El triple homicida Jorge Orlando “El Loco” Vera, de estar con vida, tendría 62 años. Tenía 47 cuando en el atardecer del 13 de junio de 2007 asesinó a su esposa Olga Zamudio (48) y a sus hijos Gustavo Antonio (22) y Jorge Luís Vera (18) mientras veían un partido de fútbol en su casa de Los Pizarro. Perpetró las muertes en el marco de un frío plan de venganza. Estos habían atestiguado en su contra en el juicio en que se lo condenó a siete años de cárcel por el abuso sexual cometido contra dos de sus hijas menores.

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Había otras personas que también contribuyeron a que caiga tras las rejas: la directora de la escuela de esa localidad Teresa Olivera y la vecina Jesusa Antonia Barros, entre otros parientes y lugareños. La docente falleció hace un par de años. Doña Jesusa está radicada en Buenos Aires.

Frenaron la prescripción de la causa de “El Loco” Vera

“El Loco” había jurado que se vengaría de todos los que posibilitaron su condena. Entonces a partir del triple homicidio y fuga del asesino, la posibilidad de su retorno quedó instalada en Los Pizarro. Por eso la comunidad vivió varios años dominada por el miedo y la zozobra. “Hasta no hace mucho había que salir acompañado a las calles. Se creía que el hombre podía aparecer en cualquier momento. Algunos aseguraban haberlo visto merodeando por cerca de aquí y luego desaparecer hacia el monte”, contó Carlos Carabajal. Pero nunca más se supo nada de ellos.

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Hasta ahora “El Loco” Vera sigue siendo uno de los prófugos más buscados de la Argentina. La justicia frenó este lunes la prescripción de la causa por las muertes. De lo contrario hubiera pasado a ser un hombre libre de cargos.

Mandíbula de platino

“Siempre fue un tipo camorrero, cuando se bajaba unos tintos. En los partidos de fútbol de los domingos había que andar separándolo. Pero nadie le quería pegar porque todos sabían que tenía una mandíbula de platino. Le pusieron cuando joven se cayó de un caballo y se estrelló feo y de cara contra una piedra”, contó Carabajal.

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“Sin alcohol en la cabeza era un hombre normal. Trabajador y de poco hablar. Cuando lo detuvieron por lo que hizo con sus hijas nunca se mostró arrepentido de nada. Se lo notaba frío”, añadió.

Carlos no cree que “El Loco” se encuentre con vida. “Han pasado tantos años que en algún lugar tiene que haber caído y ser reconocido. Es difícil creer que, incluso con la recompensa que pesa por su captura, alguien no lo haya reconocido”, advirtió.

Un policía de la comisaría local, que prefirió no identificarse, opinó que Vera pudo haberse instalado en el monte y luego quitado la vida. “Se sabe que era tomador y que ebrio en algún lugar pudo haber confesado lo hecho. O podría haber también participado en alguna pelea, a la que estaba acostumbrado. Pero jamás se supo nada de él”, apuntó.

En Los Pizarro ya hay una generación de adolescentes que desconocen la historia del “Loco Vera”. La vida en el pueblo volvió a ser normal. El miedo se extinguió, incluso entre los parientes directos. Andrea Vera, una de las hijas del homicida, confesó que en los primeros años ni podían dormir tranquilos, a pesar de que tuvieron consigna policial. “Ahora pocos creen que esté vivo o que vuelva por aquí. El tiempo enterró el temor, aunque no el recuerdo de lo que hizo. A uno se le pone la piel de gallina. Por cualquier cosa en la audiencia en tribunales hemos pedido que se lo siga buscando y que no caiga la causa. A veces creo que él nos está vigilando y que está al tanto de todo”, dijo la mujer, madre de siete niños.

Carlos Vera, el hermano de “El Loco”, puso un vivero en el fondo de la casa en que se desató la tragedia. Fue quien, después de escuchar unos estampidos, fue hasta la casa de “El Loco” y se dio con la espeluznante escena de su cuñada y dos sobrinos asesinados. Prefiere no hablar sobre el tema. Una hija del criminal se instaló en Buenos Aires, tres en San Miguel de Tucumán y dos en La Cocha. “El caso Vera conmocionó en su momento. Ahora casi nadie habla de ese crimen. Los chicos preguntan a veces del tema porque leen algo en el diario. Pero más vale no contarles nada”, apuntó Miriam Lazo, empleada administrativa del lugar.

“Uno quiere saber alguna novedad: si está muerto o vivo. Si anda por ahí que lo atrapen para que pague por lo que hizo. Y si está muerto, para que definitivamente esto quede como algo terrible que nunca más tiene que suceder”, remató Andrea.