Sociedad

Cuchillo y tenedor, los mejores amigos del hombre que volvió de la muerte

VOLVER A EMPEZAR. Ibarra sueña con poder construir un cuarto para traer de nuevo a su hijo y pareja. LA GACETA / LEO NOLI

Cuchillo y tenedor, los mejores amigos del hombre que volvió de la muerte

A Edgardo le explotó una bolsa de pólvora, no le dieron más de 3 días de vida, pero zafó. Perdió parte de la visión, cinco dedos de sus manos y una curandera le curó, de palabra, el 60% de su cuerpo quemado.

26 Oct 2019 Por Leo Noli

“Me acuerdo de todo, sí, pero no sé bien todavía cómo pasó. No sé si fue la estática del celular que un amigo apoyó en la mesa o si fue el chico que estaba en frente mío y apretó demasiado fuerte el cohete que estaba armando”.

Si vas por Villa Angelina, es más fácil dar con el “Mocho” que con Edgardo Ibarra, confeso pata de perro de antaño, hoy en casa intentando acomodarse nuevamente a una vida a la que él ya le robó casi cuatro años.

Lo bueno de Ibarra es que es de la clase de tipos que mira la mitad del vaso lleno. Le digo a mamá Magdalena "felicidades por el hijo power que tiene". Ella responde que Edgardo salió a Hugo, su papá. "No es como yo; yo soy más quedada”, responde con una mirada quizás retenida en un pasado en el que su hijo conservaba todos los dedos de sus manos y gozaba de una visión perfecta. De lince.

Al “Mocho”, de 35 pirulos, nunca le gustó jugar con fuego, menos con pólvora, pero como quien dice aprendió el negocio de hacer cohetes gracias al legado del amigo de un amigo. “Nos fue enseñando uno a uno, y así nos ganábamos unos pesos durante las fiestas. Cuanto más rápido empezábamos, más dinero podíamos ganar”.

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UTENSILIOS. Ibarra se contactó con el Ciidept y hoy festeja que mejoró su calidad de vida. LA GACETA / LEO NOLI

La noche del 24 de diciembre de 2015, “como a las nueve de la noche”, pasó lo que pasó.

Ignacio Benjamín, de cinco y monedas es el único hijo de Edgardo, fruto de su relación con Analía, en el presente su amiga, en el pasado su pareja y, si alguien les colabora, porque con su jubilación por discapacidad no alcanza para construir al galope una pieza grande con un baño, en un futuro volverá a ser su concubina y algo más.

¿Habrá casamiento? Al “Mocho” se le paran los pelos. Más que un perro de la calle parece un gato panza arriba que lucha por sobrevivir. Sin embargo, su risotada habla de un quiebre emocional, de que él estaría mucho mejor si Analía y “Nacho” estuvieran con él en casa y no viviendo lejos, en el barrio Cardenal Samoré. “Los domingos los traen a la mañana y se van a la noche”, cuenta en un tono tan melancólico que da tristeza.

“Mi hijo es todo, cuando fue el accidente él y su mamá tuvieron que irse de mi casa. Como que no había lugar y yo encima estaba postrado”, en vez de llorar, de lamentarse, Ibarra rememora sus textos antiguos con el orgullo de haber cumplido una meta impensada por sus médicos: “mantenerme con vida”. Nadie creyó que superaría la barrera de los dos, tres días sobre esta tierra, después de ingresar al ala crítica del Centro de Salud demolido.

 “Explotó todo: la bolsa de pólvora, todo… Había una mesa redonda, dos sillas. Fue un desparramo. Menos mal que armábamos los cohetes (dinamitas, bombas con mechas, triangulitos, baterías, cañitas voladoras, estrellitas) en el fondo de una casa y no en un lugar cerrado, porque ahí sí que moríamos todos”, se ríe de su Suerte el “Mocho”.

La sacó barata, asegura. “De los cuatro que estuvimos al momento del accidentes, a uno la explotó mano izquierda (estaba armando una bomba), que era el que estaba enfrente de mí; otro sufrió quemaduras y el cuarto casi nada porque estaba lejos, armando las dinamitas. Yo fui el más perjudicado. Estaba pegado a la bolsa de pólvora. Perdí la visión del ojo derecho y del izquierdo, la explosión me afectó el nervio óptico y parte de la retina. Me amputaron tres dedos de la mano derecha y dos de la izquierda”.  

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PRÁCTICO. El

Con escuchar los goles, suficiente

Ibarra es fanático del equipo del barrio, Los Piratas, y de San Martín, el “Santo” hoy líder de la Zona B de la Primera Nacional que no deja de alentar en La Ciudadela siendo prácticamente un no vidente. “Mis amigos me preguntan a dónde quiero ir, si a la tribuna de la Bolívar o de la Pellegrini. Yo me les río y les digo que a cualquiera, total, no veo nada, ja, ja, ja. Lo mío es como intentar mirar un partido de fútbol a lo lejos y con una neblina densa. Apenas veo puntos negros, como moscas. Pero bueno, estoy en la cancha alentando al ‘Santo’ y eso es lo que importa, ¿no?”, es un genio este tipo.

Lo mismo hace con Los Piratas. Antes jugaba, ahora no puede, por obvias razones. No ve bien. “Entonces me pasé al costado de la cancha, a dirigir. A los muchachos los conozco de años, entonces tengo una especie de asistente que me va comentado qué es lo que está pasando en el juego y yo trato de imaginar la jugada antes de que suceda. Así les doy indicaciones a los chicos”, qué tal.

¡Al fin solito!

Una de las mayores victorias del “Mocho” es haber vuelto a valerse por sí mismo, en el sentido más simple y digno de todos. “Vengo de cuatro años en los que o me cortaban la comida o me la daban en la boca. Bueno, eso ya no va más. No sabés cómo disfruté las milanesas ayer. Fueron mías y las pude cortar yo solito”, lo que cuenta puede sonar como una tontera, pero nada más importante para este hombre. Escuchó un anuncio en la TV y se animó a ir hasta el Ciidept, el Centro de Investigación y Desarrollo Educativo. Allí, los diseños de impresora 3D aportaron a la libertad que todavía Ibarra no había podido cazar desde su accidente.

Los utensilios son sencillos.

Cuchillo y tenedor.

Están hechos a medida.

En el centro de investigación, que responde al Ministerio de Educación de la provincia, le tomaron medidas de sus manos y le dieron un tenedor con un mango grande y circular y un cuchillo que cabe perfectamente en sus manos. Lleva un pequeño abrojo, no es problema. El “Mocho” puede solito. “Así, mirá”.

Lo que sigue para él es una nueva visita. “Me van a escanear de nuevo las manos para ver con qué más me pueden ayudar a facilitarme el día a día”, el hombre está chocho.

“Me costó muchísimo adaptarme a ser un discapacitado. Era un tipo que andaba en la calle todo el tiempo, y de pronto, esto. No se me conocía por estar en mi casa. Fue durísimo. Recién cuando sentí el goteo de mi sangre en la chapa de la caja de la camioneta, después de subirme casi moribundo, recién ahí me di cuenta de que algo malo me iba a pasar.

Entonces Edgardo empieza a hablar de deseos y de milagros. A sus oídos llegó una panorámica sonora de lo que quedó el lugar de la explosión. Un árbol, volado, La mesa, desparecida entre la copa de lo que quedaba del árbol volado y sus esquirlas en las chapas del techo de la casa. En las sogas donde se cuelga la ropa, encontraron piel, sangre y hasta pequeños filamentos de huesos. ¿La mano de su amigo? Jamás apareció. Retazos de huesos, algunas partes de un dedo. Nada como para armar de nuevo el rompecabezas.

 “Yo no tiraba cohetes, lo hacía para ganar unos mangos. Se ganaba bien”.

 “No me daban esperanza de vida. Un día, quizás dos…”, lo sobrenatural, lo milagroso dijo presente en la historia de Ibarra. “Es creer o reventar”, les anticipó una desconocida a su papá y hermano mientras fumaban en la verdad que da a calle Santa Fe, del Centro de Salud. La desconocida les consultó si eran parientes del “chico que estaba quemado”. Le respondieron que sí.

“Tenía el 60% del cuerpo quemando. La camiseta de fútbol pegada en el pecho. Me desapareció el short, el bóxer. El elástico de la gorra que tenía voló al techo, por ejemplo”, su condición era crítica. “Y ni un injerto me hicieron”, cuenta. Increíble.

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YA FUE. Hubo un tiempo en el que se sintió apartado y discapacidad. Bueno, eso ya pasó para Ibarra. LA GACETA / LEO NOLI

Durante los casi 50 días que estuvo internado, de los cuales 15 estuvo inconsciente y 30 los pasó en unidad crítica, desde Los Ralos llegaba la buena vibra que lo mantuvo con energías.

“A mí me curó una señora de allá. La fueron a visitar mi hermano y mi papá. Es más, a la esposa de mi primo también le había curado una quemadura, nos contó él después. Le cayó agua hervida en la cara. Ni una marca tiene; si la vieras”, bueno, esta señora misteriosa lo curó de palabra y sin cobrarle un peso. “Apenas la voluntad”.

“Le dijo  a mi viejo que necesitaba que yo vaya de vientre, porque estaba muy mal. Si podía irme (él estaba en coma farmacológico), me iba a salvar y vivir una vida plena”. Así fue.

La curandera milagrosa fue adelantándose incluso a la palabra de los médicos. “Lo que ella decía, después lo informaban mis doctores”.

Es creer o reventar.