El Gobierno espera que se abra la ventana al financiamiento externo

30 Mar 2014
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COMO UN ROMPECABEZAS. Los precios no le dan respiro a los consumidores. El Gobierno se tienta a emitir más pesos. la gaceta / foto de oscar ferronato (archivo)

La inquietud llegó como una carta al director. Mario Alberto Ricci, ex secretario de Hacienda y ex director de Presupuesto de Tucumán, planteaba el escenario que se avecinaba en la Argentina. Fue hace poco más de un mes cuando analizó que la inflación no se generaba espontáneamente, sino que era una acumulación de situaciones agobiantes: desde el déficit fiscal, derivado en subsidios sin controles, incremento en la dotación del personal estatal, incremento de la presión tributaria, la necesidad oficial de captar más dólares y, en definitiva, la consolidación de la inflación como el impuesto que lo pagan todos, pero que golpea más a los que menos tienen. En suma, decía Ricci, la causa de la inflación es el déficit fiscal crónico que se aguza por la instalación de una excesiva intermediación que no agrega valor entre el productor y el consumidor final. Así las cosas, el escenario que hoy vive la Argentina es de una ruta recesiva con inflación.

Pero pudo haber sido peor el cuadro. Hacia fines del año anterior, el Gobierno mostró cierto giro en la política monetaria, bajo el nuevo mando de Juan Carlos Fábrega en el Banco Central.

En enero, la presión sobre las reservas se había tornado insoportable (el Central perdió U$S 2.900 millones en el mes) por lo que Fábrega decidió contrariar una pieza clave del discurso oficial (“No vamos a devaluar”) y permitió un salto discreto del tipo de cambio en un intento por descomprimir la situación. En paralelo, el BCRA también promovió fuertes subas de las tasas de interés de las Lebac en un esfuerzo tendiente a aumentar la oferta neta de dólares y absorber la liquidez excedente que exacerbaba las presiones inflacionarias.A la par de este giro ortodoxo del BCRA, dice el último reporte de la consultora que dirige el economista Federico Muñoz, Axel Kicillof desde el Ministerio de Economía también motorizaba varios cambios con un objetivo excluyente: la recuperación del acceso al crédito externo y el regreso de la inversión extranjera. A tal fin, Kicillof promovió una serie de giros llamativos, en franco contraste con el discurso kirchnerista de los años previos. En efecto, en los últimos meses, el gobierno procedió a:

• Acercar posiciones con el FMI y el Banco Mundial.

• Arreglar con Repsol por la expropiación de YPF.

• Presentar una propuesta al Club de París de regularización de la deuda.

• Y, en el vuelco más inesperado, sincerar la medición de la inflación con un nuevo IPC aparentemente no manipulado (aunque en la medición de febrero volvió a dejar dudas). Con estos giros, las autoridades económicas delinearon una suerte de hoja de ruta para aventar el riesgo de crisis por agotamiento de las reservas del BCRA:

• Para empezar, con la devaluación, la fuerte suba de las tasas de interés y la liquidación forzada de los activos dolarizados de los bancos, Fábrega consiguió cierta calma financiera que construyó un puente de estabilidad hasta el inicio del otoño.

• A partir de abril, el gobierno confía en que la llegada de los dólares sojeros permitirá recomponer las reservas del BCRA (o al menos preservar su estabilidad).

• Finalmente, la esperanza oficial está puesta en que, para el segundo semestre, cuando haya culminado la temporada alta de liquidación de divisas sojeras, los gestos market friendly hayan fructificado y el Estado esté en condiciones de volver a abrir una ventana de financiamiento externa, que le permita prolongar la estabilidad de las reservas para que Cristina Fernández finalice su mandato sin crisis financiera.

Sin embargo, plantea Federico Muñoz & Asociados, el problema macro básico y primario; el punto de partida para los restantes vicios y desequilibrios que mortifican a la economía argentina (incluyendo, la caída de las reservas del BCRA) no ha sido otro que la inflación. Más concretamente, el proceso inflacionario en curso presentó un par de peculiaridades que lo hicieron especialmente dañino para la macro local.

En primer lugar, la inflación fue en este período sistemáticamente superior a la tasa de devaluación. Esta brecha fue responsable de sumergirnos en una situación de creciente retraso cambiario, dice el informe al que accedió DINERO. El dólar barato erosionó la competitividad de los productores locales de transables y aumentó las expectativas devaluatorias, mermando progresivamente la oferta neta de divisas.

En segundo lugar, la inflación también fue sistematicamente superior a las tasas de interés, lo que impidió que el Peso se erigiera en reserva de valor, acentuando así el interés por dolarizar carteras.

“Si la inflación es el problema básico y primario, un esfuerzo consistente tendiente a estabilizar el nivel de precios constituye una condición poco menos que indispensable para devolverle sustentabilidad a la marcha de la economía local”, indica el informe de Federico Muñoz & Asociados.

Ajuste equilibrista
La encrucijada oficial


El Gobierno enfrenta la encrucijada de aplicar políticas de ajuste de la economía o dejar que la
crisis lo haga licuando gastos y déficit. Es decir, o toma la decisión de reducir o eliminar el déficit fiscal para abortar definitivamente el drenaje de dólares o, por el contrario, sigue monetizando el déficit y deja que la crisis haga el “ajuste por las malas”, señala Economía & Regiones. Todo indica que está aplicando un camino intermedio que consiste en un ajuste a medias que tiene como objetivo ganar tiempo y procurar llegar a terminar el mandato en las mejores condiciones posibles. En definitiva, es un proceso de ajuste que el gobierno encara impuesto por la realidad económica; porque “no le queda otra”. En suma, se trata de un escenario equilibrista, donde el Ejecutivo realiza un ajuste menor al requerido.

Escenario optimista
Las correcciones fiscales necesarias


Si el ministro de Economía, Axel Kicillof, se decidiera a encarar un ajuste fiscal sensible), nos internaríamos -sin dudas- en un escenario optimista para la economía nacional en lo que resta del año (y, probablemente, hasta el final de la gestión de Cristina Fernández), dice el economista Federico Muñoz. En tal contingencia, el esfuerzo de ajuste monetario que está llevando adelante el presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, se tornaría sustentable, pues bajaría la expansión de la oferta de dinero derivada del financiamiento del Central al fisco. Además, es muy probable que, en el contexto de una progresiva reparación de la salud macro (ajustes monetario y fiscal mediante), el gobierno no tenga mayores inconvenientes para recuperar el acceso al crédito externo conforme avance 2014.

El cuadro pesimista
El hipotético caso de otra devaluación

El gobierno confía en que la liquidación de la cosecha gruesa extenderá la actual pax cambiaria hasta el inicio del segundo semestre. Kicillof confía en que para entonces ya habrá recuperado el acceso a fuentes de financiamiento externo. El escenario con que sueña el gobierno no es inasequible. Pero es claro que hay múltiples motivos por los que podría no concretarse: una oferta neta de dólares sojeros menor a la esperada; un déficit fiscal que ponga excesiva presión sobre el BCRA; mercados financieros externos reacios a volver a prestar a la Argentina a tasa razonable. En ese caso, recrudecerían las expectativas de devaluación, el mercado cambiario volvería a estrangularse y el BCRA no tendría otra alternativa que convalidar otro salto discreto del tipo de cambio para destrabar esa situación.

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