A casi 50 años de su atroz final, quisiera recordar el paso de Alberto Burnichón por Tucumán a comienzos de la década de 1940. Entonces no era aún el entrañable editor que recorría los pueblos con sus libros, como evoca Castilla, tejiendo lazos entre escritores y artistas, y armando el entramado cultural del país interior. Pero ya viajaba con sus títeres. Y el teatro de títeres es un detonante para el nacimiento de La Carpa, ese grupo de escritores y artistas que marcó un antes y un después en la literatura del noroeste argentino. Raúl Galán, Julio Ardiles Gray, Raúl Aráoz Anzoátegui, María Adela Agudo, Nicandro Pereyra, Sara San Martín, María Elvira Juárez, el mismo Castilla, fueron algunos de sus integrantes.

Ardiles Gray recuerda en una nota publicada en 1994 en LA GACETA que la idea de crear La Carpa cobra forma cuando llegan a Tucumán, con “la novedad de sus títeres”, dos figuras: Alberto Burnichón y el artista brasileño Ben Ami Voloj. “Y fue entonces cuando comenzamos a delirar: podíamos levantar una carpa como la de los circos criollos e ir de pueblo en pueblo llevando, en lugar de ecuyéres, payasos y equilibristas, a los poetas para que leyeran sus versos, y a los plásticos para que exhibieran sus pinturas y esculturas. (…) Pero la inmensa carpa no llegó y los pobres muñecos tuvieron que contentarse con un humilde retablillo. Y los poetas con editar una especie de libro-revista”.

Los títeres convocan en un comienzo a varios de quienes conformarían La Carpa. De esa actividad surge además el nombre del grupo. Es probable que una de las primeras veces que se utiliza públicamente la denominación haya sido en la invitación a una función de títeres a realizarse el 16 de octubre de 1943: “La Carpa invita a Ud. a su primer espectáculo de teatro experimental realizado con títeres”, dice la tarjeta conservada por Nicandro Pereyra. Aparecen mencionados, entre otros, Burnichón y Ben Ami.

Grupo pionero

Al año siguiente, La Carpa se concentra en la labor editorial: publica cuatro cuadernos, cada uno de los cuales incluía un boletín de noticias de las actividades del grupo. Son volúmenes financiados, armados y cosidos entre todos, de modo artesanal. El primer boletín alude al “cariño de todos expresado en el trabajo manual”. Esa amorosa entrega personal converge con notables exigencias gráficas y un especial cuidado por el aspecto material de los libros, bellamente ilustrados con dibujos o grabados de reconocidos artistas. Entre 1945 y 1952 aparecerían doce libros más, ya individuales. Con el conjunto de sus publicaciones el sello de La Carpa emerge como una editorial de literatura, de carácter independiente, pionera en la región. El proyecto parece plasmar el deseo de un grupo de escritores que asumen con mucho entusiasmo, y a la vez con seriedad y rigor, la función de editar libros en un ambiente donde las editoriales prácticamente no existen.

“Inefable viajero”

Mucho de ese amor por el libro, de ese modo de concebir lo cultural y la función editar, continúa y se afianza en la práctica editorial a la que Burnichón se aboca a partir de la década de 1950. Su trayectoria como editor ha sido rescatada por Victoria Cohen Imach en una temprana semblanza (publicada en 1998 en la revista Proa) y por Aldo Parfeniuk en un libro más reciente (Alberto Burnichón: el delito de editar, de 2019). Ellos muestran que el catálogo de Burnichón incluía autores en el momento emergentes, como Juan José Hernández, Daniel Moyano, Alfredo Veiravé, por mencionar algunos, y a integrantes de La Carpa como Castilla, Aráoz Anzoátegui y Galán. Así, cuando La Carpa ya se había dispersado como grupo, Burnichón prolongaría algunos vínculos. Aráoz Anzoátegui lo describe por ello como “aquel inefable viajero que mantuvo con el tiempo los lazos de algunas de nuestras amistades desperdigadas”. Galán, por su parte, lo nombra en su “Elegía segunda”, en el recuento de las figuras que poblaban los años de La Carpa: “¿Estáis todos rodeando, mis amigos, / la mesa de llorar, tan frecuentada? / Ardiles ha llegado muy contento / con su pena de andar todos los días / y Sarita inaugura, ¡tan poetisa!, / una fina congoja dominguera. / Burnichón nos esconde con la barba / el dolor de su rubia calavera”.

© LA GACETA

Soledad Martínez Zuccardi - Compiladora del libro La Carpa. Cuadernos y boletines de 1944.