El margen de maniobra de la política en los últimos años ha sido inédito gracias a un mundo donde la debilidad del dólar y la creciente participación de economías como China e India en el PIB global permitió que los precios de los commodities se dispararan. Y también gracias a una oferta local que -debido a las nuevas tecnologías-, rompió con el karma de la frontera agrícola rígida.

En este contexto, la política económica estuvo enfocada en maximizar el crecimiento a partir de una política fiscal, monetaria y de ingresos expansiva. Política que el Gobierno capitalizó sin necesidad de buscar consensos. De hecho, una medida con elevada aprobación como la Asignación Universal por Hijo, fue llevada a cabo por un decreto de necesidad y urgencia.

Esta situación fue posible mientras el aumento en las importaciones necesario para financiar el salto en el consumo, asociado a una economía que se acercaba al pleno empleo con un salario en dólares que creció 18% por año en los últimos dos años, era financiado por los dólares de las exportaciones.

Una vez que se acaba el sobrante estructural de dólares, el esquema empieza a agotarse. La aceleración de la salida de capitales en los últimos meses está detrás de la coyuntura. La reacción de la política ha ido, otra vez, aumentar controles y limitar el acceso al mercado cambiario, generando en los hechos otras grietas que impiden frenar la caída de las reservas.

El agotamiento del modelo que tantos beneficios políticos brindó, y cuyos resultados se vieron el 23 de octubre, requiere ahora la búsqueda de consensos para limitar el costo político de las medidas que, de ahora en más, habrá que adoptar. Medidas que si se dan por consenso en un acuerdo social de precios y salarios, y alguna apertura al crédito, no tienen por que ser muy costosas. ¿Argentina año verde?