POR CARMEN PERILLI
La crónica, "ese ornitorrinco de la prosa" como la denomina Juan Villoro, es uno de los dispositivos más eficaces para figurar nuestras fragmentadas y fragmentarias cartografías latinoamericanas. En el género, la insistencia de lo real es acompañada por el cuestionamiento de los alcances del lenguaje. Este espacio híbrido posibilita la circulación de nuevos discursos y se coloca en el límite de los dominios culturales, incluso tecnológicos. No suele gozar en plenitud de la autonomía que se acostumbra adjudicar a la literatura, ya que siempre remite al referente. Sin embargo, las crónicas de Tomás Eloy Martínez, como las de José Martí, adquieren una independencia que las autoriza a erigirse en libro. Su lectura como totalidad permite sopesar el hecho de que muchas veces la realidad se atreve a figuras que la literatura elude. Tomás no creía que las nuevas formas de comunicación condujeran al aislamiento a los individuos. Se proponía rescatar, en el periodismo, esa narración que impone la lentitud y la inmersión en la experiencia, por eso dejó en estas crónicas esa huella, que -hablando de la creación- tan bellamente sintetizó Walter Benjamin en la frase "el plato de barro lleva la huella del alfarero"…
En un texto inédito que denominó Ars poética, Tomás afirma: "¿Desde dónde escribo? Escribo desde lo que desconozco, desde lo que no comprendo, desde lo que me afecta (es decir, siguiendo la vieja etimología de la palabra, desde aquello que de algún modo me rehace). Escribo para reconocer esos desconocimientos que están allí y ante los que no quisiera permanecer ciego. Lo hago para imponerme una cierta lucidez, para negarme al desconcierto. Y también, sobre todo, escribo desde aquí, desde esta realidad a la que pertenezco: no tanto desde la realidad que leo sino desde la realidad que vivo".
* Prólogo al libro Argentina y otras crónicas, de Tomás Eloy Martínez. (Alfaguara, 2011, edición de Carmen Perilli)