¿Por qué no puedo vivir desconectado? ¿Qué tiene de diferente el celular con respecto a otras tecnologías que roba mi atención y también me genera ansiedad? Aunque resulta difícil de encontrar causas precisas, la ciencia ya tiene datos para ayudar a entender por qué hoy los dispositivos móviles son un problema para nuestra salud mental.

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En diálogo con LA GACETA, el investigador del CONICET, Fabricio Ballarini alertó sobre el impacto del uso ininterrumpido de dispositivos móviles y pantallas en la crianza, la salud mental y el desarrollo cognitivo. La omnipresencia del celular, según el especialista, explota mecanismos evolutivos como el proceso atencional y el ahorro de energía cerebral, generando cuadros de ansiedad, depresión, estrés laboral.

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Ballarini es biólogo egresado de la Universidad de Buenos Aires, con un doctorado y un posdoctorado en el Laboratorio de Memoria de la Facultad de Medicina de la UBA. Es investigador del CONICET y profesor titular del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), donde además dirige el Departamento de Ciencias de la Vida, enfocado en estudiar estrategias educativas basadas en evidencias neurocientíficas. Este año, junto a Juan Bonnin, publicó “(Des)Conectados”, un libro en el que aborda los problemas cotidianos con las pantallas desde una perspectiva científica, analizando fenómenos como el impacto de las redes sociales en los más jóvenes, la atención, las adicciones al celular y cómo impactan los algoritmos en las emociones.

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- El planteo de “(Des)Conectados” es muy interesante porque atraviesa cuestiones conceptuales, pero también prácticas. Pero hay una pregunta que recorre todo el texto y es ¿por qué no podemos dejar de estar conectados?

Es una pregunta muy actual y, para mí, la tecnología utiliza una característica evolutiva que tiene que ver con dos procesos mentales. El primero está relacionado con la atención. Para sobrevivir como animales, tenemos que estar todo el tiempo prestando atención a nuestro entorno. Cualquier movimiento sutil en la selva, si fuésemos un animal, estaríamos chequeándolo. Eso es lo que hacen los animales no humanos, porque relevan distintos valores constantemente. En nuestro caso, la vista es fundamental porque no tenemos otros sentidos tan desarrollados. Tenemos esa capacidad de relevar movimientos y cosas que nos llaman la atención. El celular se aprovecha muchísimo de esto para mantenerte conectado, dándote un montón de estímulos a través de movimientos, luces y notificaciones. Son llamados de atención que pueden estar ligados a preocupaciones reales o no. Por otro lado, tiene que ver con el ahorro de energía. Hemos evolucionado como especie para hacer la mayor cantidad de cosas con el menor gasto de energía posible. Incorporar mucha información sin tanta demanda es algo que nuestro cerebro busca todo el tiempo. Cuando el cerebro encuentra atajos para comunicarse, vincularse, buscar información o distraerse, toma a esta tecnología como un reemplazo de otras funciones sociales que antes nos demandaban más energía. Esto es lo que nos permite esta conexión que en los últimos años cambió radicalmente hacia una conexión permanente, es decir, a una ausencia total de desconexión.

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- ¿Cuál es la diferencia específica entre el teléfono móvil y las tecnologías anteriores relacionadas a la conexión?

La tecnología en general, pensada como una herramienta para hacer algo, tenía la particularidad de que en algún momento la soltabas o la apagabas. Por ejemplo, si querías martillar algo, encontrabas una herramienta para no lastimarte la mano y hacer más presión, pero en un momento la soltabas. Con las tecnologías anteriores pasaba lo mismo porque la televisión o la radio se apagaban. El celular, en cambio, no se apaga nunca. Parece un detalle sutil, pero es terrible que no lo apagues nunca y que no te imagines viviendo con el celular apagado. Hemos naturalizado estar conectados a un dispositivo que nunca se apaga, y eso es loquísimo porque pasó en los últimos cinco, seis o siete años como máximo. Hay una diferencia notoria incluso con las computadoras de escritorio o las portátiles, que sí las apagamos. El celular deja de ser una herramienta, es otra cosa. Cuando decimos que esta tecnología o la inteligencia artificial es una herramienta, nos equivocamos. No sé si es mejor o peor, pero no es simplemente una herramienta.

- En los primeros capítulos del libro planteás que hay que distinguir entre la correlación y la causalidad del impacto del uso de pantallas en la salud mental de los más chicos. ¿Qué aporta la ciencia a este debate?

Primero, la problemática es muy difícil de abordar porque la tecnología cambia todo el tiempo. Aparecen nuevos modelos de celulares, nuevas aplicaciones diseñadas estratégicamente para cautivar tu atención, y las inteligencias artificiales cambian semana tras semana. Estudiar un fenómeno tan dinámico es muy difícil para la ciencia, porque publicar una investigación demanda, en el mejor de los casos, dos, tres o cuatro años. Si vas a demorar cuatro años en estudiar un fenómeno, cuando termines, el fenómeno ya cambió. Por otro lado, las poblaciones son muy variables. Nosotros publicamos hace poco un relevamiento sobre tiempo de pantalla y bienestar en una población de 4.000 alumnos de escuelas de la Ciudad de Buenos Aires con distintos niveles socioeconómicos. No me puedo basar en un estudio que se hizo en Estocolmo con 500 chicos, porque la dinámica de uso y social es completamente distinta. La cantidad de variables no solo está relacionada con la sociedad, sino también con las edades. El vínculo con la tecnología no es el mismo en un chico de 9 años, uno de 15, un joven de 25 o un adulto mayor. A eso hay que sumarle la calidad de vida, si hacen actividad física, sus recursos económicos, etc. Es muy complejo hacer un diagnóstico general que involucre a todos, por eso es tan difícil encontrar la causalidad. Podés encontrar que dos cosas se correlacionan, pero es muy difícil establecer la causa exacta.

Lo que hoy se observa en algunas publicaciones y en nuestro reciente estudio, es que las personas que tienen usos problemáticos vinculados al celular reportan peores niveles de sintomatología ligada a la ansiedad y la depresión. Pero debemos entender que es una foto de ese momento. Podría ser que los chicos que más usan el celular no lo hagan para ver TikTok, o que compensen ese tiempo en otra actividad. Lo que hoy puede hacer la ciencia es diagramar estudios longitudinales para ver si encontramos algo parecido a una causalidad. Pero mientras intentamos construir esa evidencia a largo plazo, algo tenemos que hacer en el presente.

- En algunos países europeos se está discutiendo la regulación de las redes sociales ¿Creés que funcionan esos proyectos de restringir las pantallas como primera medida?

Depende de la fuerza que tengan los países para enfrentarse a las empresas tecnológicas. Es una lucha desigual, porque de un lado tenés a las familias intentando hacer lo posible por el bienestar de los chicos, y del otro lado tenés multinacionales con un poderío enorme que van a hacer todo lo posible para captar tu atención, porque su ganancia radica en que más personas estén mirando el celular. Entiendo que por ahora son respuestas individuales de determinados países, pero es positivo que exista la conciencia de que algo tenemos que hacer. Es clave entender que la mayoría de estas iniciativas surgen “de abajo hacia arriba”. Son los grupos de familias organizadas los que presionan a los tomadores de decisiones, son las familias las que hoy le están haciendo juicios a empresas como Meta. Luego se suma la parte legal, pero el impulso nace de la sociedad. Después, creo que la palabra “restricción” es mejor que “prohibición”. La problemática es tan compleja que me parece bien poner el foco en exigir a las empresas que nos den información sobre cómo enganchan a los adolescentes. No es casualidad que estén todo el tiempo conectados, está hecho a propósito, responde a una estrategia. Estamos transitando una época bastante similar a la del descubrimiento de los daños del tabaco, y espero que pronto, cuando veamos a un chico de tres años con una tablet a cinco centímetros de la cara en un restaurante, nos parezca un horror.

- Nombraste a las familias como un factor clave. ¿Todavía somos actores fundamentales como adultos y se puede hacer algo frente al impacto en el cuerpo y la salud mental?

Sí, creo que sí. Obviamente hay realidades sociales muy distintas. Nosotros vemos en nuestros resultados que hay mucha diferencia en el tiempo de uso del celular según el nivel socioeconómico. Cuantos menos recursos tenés, más usás el celular. No todo es culpa del dispositivo, de las compañías o de las familias, hay un montón de condiciones sociales que llevan a las personas a usar el celular de otra manera. Estamos viendo a la generación que creció con el celular, adolescentes o jóvenes que hoy tienen 18 o 19 años, que vivieron la pandemia y a quienes sus padres les dieron pantallas para poder seguir estudiando o para que ellos pudieran trabajar. Hoy vemos las consecuencias de esa liberación. Aunque no hay muchos datos en Argentina, a pasitos de estos problemas están la adicción al juego o a la pornografía, a las que se accede vía celular, algo que en otros países ya es un problema gravísimo. Las familias y las escuelas tenemos que seguir siendo vectores de información para construir un poco de bienestar, porque lo que falta es información. Cuando le pedimos a la gente que revise su tiempo de pantalla, todos lo subestiman y se sorprenden con el número real, especialmente los adolescentes. Tener esa información puede hacer que reflexionemos y modifiquemos acciones que no son muy complejas.

- Hoy se discute en términos alarmantes sobre la inteligencia artificial. En este momento incipiente, ¿las inteligencias artificiales tienen también un componente adictivo y podrían impactar en la salud mental de jóvenes y adultos, tal como lo hacen las redes sociales?

En los adultos, lo que estamos viendo es que los trabajadores de las empresas que están adoptando esta tecnología no están muy contentos. Sufren bastante estrés porque sienten que tienen que hacer más tareas, la mayoría no comprende los procesos y se están perdiendo habilidades blandas como el pensamiento crítico y la sociabilización. Además, lidian constantemente con la idea de que la tecnología los va a reemplazar. En los estudiantes universitarios también se ve que aprenden menos cuando empiezan a ceder esas funciones. Cuando el cerebro detecta que hay algo que hace el trabajo más rápido y con menos gasto de energía, lo adopta para todo. Creo que todavía no tenemos muy procesado para qué usar la IA y para qué no. Las escuelas y las universidades todavía no entendieron muy bien cuál es su función y qué limitaciones ponerle. Sirve para hacer tareas rápidas, pero en el ámbito del estudio no tenemos claro si ayuda al proceso de aprendizaje o lo dificulta, o si estamos formando personas que no entienden los procesos detrás de lo que hacen. Esto todavía no se comprende del todo, y creo que ahí los actores fundamentales no somos solo las familias, sino las instituciones educativas. Ellas tienen que presionar para entenderlo, porque no es lo mismo generar una masa laboral que comprenda las herramientas que utiliza, a una que simplemente haga las cosas de forma automática y termine siendo reemplazada.