Por Máximo Hernán Mena - Para LA GACETA - Tucumán

La obra de Elvira Orphée se inicia con un personaje que aspira los olores de una casa. El niño Sixto huele el aroma de los naranjos, de la madera vieja, del café con leche que no se desvanece. Sentir los olores es una forma de evocar, de refugiarse, de escapar a los dolores. Desde ese instante, las marcas de los perfumes atraviesan toda la obra de Orphée, tanto como la silueta de una luna que permite develar los terrores de una humana oscuridad.

Orphée nació en Tucumán en mayo de 1930, pero vivió casi toda su vida y vio su obra editada fuera de ella. Es la escritora tucumana con más novelas publicadas: seis libros, de los cuales cinco de ellos conocieron seis diferentes reediciones.

Pareciera que para Orphée, Tucumán hubiera sido siempre “una casa para irse”. A pesar de ello, la presencia del jardín sombrío en su obra es como un “fantasma” inolvidable, una transparencia significativa. Así lo refiere ella misma a Luis Justo en una entrevista publicada en Sur en noviembre de 1968: “Mi niebla está hecha de jazmines, de limoneros, de baldíos con basura, de luna, de hechos torpes e incomprensibles”.

Infancia y ciudad

La niebla de la que habla Orphée son los recuerdos de la infancia, mundo perdido que ella revivió a través de la escritura. Pero en esa ciudad que quiere semejar un jardín, los juegos son imposibles, todo es serio y solemne, y pareciera que los niños nacen viejos, cargados de desilusiones ajenas y apretados por el resentimiento.

Ya desde el Aire tan dulce, título de su segunda novela, se puede intuir que la dulzura es una falsa ilusión. Porque la ciudad se delinea en un ardid o engaño, una ilusión fantasmagórica en la que se entrecruzan las apariencias y la historia. Allí todo se desvanece entre el barro, los murmullos y los sueños: “La tristeza es tan sólida como el frío”. Como en Los recuerdos del porvenir de la escritora mexicana Elena Garro, esta novela de Oprhée construye su propia temporalidad a través de un lenguaje descentrado y alucinatorio. Los sucesos están afectados por “tiempos extraños” que reescriben y rearman los recuerdos de los personajes: “Los años están confusos. Como si no fueran más para adelante. Mi tiempo está extraño, ya no es más el de los otros”.

Enigma y violencia

Se puede leer el peronismo como un interrogante y una preocupación en la obra de Orphée. De este modo aparece en Uno, en La última conquista de El Ángel y en La muerte y los desencuentros: en la sombra del líder único omnipresente, en las marcas de la violencia que silencia y tortura, y en los acertijos del “comisario brujo” y las desapariciones. Se puede afirmar que La última conquista de El Ángel es la continuación de Uno, porque en la novela de 1977 se entrecruzan la ficción con la historia para representar el episodio del secuestro y tortura del estudiante Ernesto Mario Bravo ocurrido el 17 de mayo de 1951. La novela está narrada desde la voz de un torturador quien llega a afirmar que ya en esos interrogatorios “se buscaba información del futuro”.

El arte de narrar y la piedra viva

En consonancia con la paradoja del título en el libro de Juan José Saer, Elvira Orphée no publicó ningún libro de poesía pero toda su narrativa se impulsa por un trabajo creador e implosivo con la palabra. Las frases se expanden a fuerza de música e imágenes.

Con la poesía en sus novelas, pervive y permanece ahora la obra de Elvira Orphée. Acaso convertida en una piedra viva y móvil, como en la novela de Garro. Por eso, hay que aprender a leer las piedras, la escritura del viento en las paredes de un libro o una biblioteca: “Éramos de la misma sustancia, nada más, la piedra, el viento y yo. La piedra y el viento palpitaban”. Porque eso es lo maravilloso de la literatura, los encuentros y la lectura, siempre pueden suceder a la muerte.

© LA GACETA

Máximo Hernán Mena - Licenciado en Letras.


Aire tan dulce * 
Por Elvira Orpheé
No estuve enferma nunca. Le llaman enfermedad a preocuparse tan poco por lo que pasa que el tiempo hace lo que quiere con los pensamientos.
En mi niñez yo hablaba con la montaña y con el Zonda de igual a igual. El gran viento se volvía brisa a la hora en que la desaparición del sol calmaba tanto rojo, tanta quemadura. Yo estaba de frente al cielo, antigua como todo a mi alrededor, creyéndolo sin saber que lo creía. El día que me fui ya dejé de creerlo.
La montaña y el viento siguen allí para siempre. Para cuando yo ya no esté más en ninguna parte. Entre ellos y yo no había diferencia. Yo era ellos o ellos yo, quién sabe, porque hace millares de años un cataclismo desprendió de la piedra seres vivos y los echó a andar. De ellos vengo. (…) Éramos de la misma sustancia, nada más, la piedra, el viento y yo.
El día que me fui me desengañé.
Y ya no podía vivir sin eternidad. La busqué en ese hombre y yo también lo amé.
* Fragmento. Sudamericana, 1966.

Aire tan dulce * 

Por Elvira Orpheé

No estuve enferma nunca. Le llaman enfermedad a preocuparse tan poco por lo que pasa que el tiempo hace lo que quiere con los pensamientos.
En mi niñez yo hablaba con la montaña y con el Zonda de igual a igual. El gran viento se volvía brisa a la hora en que la desaparición del sol calmaba tanto rojo, tanta quemadura. Yo estaba de frente al cielo, antigua como todo a mi alrededor, creyéndolo sin saber que lo creía. El día que me fui ya dejé de creerlo.
La montaña y el viento siguen allí para siempre. Para cuando yo ya no esté más en ninguna parte. Entre ellos y yo no había diferencia. Yo era ellos o ellos yo, quién sabe, porque hace millares de años un cataclismo desprendió de la piedra seres vivos y los echó a andar. De ellos vengo. (…) Éramos de la misma sustancia, nada más, la piedra, el viento y yo.
El día que me fui me desengañé.
Y ya no podía vivir sin eternidad. La busqué en ese hombre y yo también lo amé.


* Fragmento. Sudamericana, 1966.