Alba Herrera recuerda una luz tenue entrando por la ventana de su dormitorio. Estaba sentada sobre la cama. Poco antes, su vida estaba llena de planes para recibir a su hijo. Ahora no sabía cómo continuar. “¿Cómo sigue mi vida después de la muerte de mi hijo?”, se preguntaba. Durante mucho tiempo no encontró una respuesta. “No sabía cómo seguir”.
Tenía 33 años cuando quedó embarazada. Con su pareja buscaban ser padres y habían elegido un nombre: Federico. La noticia circuló entre familiares, amigos y compañeros de trabajo. No quería guardársela. “Sentía mucha felicidad como para no contarlo. Estaba gestando un bebé. ¿Por qué iba a ocultarlo?”.
Alba estaba terminando el primer trimestre. Ya habían escuchado el corazón de su bebé. “Venía con un embarazo sumamente sano”, recuerda. Hasta entonces, cuenta, los controles indicaban que todo marchaba bien.
Una noche, después de cenar, tuvo un pequeño sangrado. No sentía dolor, pero consultó a su ginecóloga, que le indicó hacerse una ecografía al día siguiente. Llamó a distintos lugares sin conseguir que la atendieran, hasta que una secretaria escuchó lo que le pasaba. “Venite ya, mamá, venite ya”, le dijo.
En esa ecografía supo que Federico había muerto. Según recuerda, le informaron que su corazón se había detenido dos semanas antes. “Se me detuvo el mundo. Esa es la sensación”.
Volver a una casa sin respuestas
Después de recibir la noticia, volvió a su casa. Según relata, le indicaron esperar a que su cuerpo expulsara espontáneamente el embarazo y, si eso no ocurría, recurrir a medicación. “Mi hijo ya tenía dos semanas muerto y yo tenía que esperar”, recuerda. Más tarde llegó al sanatorio con febrícula. Los médicos le dijeron que estaba desarrollando una infección y le realizaron un legrado. “Pasé por violencia obstétrica”, afirma sobre la atención en el quirófano. Pudo reconocerlo después: “En ese momento, con anestesia y todo, no lo sabés”.
El regreso a su rutina tampoco fue sencillo. Recuerda que pidió días de reposo y que, con el acompañamiento de su médica y de un jefe al que describe como empático, pudo quedarse cinco días en casa. Pero el tiempo no alcanzaba para responder las preguntas que aparecían cuando se sentaba sobre la cama. ¿Por qué había pasado? ¿Por qué a ellos? ¿Por qué a Federico?. “Nunca tuve una respuesta, se supone que yo venía de un embarazo sano, ¿por qué tuvo ese desenlace?”.
La biopsia tampoco le dio una explicación. Un mes después, cuando todavía intentaba asimilar la muerte, su obstetra le habló de volver a quedar embarazada: “Me estaban queriendo programar un embarazo, y yo no podía entender y asimilar todavía la muerte de mi bebé”. Para Alba, otro embarazo no era la solución. “Ningún otro hijo mío iba a venir al mundo a suplir a este bebé”.
Ahora necesito llorar
Alba hacía terapia desde antes del embarazo. Su psicóloga la acompañó durante el duelo, al igual que su familia, sus amigos y su entorno laboral. “Mi entorno fue muy empático”, cuenta. Podía expresarse, llorar y “poder hablar de él con el nombre que habíamos elegido con su papá”.
El padre de su bebé también estaba atravesando la muerte, aunque, según cuenta, pudo elaborar su duelo años después. En aquel momento le costaba verla llorar. Trataba de hacerla reír, de conseguir que estuviera bien. “Él quería verme bien rápido”. En ese momento Alba necesitó explicarle algo: “Te prometo que algún día yo voy a volver a sonreír, pero ahora yo necesito llorar”.
Fuera de ese círculo, escuchaba frases que pretendían consolarla: “Sos joven, ya vas a volver a tener otro bebé, otros bebés”. También le decían que era mejor que hubiera ocurrido al comienzo del embarazo o que su hijo era un ángel de Dios. “Yo no quería que mi hijo sea un ángel de Dios. Yo quería que esté al lado mío, salir a ver crecer los árboles que yo venía plantando hace un montón, que conozca los colores que yo conocía, los aromas que yo conocía”.
Cuando le preguntan qué le hubiera gustado escuchar, responde: “Nada, solamente un abrazo. Un estoy aquí”.
No eran días fáciles, ver a una compañera embarazada en el trabajo le recordaba a Alba su propio embarazo. Entonces se iba al baño a llorar. “No era algo en contra de ella. Esa panza me recordaba que la mía ya no estaba”, explica. También le dolía escuchar a un compañero quejarse porque debía acompañar a su pareja a una ecografía. “Lo que yo daría por haber tenido una ecografía más en la cual escuchar el corazón de mi bebé”.
Un nombre para salir de la culpa
Con los años y la terapia, Alba dejó de usar la palabra “pérdida”. En su experiencia, ese término la llevaba a pensar en un descuido, en algo que podría haber evitado. “¿Quién quiere perder un bebé? Un bebé con el que se planifica una familia, un futuro. Nadie lo quiere perder. Nadie quiere pasar por eso”. Decirlo de otra manera le permitió empezar a salir de la culpa. “No, mi bebé murió, no lo perdí. Mi bebé murió”.
También encontró una forma de recordarlo. Según cuenta, Federico fue tratado como un residuo patológico y ella no tuvo una tumba donde visitarlo. Los árboles, que ya formaban parte de su activismo ambiental, se convirtieron en ese lugar. “El lugar donde yo plantara un árbol estaría mi bebé”.
Desde 2017, cada 15 de octubre sale a plantar. “Iba con mi permiso municipal, mi velita, el árbol y mis herramientas”. Al principio iba sola. En 2019, varias familias se reunieron para plantar un lapacho en la plaza San Martín. “Mi hijo me acompaña en un montón de lugares”.
Una mariposa en la puerta
Esos encuentros la acercaron a la Fundación Era en Abril y a Carla Casado, con quien comenzó a trabajar en un proyecto para Tucumán. En 2020 se conformó Resilientes. “Nacemos para que ninguna otra mujer tenga que pasar por esto sola”.
Alba cuenta que presentaron un proyecto al Ministerio de Salud en noviembre de 2021. En julio de 2022 se presentó en la Maternidad el programa provincial Trascender Acompañados. Según explica, contempla acompañamiento profesional y espacios específicos para las madres cuyos bebés murieron, identificados con una mariposa azul. Busca evitar que compartan sala con madres que están amamantando a sus recién nacidos. “Eso hace un cambio a la mamá y a la familia que también está acompañando”.
La mariposa forma parte del trabajo que Alba emprendió en memoria de Federico. También los árboles que plantó en plazas y parques. De él conserva una ropita que le regaló quien entonces era su suegra. “Es lo único que conservo de él”. Cuando le preguntan si piensa en su hijo, no duda: “Siempre, siempre, siempre, todos los días".