Ya en confianza, después de sacudir la duda de si debía o no hablar con LA GACETA y contarnos su historia, Cecilia destapa la olla de lo que para ella había sido el último recurso estando atrapada entre las rejas del penal de mujeres de Banda del Río Salí: el suicidio.

Justo cuando esas primeras gotas de un llanto silencioso copan la escena, confiesa que si hoy está viva fue porque, no sabe cómo, una foto de Mario le arrancó la idea de decir adiós para siempre. Giro y la vio en un lugar donde jamás hubo una fotografía.

Nosotros no somos jueces, tampoco la Justicia, estamos para escuchar el relato de una mujer condenada a la posteridad en la cárcel sin ella haber sido autora material del asesinato por la que se la acusa como coautora. Cecilia Gramajo tenía 24 años cuando junto con un chico de 18 fue a la casa de la esposa de quien habría sido su amante y otras cosas más.

Fueron a buscar dinero. Al abrir la puerta, la víctima recibió un golpe y 15 puñaladas en la madrugada de una Simoca en pleno sueño y ante la vista de su hija de cuatro años.

Cecilia no escapó, fue ella la que pidió ayuda entre los vecinos. “No hablaré del tema, pero termino acá por confiar en la gente equivocada. Dejé de lado el cariño y la amistad con mis hermanas por elegir a otros que no lo eran tanto”, me responde cara a cara en su celda, Gramajo.

Cecilia está nerviosa porque no esperaba la visita del equipo completo de LA GACETA: puntocom, LG Play y Fotografía. “Estoy acá por un homicidio. Sinceramente no voy a decir si soy o no lo soy, solo Dios lo sabe”, responde algo nerviosa. Mejor dicho, está enfadada pero a la vez, cuando toca el tema Dios, se libera. “Lo mejor que me pasó acá es conocer a Dios”, reconoce la simoqueña de 34 años.

TODO POR ÉL. Mario es quien mantuvo viva todos estos años a Cecila. Es su mayor motivación. LA GACETA / ANALÍA JARAMILLO

El caso. “Yo me entregué, cuando pasó lo que pasó. El comisario que estaba en aquel momento quiso darme un auto para que yo me fugue por la puerta de atrás de la comisaría. Me negué y acá estoy”.

Por haber sido cómplice del asesinato de Mariana Jerez, Gramajo recibió la misma condena que el asesino: cadena perpetua. “Y no es que a los 25 años se termina. Es para toda la vida… sueño con mi libertad”, lo asume quien volvió a nacer después de haber caído en el mismísimo infierno.

Son lecciones de vida, para bien o para mal.

Ya al final de la entrevista, Cecilia misma acepta no saber qué hubiera pasado si seguía con la mala yunta. “Pasaron muchísimos años y no puedo creer hasta donde llegué. Quizás si hubiera estado afuera, mi vida sería un desastre. Quizás ni estaría viva, qué querés que te diga. No sé que camino habría seguido”, el que siguió 10 años atrás la condujo a vivir tras las rejas. Pero curiosamente, estando tras las rejas comenzó a hacer todo lo que había soñado estando fuera de ellas y que jamás hubiera cumplido.

Cecilia Gramajo completó la mitad de la carrera de licenciatura en historia, en la facultad de Filosofía y Letras. Va por todo, en breve.

Cecilia Gramajo se recibirá a fin de año de enfermera profesional, aunque todavía le queden colgados cuatro finales. “Los últimos, que liquidamos entre diciembre y febrero”.

Desde adentro y con el mensaje de lucha de quien hoy es la directora del penal, Fátima Giménez, y el empuje de la jueza Alicia Merched, a cargo del Juzgado de Ejecución Penal del Centro Judicial Concepción -comenzó a seguir la ejecución de su Pena el 11 de mayo de 2017-, Gramajo logró ganarse ciertos privilegios. Todos vinculados al estudio.

APLICADA. Cecilia aprovecha su tiempo en la cárcel para estudiar y aprender. LA GACETA / ANALÍA JARAMILLO

A Gramajo le quebraron dos veces la mano en la cárcel. Jamás demandó a sus agresoras.

A Gramajo la quebraron mentalmente fuera de la cárcel, cuando ella mismo eligió el camino equivocado.

Gramajo se prometió a sí misma jamás volver a caer.

“Cuando me hablan de que acá adentro perdí mi juventud, yo les digo, no me importa. Lo que me duele es haberme perdido la infancia de mi hijo. Me perdí la posibilidad de verlo crecer”, en ese momento, pasadito el relato del intento de suicidio, Cecilia habla de su mayor tesoro. Habla de Mario.

Mario fue víctima de bullying.

Mario siempre defenderá a su mamá.

A los tutores de Mario, sus abuelos Ramón Gramajo y Alejandro Videla, los llamaron una vez de la escuela. Mario le había pegado a un compañero. Le dijeron que su madre era una asesina y que iba a pasar su vida entera tras las rejas. “Hoy en día hablamos mucho y tengo la posibilidad de estar en casa algunos días con él (tiene permiso extramuro, además de una tobillera). Él me contesta que no le importa que yo sea su mamá y que él no se olvida las cosas que yo hacía por él cuando era chico. Eso me da mucha fuerza”.

A Mario no le importa dónde está su mama.

Mario cree en su mamá.

Mario ama a su mamá, por sobre todas las cosas.

Cecilia no para de llorar. “Mi hijo también ha padecido mucho. Venía y se iba a depresivo. Mi mamá me cuenta que en un día estando en la terminal ella le dice que suba al colectivo, pero él le decía que no, ‘mi mamá va caminando’, decía y señalaba a una chica idéntica a mí. Mi hijo sufrió mucho, y si hoy es quien es, también se lo debo a mis padres”.

Mario quiere ser policía. “Y yo lo voy a apoyar en su sueño”.

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El legado vivo en este mundo de Don Gramajo habla de 12 herederos, en su mayoría mujeres. Cecilia es la cuarta. “Éramos una familia muy pobre en Simoca, pero juntando botellas mi papá pudo mantenernos a todos. Los más grandes quizás no pudieron tener la misma suerte que los más chicos, pero mi papá y mi mamá siempre nos dieron lo que pudieron: tengo una hermana que está en segundo año de enfermería en Simoca; otra en Buenos Aires que estudia logística; una que se recibió de auxiliar de farmacia…”.

Cecilia camina sin culpas por las calles del pueblo. Cuando tiene permiso para ir, enloquece por estar en su casa y ayudar a su mamá. “Al principio me costó. Sé que he sido juzgada por muchas personas, incluso amistades mías. Pero bueno, no viene al caso, porque cuando yo hago las cosas, las hago de corazón”.

Hace años, Cecilia dejó de sentirse culpable. Entre rejas aprendió que la libertad va más allá de lo físico. Para ser libre, primero, hay que estar bien con uno mismo. “Bueno, acá estoy yo. De pie”.

VICTORIA. Gramajo cuenta con permiso extremuro por estudio. Lleva una tobillera con GPS siempre. LA GACETA / ANALÍA JARAMILLO

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Su primer mayor victoria fue ganarse los permisos para volver a estudiar. Sin importar lo que uno piense, liberar a una asesina era toda una cuestión. “Exactamente, fue todo un proceso. No voy a dejar de decir nunca que también he tenido apoyo de algunas empleadas del servicio penitenciario, como también quien hoy es directora, Fátima Giménez”.

Cuando salió, siempre acompañada de personal del Servicio Penitenciario vestido de civil, al abrir las puertas de la escuela de Enfermería de ATSA en Banda del Río Salí fue el propio René Ramírez el que le dijo que el gremio se iba a encargar de que ella estuviera becada durante toda la carrera. Rafael Urquía  fue un nexo clave también.

El siguiente paso fue ganarse la confianza de sus compañeros. Qué dilema. La suerte la escoltó. “Fui dos o tres clases con custodia de civil. Puro nervio. Hasta que entro a una clase y me encuentro con un primo hermano estudiando lo mismo. Maxi Arrieta, al que amo como un hermano, fue el que me integró. ‘Prima, vos vas a estar conmigo, y al que le gusta bien’, decía.  Y de a poco se fueron enterando quién soy”.

El “quien soy” de Cecilia tiene un límite. Prefiere gambetear al amor, aunque lo haya encontrado. “Una sale a la calle, ve gente linda, pero yo prefiero apreciar. En mi condición, no me gustaría que una persona me juzgue. Me da miedo eso”, se lamenta. Como si amar fuera un pecado. “Me hiciste poner colorada”.

Y si de algo hay que vivir rejas adentro es de la risa, por eso guardo unas líneas desorientadas pero pícaras. 

Cecilia está inquieta. 

“A fin de mes tenemos la cena de egresados y yo no quiero ir. Hace años que no uso vestido”, me cuenta en confianza y afligida.

No tiene escapatoria. “‘Te vamos a matar si no venís’, me apuran mis amigos. Y bueno, habrá que ir, je”.

LA SOLEDAD. S bien hay programas de inserción laboral, en la cárcel no todas las internas intentan recuperarse. LA GACETA / ANALÍA JARAMILLO