9 de Julio en año malo*

Por Abel Posse

Ahora nosotros también estamos por cruzar el desierto. Una intemperie hostil diferente de aquella de 1816. Necesitamos igual voluntad, e igual sentido de desamparo y refundación. Igual voluntad de ser.

Nuestros desiertos son más insidiosos que aquellos en que señoreaba en la noche la mirada del puma cerca de la destartalada posta. Ya no hay aquellas jaurías cimarrones persiguiendo las galeras y su torbellino de polvo, donde los doctores y monseñores convergían hacia la magna cita -o desafío- de Tucumán.

En nuestro desierto no hay pajonales, pumas, amenazas de indios ni el silencio de esa noche estrellada como si el mundo acabase de crearse.

Nuestro desierto tiene otras fieras y miserias. Se trata de la negatividad, de la flojera de no querer ser, del olvido del básico amor y orgullo de Patria y soberanía.

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*Artículo publicado en 2002, incluido en el libro Reinventar la Argentina.

La extraña multinacional de la literatura hispanoamericana*

Por Abel Posse

Cuando el escritor, en su afán de acción concreta, actúa en política, debería tener presente su responsabilidad en cuanto creador: que sólo existe porque existen las libertades que hacen posible su creación. Si lo olvida incurriría en esa autoexclusión platoniana a la que nos hemos referido. Sería como si el laborioso túnel de sus construcciones políticas fuese a dar no en el campo libre sino en el despacho del director de la cárcel…

Es necesario decir que cualquier sea el cambio político donde nos empeñemos, debemos mantener como valor irrenunciable esas libertades esenciales de tradición democrática, sin las cuales no existiríamos como creadores. Esas simples libertades tradicionales que alguna vez, con oscuridad dialéctica, fueron calificadas como “libertades burguesas” pero que en realidad eran las libertades a las que aspiraron y aspiran los creadores de todos los tiempos, sean los de la Grecia antigua, o los poetas romanos, o Bocaccio o Giordano Bruno.

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*Artículo publicado en 1984.

Carpentier y Borges en Venecia*

Por Abel Posse

Con mecanismos existenciales y vivenciales básicamente diferentes, tanto Carpentier como Borges, convergían hacia ese punto central que es la ambición de toda una vida de creador por tratar de iluminar, encender, el idioma general. Carpentier llegaba desde su vasto conocimiento de la realidad y la experiencia. Borges, desde su rico laberinto cultural y literario. Ambos lucharon con las palabras para vencer ese fondo permanente de oscuridad del lenguaje, zona en la que suele morar la mera narrativa adocenada, en la que el autor “se aferra como marinero que no sabe nadar al tablón del tema”.

Estos dos maestros, como la misma Venecia, se alzaban muy por encima del tema meramente habitacional, donde suelen instalarse los narradores inocentes o primarios, a veces con tanta soltura que nos parece que anduvieran en pantuflas por los rincones de sus novelas.

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*Artículo publicado en 2003.

Cioran o la rebeldía creadora*

Por Abel Posse

Occidente llegó al cul de sac de una filosofía sin sabiduría y sin fe. Al deponer, prescindir o despreciar la dimensión sagrada, los dos pensamientos dominantes de este siglo se transformaron en genocidas, sea el marxismo institucionalizado hoy fenecido, o sea el actual capitalismo estalinista, implacable. Dije estalinista porque opta por sus fines sir reparar en el costo humano de sus medios. Es la fórmula que hoy se está recomendando E imponiendo desde los grande centros internacionales del poder.

La esencia humanista del pensamiento occidental queda burlada en todas sus expresiones: desde la mala aplicación política que se efectuó a lo largo de este siglo de horrores y electrónica, o ya en esas estériles aulas universitarias donde la filosofía es uno de esos resecos monstruos del pleistoceno que estudiaba Ameghino a la hora de la siesta.

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*Artículo publicado en 1991.

La guerra y nuestra inconsecuencia*

Por Abel Posse

Nuestros pilotos navales y de la aeronáutica conmovieron al mundo con sus proezas. Pero el aparato de conducción militar siguió estúpidamente dividido. El comandante en las islas que había jurado vencer o morir terminó rindiéndose. Los ingleses habían conseguido de los norteamericanos el arma clave para acabar en horas con nuestra aeronáutica. El hundimiento del Belgrano por un submarino nuclear puso en evidencia nuestra endeblez e indecisión en el arma naval. Este hecho concluyó con las esperanzas de soluciones diplomáticas. (Los ingleses demostraban que siguen a Churchill: En la guerra, determinación…)

Después, la enfermedad argentina: dicen avergonzarse de semejante hecho, lloran oblicuamente y fuera de fecha a sus muertos, descubren que los gobernantes eran de facto y dictadores. Se olvidan minuciosamente de aquel fervor... Es la Argentina pequeña, incapaz de concederles la palabra gloria a sus muertos por la Patria. Tan eufóricos en aquellas victorias como ambiguos después, en la derrota. Lo más grave del episodio Malvinas no es haber perdido lo que con el tiempo sólo será una batalla, sino la enfermedad de no saber defender lo que hicimos con la frente alta y con júbilo de convencidos de una verdad histórica y casi andar susurrando disculpas a los usurpadores, los enemigos…

*Artículo publicado en 2006.

Narrar el suicidio de un hijo*

Por Abel Posse

«Durante 26 años no le dije a nadie, ni a mi hermana ni a mis mejores amigos, cómo habían sido esos días en que conviví con el cadáver de mi hijo. Hay dos reflexiones fundamentales en el libro, que es la crónica de una tragedia y un itinerario para comprender la muerte de una manera alternativa. Una reflexión gira en torno a la muerte, particularmente a la de aquella que cae sobre el ser que debería sobrevivirte, y la otra sobre la vivencia de la ausencia, una vivencia que puede llevarte a una etapa muy feliz en la que te das cuenta de que el muerto vive dentro tuyo, que uno es el último camino de su vida en el mundo. Anaximandro tiene un lugar especial en mi libro porque es el filósofo que se da cuenta de que el cosmos que percibe en soledad, en la noche estrellada, se presenta como un abismo en el que puede caer; y pensaba que el error que se cometía era pensar que la Tierra era algo distinto, excepcional, privilegiado dentro del cosmos. “Todo lo que es ya no será, nada nace y nada muere”, dice Anaximandro. Estas ideas quedan excluidas rotundamente a partir de Sócrates. Por eso Heidegger, cuando le pregunté qué le recomendaba a los jóvenes filósofos, me dijo: “que lean hasta el último de los presocráticos pero que nunca pasen ese umbral.»

*Fragmento de entrevista publicada en 2009.

Venecia *

Por Abel Posse

Fue volviendo de Arsenal, después de una tarde de trabajo agotador, que encontré una máscara caída entre las lajas del Campo de la Guerra. No había nadie. La máscara parecía mirarme con una leve sonrisa irónica desde la inescrutable concavidad de sus ojos vacíos y la blancura cadavérica de su revestimiento de yeso. Era de las comunes. Tenía dos lazos para ajustarla detrás de las orejas y cuando me la puse y me miré en el vidrio empolvado de una ventana, observé que anulaba completamente mis facciones ya que cubría desde el mentón hasta la mitad de la frente. Con la aplicación de ese simple mecanismo yo “ya era otro”. Me alcé la hopalanda en torno al cuello y empecé a caminar muy erguido mirando la vida desde las ranuras de cartón blanco y sintiendo que no podía ser alcanzado por la mirada del mundo. Era un perverso y delicioso placer. Sentí que descubría algo trascendente. Una experiencia mayor. Como suele ocurrir cuando se descubre un nuevo e intenso goce, me pareció increíble haber perdido tiempo sin conocerlo antes. Me sentí como aliviado de la carga de mi verdad, de mi ser. Me aparecía entre la gente de la plaza de San Bartolomeo como un joven disipado veneciano disfrazado con ropas robadas a algún menesteroso gesuaiti después de alguna divertida juerga.

*Fragmento de Los heraldos negros, novela inédita.

PERFIL

Abel Posse nació en Córdoba, en 1934. Se recibió de abogado en la UBA y cursó un doctorado en ciencias políticas en la Sorbonne. Diplomático de carrera, vivió años en Moscú, Venecia, París, Tel Aviv, Praga, Lima, Copenhague y Madrid. Es autor de numerosos libros, entre ellos Los perros del paraíso, que obtuvo en 1987 el premio internacional Rómulo Gallegos, en ese entonces el máximo galardón literario de América Latina; El largo atardecer del caminante, distinguido en 1992 con el primer premio de la Comisión Española del V Centenario; El viajero de Agartha, galardonado con el premio Diana de México, y El inquietante día de la vida, premio Trienal de Novela de la Academia Argentina de Letras. La santa locura de los argentinos, Sobrevivir Argentina y Réquiem para la política, libros ensayísticos de temática nacional, obtuvieron un gran éxito de público y crítica. Sus obras, traducidas a 17 idiomas, recibieron elogios en The Washington Post, The New York Times, El País, Le Monde y The Financial Times. Murió el viernes de la semana pasada, en Buenos Aires. Muchos de los artículos de Posse publicados en LA GACETA Literaria pueden encontrarse en esta página web.