“Te perdés nacimientos, casamientos, cumpleaños y duelos”, resume Victoria Sauze cuando mira hacia atrás. A los 20 años dejó Tucumán y se instaló en Buenos Aires con un sueño que todavía parecía lejano: llegar a Las Leonas. El primer llamado tardó casi cuatro años y, en el camino, hubo dudas, ausencias y momentos en los que pensó en regresar. “Dejé 15 años de vida en Tucumán, lejos de mi familia y de mis amigas”, reconoce. El título mundial terminó de darle sentido a una apuesta que había comenzado mucho antes de las medallas.

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Sauze agarró un palo de hockey por primera vez a los cinco o seis años, impulsada por su mamá, que practicaba ese deporte. Sin embargo, aquella relación inicial duró poco. Prefería jugar al fútbol y al tenis con su hermano en Tucumán Rugby. Recién volvió al hockey a los 12 años, cuando se incorporó a la séptima división del club. Esta vez fue diferente: se enganchó y empezó a imaginar hasta dónde podía llegar.

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“Mi papá cuenta que cuando yo tenía 15 años le escribí una carta en la que decía que mi sueño era jugar en la Primera del club, en el seleccionado tucumano y, algún día, en Las Leonas”, recordó Sauze. En aquella carta todavía no había un plan ni garantías de que pudiera cumplirlo. Era apenas una adolescente poniendo por escrito aquello que quería para su vida.

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El camino, sin embargo, no fue directo. “Me costó mucho. A mi camada le tocó quedar desfasada de los Mundiales Junior por edad. Al no entrar al sistema y viviendo en Tucumán era más difícil, así que a los 20 o 21 años decidí irme a vivir a Buenos Aires a buscar mi sueño”, contó durante la entrevista que le realizó Federico van Mameren en Panorama Tucumano.

Sauze se incorporó a River en 2013, pero su primera convocatoria a la Selección recién llegó a finales de 2016. Fueron casi cuatro años de entrenamientos y competencia sin saber si la oportunidad aparecería. Con el paso del tiempo, comenzó a pensar que la posibilidad se alejaba.

“Por mecanismo de defensa me decía a mí misma que ya no lo quería tanto y que prefería volver a Tucumán, hasta que llegó el llamado”, recordó.

Ese costo no aparece en las estadísticas ni en el medallero. “Pero valió totalmente la pena por cómo viví todo el proceso”, sostuvo. En su relato no hay una idealización del sacrificio: reconoce aquello que dejó, pero también elige valorar el camino que pudo construir.

El deporte, además, nunca fue su única dimensión. En paralelo con el hockey, estudió y se recibió de contadora en la Universidad Nacional de Tucumán. En su casa, explicó, la formación siempre tuvo un lugar importante. “Haber cursado en los anfiteatros y mantener la cabeza activa con los estudios te da frescura y apertura mental”, afirmó.

Hoy, cuando le preguntan cuál considera que es su mejor versión, Sauze tampoco responde con una cualidad técnica. Habla de “la simpleza como persona”, del sentido de pertenencia, de saber estar presente y de agradecer el privilegio de vivir aquello que soñó desde adolescente. La competencia ocupa un lugar central en su vida, pero no alcanza por sí sola para definirla.

Después de tantos años detrás de objetivos, ahora también busca detenerse en el presente. “Me siento en paz y plena con las decisiones que voy tomando”, aseguró. Su próximo desafío personal, contó, es reencontrarse consigo misma y conservar esa tranquilidad.

Ante la pregunta sobre cómo querría ser recordada, su respuesta no estuvo relacionada con los títulos, las copas ni las medallas. “Como una buena persona, alguien que se animó a soñar, que creyó que lo que quería era posible y que compartió ese camino con la gente que quiere”, expresó.

Esa mirada aparece también en un pequeño ritual cotidiano. En el espejo de su casa hay dibujados dos símbolos: una cara feliz y un corazón. “Significan vivir el día a día con alegría y poniendo el corazón”, explicó. Después de conseguir aquello que había escrito en una carta a los 15 años, Sauze elige definirse de esa manera: no por todo lo que ganó, sino por cómo transitó el camino y por las personas con las que pudo compartirlo.