El mito acerca de la identidad de Perón

NOVELA LA MÁSCARA SARDA LUISA VALENZUELA (Seix Barral - Buenos Aires)

18 Nov 2012

La máscara sarda, de Luisa Valenzuela, recientemente editada por Seix Barral, construye una historia ficcional perfecta basada en elementos de la realidad, en donde todos los caminos justifican el origen, la infancia y hasta el descenso fallido en Ezeiza de Juan Domingo Perón.

La novela transcurre dos días antes de su regreso a la Argentina. El ex presidente está cansado, enfermo, durmiéndose en el sillón. A su lado, López Rega le habla al oído como solo el demonio lo hace para ganar la conciencia de los moribundos. Así intenta manejar sus sueños. López Rega cuenta con una carta escondida y poderosa: estar al corriente del secreto de su nacimiento. Su verdadero nombre es Giovanni Piras, emigrante de Mamoiada (Cerdeña); llegó al país a los 17 años y terminó, a instancias de Juana Sosa, tomando el lugar de Juancito Sosa, su hijo muerto, para llegar a ser Juan Perón. Luisa Valenzuela encuentra en Juana Sosa, segunda madre de Perón, un personaje de una fuerza avasallante, alguien que puede enterrar en silencio a su hijo para adoptar uno nuevo, transfiriéndole a éste todas sus expectativas de grandeza.

Mientras Perón descansa, dos días antes de regresar, el cadáver de Evita se encuentra en el piso superior de la casa. Isabelita está en los pisos de abajo, y El Brujo, que se dice Guardián de las Siete Llaves Seretas que abren los Siete Sellos del alma, intenta convencer al general Perón de que rememore su infancia; induce a Isabelita a aspirar los efluvios de la carne de Evita; bajo el disfraz del mayor lacayo del universo maquina los escalones del poder, como si su ascenso fuese una escalera sombría al cielo. 

De manera mágica, la realidad histórica argentina y la extensa mitología sarda se combinan hábilmente a lo largo de la novela, como forma de justificar el perfecto ensamblaje de los orígenes de Perón.

Edipo exclama ¡Debo descubrir quién soy y de dónde vengo! En la novela, Perón lo sabe, pero está obligado a ocultar su pasado, dando así origen al mito, como una forma de procurar sentido a un mundo que no lo tiene.

© LA GACETA

Marcos Rosenzvaig

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