno.

Gracias a estas interpretaciones erróneas, cuidadosamente promovidas por los medios derechistas, es frecuente que los políticos puedan salirse con la suya al contender con promesas de reducciones drásticas en el gasto: muchos, quizá la mayoría de los electores, no ven cómo dichos recortes afectarían su vida.

Sin embargo, ¿qué pasará si los políticos contrarios a un gobierno grande se encuentran en la posición de poner en práctica su plataforma política? Los electores recibirán rápidamente una lección de lo que de verdad significa reducir el gasto, y no les va a gustar.

Básicamente, ese es el muro contra el que se acaba de estrellar la revocación del Obamacare. Y lo mismo pasará si esta cosa, sea lo que sea, de Trump se convierte en un presupuesto real.

Una lista

El propio Trump da todos los indicios de no tener ni idea de lo que hace el gobierno federal; su documento vagamente parecido a un presupuesto, no es mucho más que una lista, más o menos garabateada, de números, sin ninguna imagen clara de lo que significarían. (Para ser justos, se podría haber dicho lo mismo de los presupuestos de Paul Ryan en el pasado. De hecho, yo lo hice.)

Sin embargo, la realidad es que los recortes propuestos tendrían efectos horribles, altamente visibles. Puede sonar que está bien quitar el programa de subvenciones para el desarrollo comunitario por manzanas, si no se tiene ni idea de lo que se hace (lo cual, de seguro, es el caso de Trump); no tanto la eliminación del de alimentos sobre ruedas, que sería una consecuencia inmediata. Ni a la región carbonífera, donde se votó abrumadoramente por Trump, le gustarían las consecuencias, si se elimina a la Comisión Regional de los Apalaches.

La protección ambiental

Esperen, hay más. Desmantelar efectivamente al Departamento de Protección del Ambiente puede sonar inteligente, si uno se imagina que sólo se trata de un montón de burócratas entremetidos. Sin embargo, la población quiere protección ambiental más fuerte, no más débil, y no estaría contenta al ver el drástico deterioro en la calidad del aire y del agua.

El punto es que el intento de Trump por alejar el tema del atolladero de la atención de la salud en el que está su Partido no va a funcionar y no solo porque, literalmente, este supuesto presupuesto no vale ni el papel en el que lo hicieron. A un nivel más fundamental, ni siquiera cambia el tema.

Las promesas presupuestarias republicanas, como las de la atención de la salud, han estado basadas en una imagen esencialmente fraudulenta de lo que está pasando en realidad. Y ahora, a la iniciativa de ley para estas mentiras se le venció el plazo.

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