Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística.
Hay una escena de New York Fashion Week que no ocurrió dentro de un desfile y ni siquiera estaba en nuestra agenda. Después de una mañana de trabajo, habíamos decidido tomarnos unas horas libres y salir a tomar un café. Cerca de Rockefeller Center, había una fila de enormes camionetas negras donde bajaban invitados vestidos por diseñadores, mientras fotógrafos se acumulaban en la entrada y quienes pasaban por ahí frenaban para intentar reconocer alguna cara conocida.
La tarde libre duró poco. Nos dimos cuenta que ahí se realizaba una entrega de premios vinculada a la industria de la moda. Nos quedamos un rato, volvimos a cambiarnos —claramente no habíamos salido vestidas para trabajar— y volvimos con cámara y micrófono. A la salida terminamos entrevistando a algunos de sus invitados.
Quizás esa sea una buena manera de explicar cómo se vive la Semana de la Moda en Nueva York. Durante esos días, no siempre hace falta buscarla porque a veces, la Fashion Week te encuentra a vos.
Primero hay que entender qué significa “ir a Fashion Week”
Desde afuera puede parecer que New York Fashion Week es un gran evento que pasa en un único lugar. En realidad, funciona de una manera bastante diferente. El Council of Fashion Designers of America (CFDA) administra el calendario oficial de NYFW. Esta temporada, dedicada a las colecciones primavera-verano 2027, se desarrolló oficialmente entre el 10 y el 15 de septiembre y reunió alrededor de 70 desfiles y presentaciones. En la lista hay nombres históricos y grandes casas con nuevas incorporaciones.
Pero el calendario oficial es solo una parte de lo que pasa en Nueva York durante esos días. En paralelo funcionan otras plataformas, presentaciones, showrooms, fiestas, aperturas, experiencias de marcas y desfiles que multiplican la agenda por toda la ciudad.
Nuestra cobertura comenzó justamente en uno de esos circuitos, en Sony Hall, a pocos metros de Times Square. Allí se desarrolló Runway 7, una plataforma que esta temporada reunió más de 100 diseñadores y programó 31 shows a lo largo de seis días, entre el 8 y el 13 de septiembre.
El ingreso con acreditación fue rápido, la organización sencilla y el trato hacia la prensa facilitó hacer entrevistas y producir contenido. Fue algo que volvimos a encontrar durante distintos momentos de la semana. Para quienes estamos acostumbrados a trabajar en Argentina, donde conseguir acceso o simplemente un espacio adecuado para hacer una nota es un desafío, la diferencia se nota. En Nueva York encontramos un respeto por el trabajo periodístico que permitió concentrarnos en lo que habíamos ido a hacer.
Después empezaba el momento de preguntarnos: ¿a quién tenemos enfrente? La Fashion Week actual reúne diseñadores, modelos, editores, periodistas, compradores, celebridades y una enorme cantidad de influencers y creadores de contenido. Muchos son figuras importantes dentro de nichos estadounidenses que desde Argentina no conocemos. Más de una entrevista comenzó preguntando quién era la persona que teníamos delante y a qué se dedicaba. A veces la dimensión de su carrera aparecía mientras la cámara ya estaba grabando.
La agenda imposible
Hay una fantasía que desaparece bastante rápido cuando se empieza a cubrir una Fashion Week. Uno puede imaginar una prolija sucesión de desfiles. A las cinco uno, a las siete otro y después una fiesta. Pero en realidad se parece más a abrir la agenda y descubrir que tres cosas que interesan suceden simultáneamente en tres lugares diferentes de Manhattan.
Todos los días aparecían nuevas invitaciones, desfiles, entrevistas y eventos. Había que mirar horarios, calcular distancias y, sobre todo, elegir. Porque por más tentadora que sea la agenda, Nueva York todavía no inventó la manera de estar en dos lugares al mismo tiempo.
Y entonces entendimos que un desfile es apenas una parte de Fashion Week. Las modelos recorren la pasarela durante unos minutos, pero alrededor de esos minutos existen horas de producción. Está la llegada de los invitados, las fotos, las entrevistas, el ingreso, la espera, la música, las primeras filas, la colección y todo lo que vuelve a ocurrir cuando se encienden las luces. Después hay que guardar el micrófono y empezar a pensar cómo llegar al siguiente lugar.
Y muchas veces la producción tampoco termina en la puerta. Antes o después de los shows, diseñadores y marcas salen con sus modelos a las veredas para hacer fotografías de las colecciones. De pronto, una esquina cualquiera se convierte durante unos minutos en un set. Fotógrafos trabajando, modelos todavía con los looks y peatones que siguen caminando alrededor como si nada. Son pequeños photo shoots improvisados en plena ciudad.
Además, la jornada no terminaba cuando salíamos del último evento. Después había que volver al hotel, descargar y revisar el material, editar, escribir las notas y preparar lo que se publicaría al día siguiente. Era un viaje de trabajo en el sentido más literal. Nueva York seguía sucediendo del otro lado de la ventana mientras buena parte de nuestras noches pasaban frente a una computadora, convirtiendo lo que habíamos visto durante el día en una cobertura.
SoHo, nuestra pasarela favorita
Uno puede creerse bastante cool hasta que llega a SoHo durante Fashion Week. Si las colecciones muestran hacia dónde quieren llevar la moda los diseñadores, las calles permiten ver qué hace la gente con esas ideas. Y para nosotros, el street style terminó convirtiéndose en una de las partes más interesantes de toda la cobertura.
Hay tendencias que se reconocen enseguida. Siluetas, accesorios o determinadas formas de combinar prendas empiezan a repetirse. Pero lo más atractivo del estilo neoyorquino es precisamente que esa repetición rara vez termina en uniformidad.
En pocas cuadras pueden cruzarse personas con universos completamente diferentes. Hay vintage y lujo, prendas enormes y siluetas ajustadas, looks pensados hasta el último detalle y otros que parecen haber ocurrido sin esfuerzo. Incluso cuando dos personas llevan una misma tendencia, difícilmente la llevan igual.
Por eso mirar la calle puede resultar, a veces, tan interesante como mirar una pasarela. Es ahí donde una propuesta deja de ser solamente una imagen de colección y empieza a mezclarse con la personalidad de quien la usa.
Septiembre le queda bien a Nueva York
La fecha tampoco parece casual. Septiembre encuentra a Nueva York todavía volcada hacia la calle. Los días permiten caminar, sentarse afuera y cruzar barrios enteros a pie. Sobre esa ciudad ya de por sí acelerada, Fashion Week instala durante unos días una segunda capa.
Esta temporada hubo aperturas y experiencias repartidas por Manhattan. Victoria Beckham, por ejemplo, inauguró su primera tienda neoyorquina en Mercer Street pocos días antes de NYFW; 7 For All Mankind reabrió su espacio renovado en SoHo y otras marcas aprovecharon la concentración de prensa, compradores y visitantes para presentar nuevos locales y proyectos. Vogue describió esos días señalando que había casi tantas celebraciones por aperturas como desfiles.
También aparecieron experiencias abiertas al público. En SoHo, un laboratorio de retail de RE/DONE y SAP abrió durante septiembre con tecnología aplicada a la experiencia de compra. En Rockefeller Center, mientras tanto, una pantalla gigante permitió seguir gratuitamente desfiles del calendario oficial entre el 10 y el 15.
No estuvimos en cada uno de esos espacios —hacerlo era imposible—, pero su existencia explica algo que sí se percibía caminando por la ciudad. Fashion Week no quedaba encerrada detrás de una acreditación.
Historias argentinas a miles de kilómetros de casa
Entre una cobertura y otra también hubo encuentros que nos devolvieron momentáneamente a Argentina. Uno fue con Natalia Orozco, creadora de Alkimia Textil Ancestral, que llegó a Nueva York para presentar por primera vez su trabajo durante Fashion Week. Conversamos con ella sobre el camino que la llevó hasta allí y su desembarco en la ciudad, una historia a la que volveremos en una próxima nota.
La otra entrevista nos llevó fuera del circuito de desfiles y hasta Williamsburg. Hacía tiempo queríamos conocer a Enrique Muthuan, un diseñador de joyas tucumano que construyó su carrera en la moda en Nueva York y actualmente trabaja desde el taller instalado en su propia casa.
La semana en la que Nueva York vuelve a hablar obsesivamente de diseño parecía un buen momento para atravesar el East River y conocer la historia de alguien que llegó desde Tucumán y encontró su lugar dentro de esa industria.
El último desfile
Nuestra semana terminó el 15 de septiembre con Frederick Anderson. Después de varios días entre acreditaciones, entrevistas y eventos, el cierre llegó con uno de los diseñadores incluidos en el circuito oficial de esta edición. A nuestro alrededor trabajaban medios llegados de diferentes partes del mundo. Al lado nuestro, un equipo de Vogue. Por delante, una colección atravesada por flores, movimiento y flecos. Al final, una entrevista con el propio Anderson. Su desfile y nuestra conversación con él también merecen una historia aparte.
Pero hubo algo en ese último día que terminó de ordenar todo lo vivido durante la semana. Antes de viajar, New York Fashion Week estaba formada en buena medida por imágenes que ya conocíamos. Fotógrafos esperando en las puertas, modelos corriendo de un lugar a otro, periodistas con micrófonos, primeras filas, after parties, street style. Una ciudad que durante algunos días parece convertirse en el escenario de una película sobre moda.
Después de vivirla desde adentro, lo más inesperado fue descubrir que no había tanto engaño. Sí, los desfiles son breves, detrás de cada imagen hay esperas, horarios, traslados y mucho trabajo. Y sí, una parte considerable de cubrir Fashion Week consiste en correr por Nueva York cargando equipos mientras se intenta llegar a tiempo. Pero el glamour también está.
Está en SoHo un martes cualquiera, en una entrada rodeada de fotógrafos, en alguien que baja de una camioneta negra y también en una tarde libre que termina convertida inesperadamente en otra jornada de cobertura.
Hay lugares que uno conoce y descubre que eran muy distintos de cómo los había imaginado. Nueva York tiene la particularidad de que incluso después de verla de cerca, sigue pareciéndose mucho a Nueva York que conocíamos antes de llegar.