Por María Eugenia Bestani
Para LA GACETA - Tucumán

"¿Existen los dragones?" preguntó ella. Le contesté que no.
"¿Alguna vez existieron?" Le dije que toda evidencia demostraba lo contrario.
"Pero si hay una palabra dragón", dijo, "entonces alguna vez debe haber habido dragones".
Precisamente. El poder del lenguaje. Preservar lo efímero, dar forma a los sueños, permanencia al destello de la luz del sol.
Penelope Lively, Moon Tiger
    
Quiero cuentos, historietas y novelas,
pero no las que andan a botón.
Yo las quiero de la mano de una
abuela que me las lea en camisón.
María Elena Walsh, La marcha de Osías

En su tiempo libre, los niños y los jóvenes de hoy leen, en promedio, más que los del pasado. Quienes permanecen entre dos y tres horas diarias sentados frente a una pantalla chateando o recibiendo y emitiendo mensajes de texto a la velocidad de la luz, utilizan el código escrito. Nuestros hijos hablan tanto con las yemas de sus dedos sobre un teclado, como con sus órganos de fonación, y reciben un cúmulo de datos a través, justamente, de la lectura. La cuestión es qué y cómo leen. Basta seguir algunos de los foros abiertos de discusión para constatar el empobrecimiento de sentido, lo extremadamente reducido del vocabulario, que no supera unas cuantas decenas de palabras, la falta de respeto a las reglas más básicas de una gramática, cuando no, al decoro que demanda la intención de dialogar.    
No es fácil aceptar que, desde hace más de una década, el vértigo de la comunicación virtual ha producido cambios profundos en nuestras jóvenes generaciones. Aquello que nos parecía válido de la experiencia parece haber dejado de serlo. Debemos ajustar la lente y tratar de captar a seres mutantes, hijos de una época, que se dejan absorber, a menudo sin ningún distanciamiento crítico, por el imán luminoso de las PC en todas sus formas y tamaños.
¿Cómo, entonces, introducir a nuestros niños en el sano placer de la lectura considerada "literaria"? ¿Cómo contrarrestar un mundo de inmediatez, la competencia desleal del televisor como la ubicua niñera, y el bombardeo visual y sonoro? ¿Cómo conciliar estos distintos modos de comunicar?
Buena parte del aprendizaje es mimético. El bien intencionado cangrejo no puede enseñarles a sus hijos a avanzar hacia delante, porque él no sabe hacerlo. ¿Cuánto tiempo le prestamos nosotros mismos a la lectura? ¿Invertimos en libros? ¿Hay ámbitos de lectura en el hogar, una biblioteca tentadora, el silencio para la concentración?
A pesar de los embates, la literatura infantil y juvenil, ya en su modalidad tradicional como libro objeto, o en nuevos formatos, audiolibro, libro álbum, libro electrónico, sigue dando batalla. Remitámonos a lo que ocurre en las librerías. Las tendencias del mercado apuntan a crear espacios de juego y proximidad a los volúmenes, delimitando sectores amigables y seguros para los chicos.
En julio, la  Feria del Libro Infantil, que estuvo abierta durante 20 días, recibió 18.000 visitantes diarios.
Sea cual fuere el género literario que se aborde, teatro, poesía, narración o formas más experimentales, cuanto más temprano es la inmersión en los textos, mayor la frescura de los niños y su capacidad de entregarse al asombro del lenguaje, a la música y mágica cadencia de las palabras. Ellos son ávidas esponjas que absorben y asimilan, sin haber sido tocados demasiado aún por la maquinaria social, ni presiones publicitarias que todo equiparan. Son infinitamente crédulos, abiertos a la sorpresa, pero no ingenuos. Cuando los niños leen, se entretienen, ejercitan su imaginación, su habilidad de concebir mundos alternativos, de sana evasión, lo que les ayuda, a menudo, a hacer real un mundo cotidiano incomprensible; pueden asumir identidades distintas, conocer la alteridad, acrecentar su capacidad de reflexión, y ser más seguros de sí mismos.
Como los niños, la buena literatura no miente: dice su verdad. Así como la imaginación infantil, con su candidez, no conoce de límites, la literatura puede quebrar el tiempo y el espacio; en ella cohabitan dragones y  princesas, piel de asno y un emperador que va desnudo, Narnia y Mordor, el Mundo del Revés, y el de Nunca Jamás.

© LA GACETA

María Eugenia Bestani - Profesora de
Literatura Anglófona II y III en la Facultad
de Filosofía y Letras de la U.N.T.