“Me dicen estoy desbordada”. Verónica Figueroa resume así una tensión que aparece cuando cuidar a los demás ocupa casi todo el día. Las necesidades propias se reconocen, pero atenderlas queda para después: primero hay que resolver lo que necesita un hijo o acompañar a un padre que empieza a requerir ayuda.

“Mujeres que, a la vez que están criando hijos, están haciéndose cargo de sus papás”, describe la psicóloga, coordinadora de la Unidad de Prevención y Atención de las Violencias del Servicio de Salud Mental del Hospital Centro de Salud. 

La crianza y el cuidado de los padres pueden superponerse durante una misma etapa de la vida. Figueroa señala que una mayor longevidad no siempre llega acompañada de buenas condiciones de salud. En algunas familias, eso implica asumir nuevas responsabilidades cuando los hijos todavía necesitan atención cotidiana.

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“Hay una autoexigencia en lo personal que a veces queda negada y postergada por el cuidado de los demás”, explica. El desgaste incluye las tareas físicas y la responsabilidad de organizar todo lo que hace falta para sostenerlas.

Hacer y estar pensando 

Figueroa distingue el esfuerzo de atender a otra persona de una responsabilidad menos visible: recordar, anticipar y coordinar sus necesidades. “El cuidado físico agota y desgasta”, afirma. A eso se suma “el cuidado mental”, la expectativa de saber qué necesita cada integrante de la familia y qué falta hacer.

La profesional lo describe como tener que ser “casi como omniscientes, omnipresentes, saber todo o pensar en todo”. La lista incluye médicos, aseo, medicación y esparcimiento, además del acompañamiento de los hijos y de los padres.

La tarea continúa después de una consulta o de preparar una comida. Quedan por organizar los próximos cuidados, recordar indicaciones y encontrar cómo atender necesidades que pueden aparecer al mismo tiempo.

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En ese reparto, quien sostiene puede saber que necesita descansar o disponer de un momento propio, pero no encontrar dónde incorporarlo. Las demandas de los demás ocupan el tiempo y también la atención.

El cuidado como una exigencia permanente 

Figueroa relaciona esa carga con el lugar que se asigna a las mujeres como sostenedoras del grupo familiar. Además de cuidar, se espera que respondan en el trabajo, mantengan sus vínculos y estén bien.

Así, cada ámbito puede convertirse en una obligación más. La profesional enumera esa acumulación: “Atender bien a mis hijos y cuidar bien a mis hijos es un trabajo. Cumplir en mi trabajo es un trabajo. Cuidar a mis papás es un trabajo”.

La pregunta que aparece después es qué lugar queda para una misma: “¿Y dónde está el placer? ¿Dónde está el tiempo libre? ¿Dónde está el ocio?”.

Figueroa trabaja esas preguntas en terapia porque observa cómo las necesidades propias quedan postergadas. Su planteo incluye descansar, dejar algunas actividades para otro momento y reconocer que no se puede responder a todo.

“El primer amor es el amor propio. No tiene que ver con el ego ni con el egoísmo”, sostiene. Lo vincula con una pregunta: “Si me descuido a mí mismo, ¿qué le puedo dar a los otros? Mis restos”.

Construir una ayuda posible 

Frente a esa sobrecarga, propone buscar sistemas de ayuda y redes familiares. Reconocer que se necesita apoyo permite revisar cómo se está sosteniendo el cuidado y qué otras personas pueden participar.

“Generar redes no significa estar todos juntos simbiotizados”, aclara. Significa “reconocer las limitaciones y armar nuevas maneras de poder seguir adelante sin que esto nos cueste la vida”.

En su planteo, el acompañamiento requiere presencia y acciones concretas que permitan aliviar las responsabilidades cotidianas. También supone poder expresar que una tarea o una situación está resultando difícil de sostener.

Pedir ayuda, afirma, “no significa fracaso, significa reconocer que todas las personas tenemos límites y que necesitamos de otros porque por eso vivimos en comunidad”.

Admitir ese límite puede empezar por una decisión cotidiana: “El permitirme sin culpa descanso, no hacer algunas actividades, postergar algunas cosas”. Reservar un momento propio dentro de una organización familiar que suele estar pendiente de lo que necesitan los demás.