"La Constitución tiene muchos mensajes éticos"

El jurista Pedro David, que integra la sala II de la Cámara Nacional de Casación Penal, dice que creció en una provincia innovadora.

26 Nov 2006
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UN CONFESO ADMIRADOR DE ALBERDI. David asevera que el prócer fue uno de los primeros innovadores que nacieron en estas cálidas tierras. LA GACETA / JORGE OLMOS SGROSSO

Lo primero que llama la atención de Pedro R. David es que, pese a que se fue de esta provincia en 1951, cuando tenía sólo 21 años, aún conserva la tonada tucumana como el que más. "Mis hijos dicen que, a medida que maduro, ella se afianza y eso que he vivido 25 años afuera. Debe ser un modo de afianzar la tucumanidad en el extranjero", bromea.
Nacido en Villa Alberdi (hoy ciudad), como le gusta decir, su vida está marcada por los récords y los viajes (conoce unos 110 países). Apenas se graduó de abogado en la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), se fue a Salta, donde fue camarista laboral, fiscal de Estado y vocal de la Corte Suprema de esa provincia con sólo 24 años. En 1957, fue el primer becario Fulbright, razón por la que pudo concluir en la Universidad de Indiana (Estados Unidos) el primero de los tres doctorados que hoy ostenta (en Sociología, en Derecho y en Ciencias Políticas).
De larga trayectoria en la Organización de las Naciones Unidas (fue uno de los cinco juristas designados en 1999 para evaluar el funcionamiento del Tribunal Penal Internacional por los crímenes cometidos en la ex Yugoslavia y en Ruanda), desde 1992 integra la sala II de la Cámara Nacional de Casación Penal. El miércoles, para coronar un apabullante currículo, junto a otros siete tucumanos, fue designado "mayor notable" por la Legislatura.
Con humildad, David, que hizo la primaria en una escuela de Villa Clodomiro Hileret, próxima al ingenio Santa Ana, subraya que él es fruto de aquel Tucumán lleno de pujanza e inquietudes de las primeras tres décadas del siglo XX. Le brillan los ojos cuando habla de aquellos años. "Era la Atenas de América, donde estaban representados los más grandes intelectuales de la época", afirma y agrega, como prueba, una lista interminable de juristas, filósofos, músicos y plásticos. "Tucumán me dejó la visión de que la excelencia académica era posible e importante, y que se podían hacer grandes contribuciones", precisa. Y agrega que a ese destino hiperaltado (sic), neologismo al que recurrió varias veces durante la entrevista con LA GACETA, contribuyó Juan Bautista Alberdi. "El fue el primero de los grandes innovadores de esta tierra y que, como hombre, vivió en el mundo", destaca.
Cuando se le pregunta qué pasó para que aquellos anhelos hayan devenido en pesares, responde: "no todo en la historia tiene la misma calidad. Después de una época de grandes innovadores, las sociedades parecen agotarse y comienzan períodos de amesetamiento y, otras veces, de descensos". "Aquel destino está presente permanentemente, es cuestión de crear las condiciones para volver a tener una educación hiperaltada (sic)", agrega.

Una oración cívica
Cada pregunta dispara respuestas en los más diversos sentidos, pobladas de citas de Alberdi. "Hay que repensar las cosas a partir de él, que siempre decía: ?no hay sino una sola política, que es la de hacer realidad los valores y propósitos de la Constitución, que tiene muchos mensajes éticos. Como consecuencia, toda política que se aparte de los propósitos de la de aquélla no es política en el sentido auténtico. El programa es la Constitución", repite.
-¿Qué pasó con la Argentina?
-La crisis de la Argentina tiene que ver con la ruptura del orden institucional. En 1911, por ejemplo, teníamos el sexto PBI mundial, el doble que el de Italia y Brasil, y el triple que el japonés... En 1914, el 55,5% de los habitantes de Buenos Aires tenía padres extranjeros y había 100.000 franceses para entrar al puerto. Era el país que atraía a la inmigración del mundo, que tenía la esperanza de tener una Constitución que amparara a los habitantes como ciudadanos, sin aduanas ni restricciones interiores.
-¿Cómo se vuelve a eso?
-Volviendo a vivir la Constitución. Alberdi no creía en las reformas a partir de la experiencia de Estados Unidos, que en dos siglos había tenido seis enmiendas. Sostenía que, en tanto el Estado hiciera lo menos posible para meterse con la Constitución, el país viviría más la Constitución. En la medida en que se cambian las cosas, no se las deja sedimentar en las costumbres, porque el derecho no está en la norma escrita, sino en las costumbres.
-La institucionalidad del país hoy es muy endeble...
-Hay un divorcio entre Estado y sociedad. Ortega y Gasset afirmaba que el estado de derecho es a la sociedad lo que la piel al cuerpo. El Estado sólo sirve para proteger a la sociedad, pero el movimiento está en ella, en el cuerpo. El Estado es sólo un protector externo de la sociedad. Pero también decía que había un Estado ortopédico: cuando el divorcio es muy grande, el Estado comienza a imponer sus objetivos y deficiencias en la sociedad. Por eso, Alberdi pensaba que el mejor Estado es el que menos hace. Al mismo tiempo, hay que orientar la sociedad hacia la equidad, como elemento central de la paz.
-¿Los cambios en la Corte Suprema de Justicia de la Nación son un paso adelante?
-Los procesos llevan tiempo. Estos son los inicios simbólicos que pueden llevar a un cambio, pero no son más que inicios esperanzadores, porque la historia no procede ni por días ni en segundos de la vida humana; los países tampoco se pueden juzgar en el tiempo de la existencia personal.
Sin proponérselo, David terminó dando un consejo a políticos y magistrados: "no puede utilizarse la judicatura para dirimir contiendas políticas o electorales, porque los jueces terminan participando en la invalidación política de los oponentes. El juez, aunque pueda tener una filiación abstracta como ciudadano, debe participar del diseño de las grandes políticas del país, pero debe abstenerse de mezclarse en la coyuntura política cotidiana".