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Jueves 14 de Mayo de 2009 | En 1816, Belgrano instaló allí los cuarteles militares. Por Carlos Páez de la Torre (h) - Redacción LA GACETA.
El general Gregorio Aráoz de La Madrid (1795-1857) en sus “Observaciones póstumas”, dedica varios párrafos a la fortificación conocida como La Ciudadela, cuya construcción inició San Martín -y no llegó a terminar totalmente- en 1814, en la zona de la actual plaza Belgrano.
Cuenta que en 1816, cuando Belgrano se hizo cargo otra vez del Ejército del Norte, “regresó con este a Tucumán y mandó que se alojasen todos los cuerpos dentro de la principiada Ciudadela, que está como a diez cuadras al sud-sudoeste del pueblo”.
Añade: “muy pronto comenzaron todos los jefes de los cuerpos a levantar tapiales con la tropa para construir sus cuarteles”. En nota al pie, La Madrid explica que los tapiales “se construyen de tierra, y a fuerza de pisón, entre dos largos tablones y con sus correspondientes compuertas, y forman unas paredes muy sólidas”.
El gobernador Bernabé Aráoz, dice, “nos facilitó al momento todas las maderas y paja necesarias para techarlos, por medio de las milicias que las conducían en carreta desde la campaña”.
Se enorgullece La Madrid de que el cuerpo a sus órdenes “era de hombres todos del país (o sea tucumanos) y tenía en él jóvenes inteligentes, tanto para construir los tapiales como para enmaderar y techar los galpones”. Por eso el suyo fue “el más alto cuartel y el mejor techado”.
Recuerda que, simultáneamente, Belgrano “mandó también trabajar una casa a inmediaciones de La Ciudadela y se estableció en ella”. Agrega: “fue tal su empeño en moralizar el Ejército, que dispuso hubieran ejercicios diarios, tarde y mañana por cuerpos, y ejercicios generales dos veces en la semana”. También, “que concurriesen a su casa todos los jefes, en los días festivos, a una academia”.
En ella no sólo se uniformaban las voces de mando, sino se daba a cada uno ocasión para “hacer las observaciones que quisiera”. Además, “instituyó una academia para todos los cadetes del Ejército, y la cual fue encomendada, si mal no me acuerdo, al señor (Felipe) Bertrés, ingeniero del Ejército”. En cuanto los demás cuerpos de caballería, “pasaron a situarse en el convento de los Lules”.
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