"El individualismo es el que pone en crisis a la familia"

Carlos Camean Ariza, de la Universidad Austral, sostiene que en nuestra sociedad ya nadie quiere comprometerse con el otro.

10 Abr 2013
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LA GACETA / FOTO DE INéS QUINTEROS ORIO

"La familia no está en crisis. Los que están en crisis son sus integrantes". Con esta premisa, que repitió casi como un mantra durante toda la entrevista, el director del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral, Carlos Camean Ariza, trazó un inquietante cuadro de situación de las familias argentinas. El especialista vino invitado por la Fundación Nuestros Cimientos, y brindó una conferencia en el marco de la carrera de Técnico en Orientación Familiar, que dicta a distancia la Universidad Austral y que ahora tiene clases presenciales en Tucumán. "Coordinar la llegada de esta carrera, única en el país, precisó una ardua tarea logística. Pero estamos encantados de poder difundir nuestros conocimientos porque, cuantos más orientadores familiares haya, mejor", argumentó.

Y aclaró que la carrera pretende generar especialistas que puedan orientar y ayudar a aquellas familias que están atravesando algún tipo de dificultad.

- La familia como institución, ¿está en crisis?

- Lo que está en crisis no es la familia sino las pesonas que la integran. El hombre es un ser sociable y cuando está aislado pierde su escencia humana. De hecho, uno se va construyendo como persona en la medida que se relaciona con los otros. El individualismo salvaje de los últimos 200 años ha puesto en crisis al hombre y esa crisis individual termina repercutiendo en la familia. Por ejemplo: toda esta onda divorcista surge precisamente porque a la persona le importa su propia realidad, y no la del otro. La familia es una organización de detalles: hacer un favor, saludar o agradecer. Pero, con las crisis, todos estos detalles se pierden porque no nos importa lo que le pasa al otro.

- ¿A tanto hemos llegado?

- Y mucho más. Una cosa que demuestra lo que estoy diciendo es que el 80% de la gente que se divorcia vuelve a formar un nuevo hogar. Si fuera una crisis tan real, esos intentos directamente serían desechados. Hoy es más importante tener la última tablet, el auto más moderno o la casa más lujosa. Importa lo que tengo, no lo que tenemos como pareja. En nuestra sociedad ya se ha perdido la primera persona del plural. Y doy un ejemplo más: los argentinos somos capaces de tener un Papa, una reina y el mejor jugador de fútbol; pero no somos capaces de trabajar juntos.

- Entonces, la raíz del problema es que no sabemos trabajar en equipo...

- Justamente. Y si no mire lo que está sucediendo en las sociedades del Primer Mundo: están volviendo para atrás. Muchos países de Europa ya se han dado cuenta de que deben apuntalar los cimientos de la familia y que necesitan tener hijos. Porque la prueba más patética del individualismo es que la gente ya no quiere tener hijos. ¿Y por qué no quieren? Pues, porque dan trabajo. ¡Y claro que dan trabajo! Sino pregúntenle a Homero Simpson. A todos nos pasó un poco lo que le pasa a él, que se vuelve loco con Bart.

- ¿Y qué papel juegan las nuevas tecnologías en esta crisis?

- El individualismo feroz choca con nuestra necesidad de estar comunicados. Sin embargo, nos da mucho miedo comprometernos con el otro. Cuando uno habla cara a cara, hay en cierta manera un compromiso con el otro, pero con las comunicaciones virtuales ese compromiso no existe. Todo es más frío e impersonal. No hay compromiso; sólo hay un pacto. Es una pseudocomunicación que no es dialógena, porque el diálogo supone compromiso y la valoración del otro. Es decir, el otro pasa a ser alguien con quien me comunico, pero no dialogo.

- ¿Y como se puede remar contra esta corriente individualista sin caer en un gueto?

- Para empezar, yo no creo en los cierres. Al contrario, me parece que la familia debe estar abierta a la sociedad. Lo que ocurre es que para poder estar bien, una familia necesita tiempo para ella misma. Pero no tiempo para ir a Disneylandia, donde uno pasa los días en la montaña rusa. Sino un tiempo distendido. Por ejemplo, ir al campo un domingo y tomar unos mates juntos. Un tiempo que también está hecho de silencios y no de interrogatorios policiales. Lo peor que pueden hacer los padres es someter a interrogatorios a sus hijos. Porque el amor se demuestra, sobre todo, estando y no atosigando.

- Entonces la comunicación también está hecha de silencios...

- ¡Pero claro! Mire, a mí me molestan mucho las críticas que se hacen a veces a esos matrimonios que llevan más de 20 años de casados y que suelen ser vistos tomando un café en completo silencio. Tal vez haya incomunicación, pero muchas veces sucede que esos matrimonios han llegado a un punto tal de comunicación y entendimiento que ya no necesitan hablar tanto. No necesitan otra cosa más que estar sentados juntos allí, al calor del sol otoñal, saboreando un café. Y cuando la familia en pleno logra eso, es decir, logra estar bien por el solo hecho de estar juntos y a lo mejor pasan horas sin hacer nada, tirados en el pasto tomando sol o saboreando unos mates, entonces esa familia logra la plenitud.

- Es un tiempo de calidad más que de cantidad...

- Bueno en realidad, no puede haber tiempo de calidad, sino hay tiempo. ¿Se entiende? Nunca cinco minutos son tiempo de calidad. Nunca. Esta manía que tienen los padres de decir: "yo les dedico a mis hijos 15 minutos, pero de una calidad superior", es gendarmería. Porque muchas veces ese tiempito es usado para someter a los chicos a un interrogatorio molesto. En cambio, el tiempo de calidad es el silencio, es poner una música suave y jugar al rasti, o leer un libro y comentarlo con los hijos. En este sentido, poco pero bueno no sirve. Mejor es mucho y bueno.

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