Un hombre hizo de la escritura su manera de estar en el mundo. Desde un pasillo olvidado de un teatro, reconstruye su historia mientras escucha, a la distancia, una obra que él mismo escribió. Así se presenta “El escritor de todas las cosas”, la obra escrita y dirigida por Javier Daulte y protagonizada por Darío Grandinetti, que se verá a las 21 en el teatro Alberdi (Jujuy y Crisóstomo Álvarez), anunciada como un viaje íntimo y conmovedor por la vida de quien hizo de las palabras su manera de estar en el mundo.

“Este monólogo nos interpela respecto a que lo que hacemos influye y opera en el otro, sobre todo en nuestros oficios: un actor, un músico, un pintor, una bailarina... Y no siempre uno toma conciencia de eso, ni hace su trabajo pensando en ello. Por eso, esta es una obra que plantea preguntas y tal vez la necesidad de asumir responsabilidades para los que hacemos determinadas cosas”, explica Grandinetti en la entrevista con LA GACETA.

- ¿Cómo es tu relación cotidiana y personal con la literatura?

- La tengo por épocas, aunque siempre me gusta mucho leer. Pero, por ejemplo, cuando estoy ensayando o estudiando una obra de teatro o una película, no me puedo concentrar en otra cosa, tengo la cabeza tomada. De todos modos, es algo que yo recomiendo a quienes quieren dedicarse a esto: leer, leer mucho, ser curioso además. La literatura calma cierta curiosidad o la incentiva más; me parece que eso es muy bueno para quien quiere actuar.

- ¿La pretensión de abordar “todas las cosas” es siempre un deseo del artista, propio de una intención universal?

- Un poco sí. Los actores siempre creemos que podemos hacer de todo en general. Yo hay cosas a las que sé que no me atrevo ni me voy a atrever, como los grandes clásicos, a William Shakespeare y sus textos; me dan demasiado respeto, me siento muy lejos de ellos. Pero sí, en general el artista intenta hacer todo lo que puede. A mí también me ha tocado hacer cosas que, si me hubiese puesto a pensar, por ahí no hubiera hecho, como representar a determinados personajes reales. Hay un grado de soberbia y de inconsciencia, que también es lo que nos permite avanzar y seguir para adelante, sin asustarnos.

- ¿Cómo fue trabajar un texto siendo dirigido por el mismo autor (además, un tipo exigente como Daulte)?

- Trabajar con Javier siempre es un disfrute, y creo que para los dos. Cada vez que empezamos a ensayar nos mandamos mensajes: “Cómo me gusta ensayar con vos”, “Qué lindo ensayo tuvimos ayer”... Trabajamos juntos desde hace muchos años, nos conocemos mucho, somos familia. Tengo dos hijos actores que debutaron con él, nos tenemos una confianza mutua. Es muy fácil. Además, tiene una particularidad: Javier no se aferra a lo que él mismo escribió. Él no es de esos autores que te piden respetar la letra a ultranza. Es muy generoso también. Me siento un afortunado de que un autor como él me haya escrito una obra especialmente a mí.

- ¿De qué se refugia tu personaje al sumergirse en la literatura?

- De la vida, de todo se refugia. Encuentra ahí su manera de vivir, de estar en el mundo, de su incapacidad para generar desde otro lugar sus relaciones sociales. En realidad, si yo supiera exactamente cuál es la respuesta, podría encontrar la respuesta respecto a mí. ¿De qué me refugio yo con la actuación? A lo mejor de sentir que a uno no le prestan atención. No creo que sea mi caso, pero sí puede ser el de él. En todo caso, llamó la atención lo que escribió de una manera negativa para él; entonces, eso lo lleva a ocultarse más, a refugiarse más en ese oficio, porque cree que a través de él puede trascender su vida.

- ¿Se evade de la realidad a través de su escritura?

- Al contrario, él escribe mucho sobre algo que le ocurrió. Hay poca ficción en lo que él escribe. Aparte de los sobrecitos de azúcar, de las etiquetas de vino y de esas cosas que hace para ganarse la vida, hizo una obra teatral sobre algo que lo atravesó, que le ha modificado su vida y la de su entorno. Es de lo quiere hablar, no para evadirse sino para enfrentarlo.

- La obra plantea la desvalorización de la palabra, ¿es una carga compartida entre todos, pero con mayor responsabilidad de parte de nuestros dirigentes?

- La obra habla del valor de la palabra, y los actores necesitamos mucho de ella. Su desvalorización actual tiene que ver con la dirigencia política, no solo aquí sino en todo el mundo. En el país está particularmente acentuada por la crueldad, por la falta de empatía, por la grosería. Podríamos decir que la afectan la mentira, la agresión, la persecución, la violencia… Cuando un dirigente, como en nuestro caso el presidente Javier Milei, dice las cosas que dice, los que están debajo se sienten con la autoridad moral para también hacerlo y escalar en la agresión verbal y hasta pasarlo a hechos. Milei es impresentable. Si no fuera por el daño que hace, daría pena.

- ¿Hay que recuperar el valor de la palabra como puente de relación?

- Reafirmar el valor de la palabra siempre es importante, hoy probablemente más que nunca. No puede ser que esté de moda mentir. Antes se avergonzaban; ni los militares asumían haber hecho lo que hicieron, hasta ellos lo negaban. Pero quienes nos gobiernan ahora se jactan de hacer lo que hacen, amenazan con hacer lo peor y se burlan de las víctimas de toda esta crueldad ante la pasividad absoluta de gran parte de la Justicia, del periodismo, de la oposición...

- ¿Cómo evaluás la política cultural del Gobierno?

- Sufro la gestión oficial de la cultura nacional, porque a las derechas siempre, históricamente, les ha molestado el arte que se ocupa de ser guardián de la memoria. No hay ningún artista que resalte buenas acciones de estos impresentables. 500 años antes de Cristo apareció el primer actor, Tespis, y al poco tiempo lo expulsaron del lugar en el que vivía en la Grecia antigua, por lo que se dedicó a recorrer los caminos con un carro contando historias. Ya entonces molestábamos.