Octubre no fue un mes especialmente amable con Javier Milei. Mientras el riesgo-país volvió a acercarse a los 800 puntos básicos, el sobreseimiento del caso $LIBRA quedó bajo una nueva sombra tras la pertinente apelación presentada ayer mismo contra el fallo y Patricia Bullrich eligió diferenciarse varias veces desde un discurso alternativo al de la Casa Rosada. Frente a ese escenario, el Presidente volvió a refugiarse en uno de los terrenos donde se siente más cómodo: el enfrentamiento con el periodismo. Ayer, durante una exposición en la Universidad Di Tella, se mostró incluso moderado para sus parámetros habituales y apenas calificó de “basuras” a los periodistas “ensobrados”. Ya se sabe que, según su propia definición, “no se los odia lo suficiente”.
Fuera de las fronteras, las últimas semanas tampoco le han resultado especialmente favorables al Presidente. El revés electoral de Flavio Bolsonaro en Brasil y las dificultades de Benjamín Netanyahu en Israel para formar gobierno golpearon a dos de sus aliados más cercanos. Ese mapa de turbulencias globales encuentra su correlato más intenso en los Estados Unidos, de cara a las legislativas de medio término del martes próximo, en las que Donald Trump buscará revalidar su liderazgo sin tenerlas todas consigo. Él también como los otros dos perdedores, agitó denuncias de fraude que tienen más olor a excusa que otra cosa.
Nada de todo esto modifica por sí mismo la posición internacional de la Argentina libertaria ni altera sus alianzas formales. Sin embargo, vuelve a mostrar un rasgo característico del estilo presidencial: la tendencia a leer parte de la política exterior a través de afinidades ideológicas muy definidas. Es una apuesta que bien puede ofrecer réditos cuando los aliados atraviesan ciclos favorables, pero que también expone a costos inevitables cuando esos mismos referentes encuentran dificultades. Y es precisamente allí donde aparece el caso de Brasil, quizás el ejemplo más relevante de todos porque no involucra sólo afinidades o diferencias políticas, sino intereses permanentes del Estado argentino.
En ese terreno, la discusión deja rápidamente de ser ideológica y pasa a involucrar lo concreto. La relación bilateral ocupa un lugar demasiado importante para la industria, el comercio, las exportaciones, el empleo e incluso el turismo como para quedar subordinada a simpatías personales o afinidades políticas circunstanciales. Aun con sus diferencias de escala, ambos países mantienen desde hace décadas una convivencia compleja, llena de recelos, competencias y disputas comerciales. Sin embargo, también construyeron un entramado económico que volvió cada vez más difícil para uno ignorar al otro. Las comparaciones históricas siempre son imperfectas, pero ambos se parecen bastante a lo que fueron Alemania y Francia después de tres guerras entre 1870 y 1945: pueden discutir casi todos los días, pero siguen necesitando entenderse.
Por eso, el silencio presidencial frente al resultado electoral brasileño, la decisión de involucrarse políticamente en respaldo de la familia Bolsonaro —enviando al foco de la situación en Puerto Iguazú a su asesor Santiago Caputo— y las derivaciones diplomáticas posteriores terminan generando preguntas que exceden la coyuntura. Ningún gobierno argentino pudo darse el lujo de considerar irrelevante a Brasil, ni tampoco Brasil respecto de la Argentina. Los gobiernos pasan, los liderazgos cambian y las afinidades ideológicas se modifican, pero los intereses estratégicos de fondo no se mueven de su lugar.
Desde esa perspectiva, la discusión deja de ser quién ganó o perdió una elección y pasa a otro terreno: cuál será el margen disponible para reconstruir una relación que la propia realidad económica obliga a preservar. Ese mismo debate entre convicciones y necesidades prácticas no aparece solamente en la política exterior, sino que también empieza a insinuarse en el terreno económico. Detrás de los elogios que sigue recibiendo afuera el programa argentino desde el plano fiscal –aunque menos desde lo cambiario- aparecen señales que merecen atención.
Los mercados continúan valorando el proceso de estabilización, pero al mismo tiempo observan la dificultad para que esos avances se traduzcan en una recuperación más visible de la actividad. El riesgo país volvió a transformarse en una manifestación de esa cautela. La discusión ya no gira exclusivamente alrededor de la inflación, sino sobre la velocidad con que los resultados llegan a empresarios, trabajadores y consumidores.
En los últimos días esa preocupación apareció expresada de manera mucho más explícita. El Fondo Monetario habló de crecimiento, empleo, financiamiento e inversión como desafíos de la etapa que viene. Poco importa si se trató de una observación espontánea o de una conversación previamente acordada con el equipo económico argentino. quizás en Bangkok, entre Kristalina Georgieva y Luis Caputo. El mensaje fue claro: consolidar la estabilización exige empezar a mostrar señales más palpables de dinamismo económico.
Es allí donde vuelve a aparecer la figura del Presidente. Milei da la impresión de considerar que muchos de los fracasos argentinos nacieron precisamente de la ansiedad por adelantar etapas y forzar resultados. Sus interlocutores externos, en cambio, empiezan a formular una pregunta diferente. No si la estabilización debe preservarse, sino cuánto tiempo puede prolongarse una economía de recuperación lenta antes de que surjan costos políticos y sociales capaces de poner en tensión los propios logros alcanzados y, otra vez, el futuro electoral.
En ese punto asoma una incógnita interesante. Quienes conocen el funcionamiento del poder recuerdan aquella recomendación de Néstor Kirchner: “No escuchen lo que digo, sino miren lo que hago”; es decir, prestar menos atención a los discursos y más a las decisiones concretas. Con Milei empieza a aparecer una duda semejante. No tanto acerca de lo que dice, que rara vez se aparta de la ortodoxia, sino sobre lo que finalmente estaría dispuesto a hacer cuando las demandas de la realidad empiecen a reclamar una transición hacia una nueva etapa del programa económico.
El verdadero desafío para el Gobierno consiste en descubrir hasta qué punto una convicción puede seguir siendo una fortaleza cuando la realidad comienza a exigir adaptaciones. La política ofrece numerosos ejemplos de dirigentes que fracasaron por falta de principios y también de otros que tropezaron por aferrarse demasiado a ellos, cuando las circunstancias cambiaron. Milei tiene para aprender de la historia: la diferencia entre la coherencia y la rigidez suele resultar evidente sólo después de ocurrido el desenlace.
En ese terreno se mueve actualmente el Gobierno. La apuesta que lo trajo hasta aquí fue desafiar buena parte de las recetas convencionales y sostener un rumbo que muchos consideraban imposible. Pero toda etapa exitosa contiene una dificultad adicional: reconocer el momento en que preservar una idea exige empezar a aplicarla de otra manera. Tal vez por eso empiecen a multiplicarse, dentro del propio espacio de centro y centroderecha, dirigentes y referentes que reconocen los avances conseguidos por Milei, pero que insinúan caminos más pragmáticos para la etapa que viene. Patricia Bullrich, Carlos Melconian o aun Mauricio Macri no discuten tanto el rumbo como los tiempos y las herramientas
La discusión actual ya no es si la Argentina debe cambiar de dirección, sino cuándo la convicción del Presidente —empeñado en sostener una ortodoxia inflexible aun cuando la realidad le reclame ajustes— dejará de ser su escudo para convertirse en un límite. El margen se le angosta a Milei y el listado de problemas es amplio. Y por si fuera poco, la semana que viene llega el Papa. No será fácil tampoco.