La voz del estadio empezó por Bolivia. Nombre por nombre, dorsal por dorsal. El Mario Alberto Kempes escuchó sin demasiada reacción. Hasta que llegó el turno de Argentina: “Con el número 23, Emiliano Martínez”.

No hizo falta esperar al resto. El grito bajó desde las tribunas como si el partido ya hubiera empezado. El “Dibu” todavía no había tocado una pelota y Córdoba ya había elegido a uno de sus héroes. Un rato más tarde pasaría algo parecido con Cristian Romero. El “Cuti”, cordobés y capitán de la noche, salió de la cancha en el segundo tiempo con una ovación que pareció pertenecerle solo a él.

Entre una escena y la otra, Argentina empezó algo nuevo. El 4-0 sobre Bolivia fue apenas un amistoso, pero también el primer partido después del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá y el primero de una Selección que empieza a acostumbrarse a una idea que durante años parecía imposible: jugar sin Lionel Messi.

La ausencia no necesitaba ser mencionada todo el tiempo. Estaba ahí. Estaba en las camisetas con la 10 que seguían poblando las tribunas. En los celulares levantados antes del partido. En la expectativa por los campeones del mundo que todavía continúan. Y también en los nombres nuevos que empezaron a ocupar lugares que antes parecían tener dueños permanentes.

Argentina no salió a buscar un reemplazante de Messi. Salió a probar otra cosa.

“Nico” Paz fue, quizá, quien mejor encarnó esa búsqueda. Pidió la pelota, se movió entre líneas, buscó asociaciones y a los 28 minutos definió con una sutileza por encima del arquero para marcar el 2-0. Antes, Lautaro Martínez había abierto el resultado tras una asistencia de Alexis Mac Allister.

Los goles importaron. Pero no fueron lo más interesante. Lo importante estaba en otra parte: en ver quién se animaba a pedir la pelota, quién podía tomar decisiones, quién entendía que este equipo ya no puede depender de una sola figura para resolver cada problema.

Paz apareció ahí. Y sobre el final apareció otro apellido de ese recambio. A los 86 minutos, José Manuel “Flaco” López aprovechó un mal despeje de Bolivia, después de una buena jugada de Leonel Flores, y marcó el 4-0 con un remate esquinado. Otro de los que entraron desde el banco dejó su marca en una noche pensada, justamente, para empezar a mirar qué pueden ofrecer los que vienen detrás. También Gianluca Prestianni, Agustín Giay y, más tarde, Franco Mastantuono, Valentín Barco, Leonardo Balerdi, Ezequiel Fernández y Santiago Simón. Futbolistas jóvenes alrededor de una base conocida. Una estructura con campeones del mundo, pero cada vez más atravesada por nombres que empiezan a mirar hacia adelante.

El partido permitió eso porque Bolivia ofreció poca resistencia. Argentina dominó desde el inicio, encontró espacios y nunca pareció perder el control. Por eso el resultado sirve menos para medir al equipo que para observar las decisiones.

Y una de esas decisiones fue darle la capitanía a Romero. A los 53 minutos, “Nico” Paz ejecutó un tiro libre y el “Cuti” apareció para marcar el tercero. Dos minutos después dejó la cancha. Entonces llegó una de las imágenes de la noche.

Romero caminó hacia el banco mientras el Kempes se levantaba para despedirlo. El cordobés parecía tener una tribuna propia. La ovación no era solo por el gol. Era por lo que representa. Por Qatar. Por las finales. Por los cruces. Por esa manera de defender que lo convirtió en uno de los futbolistas más reconocibles de esta generación.

Y ahí también apareció otra característica de este momento de la Selección: el recambio no significa empezar de cero. Hay una historia que continúa. “Dibu” sigue siendo “Dibu”. Romero sigue siendo Romero. Lautaro, Mac Allister, Julián Álvarez y varios de los campeones todavía están ahí.

Lo nuevo tendrá que crecer alrededor de ellos. Esa parece ser, por ahora, la búsqueda.

Falta saber también quién conducirá ese proceso. La continuidad de Lionel Scaloni todavía forma parte de las preguntas que rodean al próximo ciclo. Mientras tanto, el entrenador hizo durante la noche lo que tantas veces hizo desde que llegó: observar, probar, cambiar nombres, mover piezas.

Sin demasiadas ceremonias. Tal vez porque los ciclos no siempre empiezan con un anuncio. A veces empiezan así. Con un estadio que explota cuando escucha el nombre del arquero. Con “Nico” Paz pidiendo la pelota como si llevara años ahí. Con chicos entrando por campeones del mundo. Y con una Selección que, por primera vez en mucho tiempo, empieza a preguntarse quién quiere ser sin Messi.