La basura que se arroja al lago San Miguel

03 Jul 2012
No sólo ocupa un lugar protagónico en nuestros paisajes. Cuenta con el padrinazgo de miles de personas de todas las edades. A juzgar por su triste popularidad, pareciera formar parte de nuestra idiosincrasia, hasta el punto de que hay quienes hablan de un gen tucumano en esta materia. Más allá de esta especulación, existe una extraña relación entre la basura y nuestros comprovincianos. Ello puede constatarse fácilmente en una recorrida por San Miguel de Tucumán y sus alrededores o un domingo, al concluir la tarde, o el lunes por la mañana en el parque 9 de Julio.

En nuestra edición de ayer, dedicamos un amplio espacio al estado en que quedó el lago San Miguel, luego de que alrededor de 20 mil tucumanos visitaran el principal paseo público de la ciudad para disfrutar en familia de una cálida jornada invernal.

El cronista de nuestro diario constató que, pese a la masiva cantidad de gente, no había presencia de policías ni de ambulancias ni de guardavidas en las inmediaciones del lago. La inseguridad también se refleja en la ausencia de barandas de contención en varios sectores del lago, lo que permite que los menores se bañen pese a que allí está prohibido. Según el director de Espacios Verdes, las barandas que colocaron en el perilago fueron robadas a las dos semanas de instaladas.

Los envoltorios de galletas, golosinas, conos de papas fritas y botellas de plástico tapizaban los alrededores y el espejo de agua. No se observaban demasiados cestos. Las caminerías, escalinatas y sectores con césped se hallan en mal estado. Por ejemplo, el piso de la glorieta que da hacia la avenida Benjamín Aráoz es un peligro para los peatones. Tampoco se divisan varitas o policías que se ocupen de dirigir el tránsito. El titular de Espacios Verdes estimó que al concluir un domingo en el parque deben levantar 30 toneladas, cifra que se triplica, por ejemplo, luego del Día del Niño.

En 2009, informamos que tras esa celebración, tal era la cantidad de residuos esparcidos que a los operarios municipales les llevaría dos días limpiar el parque 9 de Julio. El césped había amanecido ese lunes cubierto de basura. No se podía caminar sin pisar las botellas, las cajas y los papeles de toda clase de envoltorios, diseminados por el paseo público. El lago San Miguel fue, por cierto, la principal víctima: se habían arrojado más de 1.000 envases, muchos de los cuales habían sido rellenados con piedras para que quedaran incrustados en el fondo del espejo de agua. Esta última acción puso en evidencia además un espíritu depredador.

La afición por arrojar desaprensivamente la basura en la vía pública es un problema cultural que sólo se resolverá educando. Está comprobado que las campañas esporádicas de toma de conciencia no dan los resultados esperados. Como propusimos en alguna oportunidad, tal vez, el mismo día de la celebración, patrullas municipales -con el apoyo de entidades ambientalistas- deberían recorrer las zonas donde se reúnen los tucumanos e invitarlos a limpiar el paseo una vez que se retiren, y verificar que así lo hagan. Por otro lado, es imprescindible que haya vigilancia y que se disponga de inspectores que se ocupen de dirigir el tránsito.

De poco servirá el esfuerzo de la Municipalidad, si no se educa a la comunidad. La ciudad es un reflejo de quienes la habitan. Si no nos enseñan a quererla, difícilmente nos ocuparemos de cuidarla y mantenerla limpia.

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