En los Valles Calchaquíes subsiste la tradición de la Shulka, la hija menor de una familia que es destinada al cuidado de sus padres ancianos. Esa palabra ancestral es el título del cortometraje dirigido por Raquel María Soaje y María Cecilia Casanova, que sigue su recorrido en eventos dentro y fuera del país luego de haberse consagrado en julio ganador del Festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo en su categoría.

Las directoras centraron su relato en la vida de Lucila en Tafí del Valle, donde dedica sus días a Higinia, su madre enferma, a quien le pide permiso para vivir su propia vida, lo que genera cambios en la dinámica existencial de ambas. El filme de 16 minutos está protagonizado por Rosario Altamiranda, Sol Jiménez e Isaías Salvatierra, en un registro donde predomina lo visual, con pocos diálogos. Es una tesis final para la Licenciatura de la Escuela de Cine, Video y TV de la UNT.

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“Más que contar la historia de una práctica cultural, buscamos hablar de una experiencia profundamente humana. La figura de la Shulka nos permitió reflexionar sobre el cuidado, el amor, el deber y el deseo. Nos interesaba preguntarnos qué ocurre cuando una mujer ha construido toda su identidad alrededor del cuidado de otra persona y, de pronto, ese mandato deja de existir”, señala Casanova en diálogo con LA GACETA.

- ¿Qué respuestas encontraron?

- Antes que dar respuestas, la película busca abrir preguntas sobre la libertad, la herencia y la posibilidad de elegir otro camino. Desde el comienzo entendimos que la historia de Lucila era también una puerta para pensar nuestras propias historias como mujeres y las formas en que los mandatos atraviesan las vidas.

- ¿Es una tradición que subsiste en ciertas comunidades?

- A partir de la investigación que realizamos y de las entrevistas en el Valle de Tafí, comprendimos que no pertenece al pasado, sino que existe y convive con lo contemporáneo. Sabemos que se repite en otras comunidades, por lo que el filme dialoga con experiencias profundamente humanas y universales.

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- ¿Es una carga?

- No existe una única manera de ser Shulka. Hay mujeres que sostienen este mandato de cuidado, muchas veces desde el amor, el compromiso y una profunda pertenencia a su comunidad; lo viven con orgullo y sienten que cuidar a sus madres, a su casa y a su territorio constituye una elección cargada de sentido y un legado que desean preservar. Otras, en cambio, expresan el deseo de haber podido construir una vida diferente. Esa diversidad fue central para nosotras: nunca quisimos hacer una película que juzgara esa práctica o la redujera a una mirada única, sino que nos interesó interrogarnos sobre qué sucede cuando ese lugar deja de ser una posibilidad y se convierte en algo impuesto. Toda tradición puede seguir viva mientras exista la libertad de elegir habitarla. No buscamos cuestionar el cuidado ni las raíces, sino abrir una reflexión en torno al propio destino.

- ¿Qué implica desafiar los mandatos?

- Implica crecer en una transformación simbólica, no de los padres, sino del lugar desde el que fuimos hijos. Lucila no rompe con su madre ni con su historia; transforma el mandato que heredó. Es posible honrar el amor, la memoria y el cuidado sin quedar atrapados en un destino ya escrito. El verdadero gesto de emancipación no es negar el pasado, sino encontrar una manera propia de habitarlo.

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- ¿Cuál es la necesidad que plantea Lucila?

- Necesita descubrir quién es más allá del lugar que siempre ocupó. Su deseo no nace del rechazo hacia su madre, sino de la necesidad de experimentar su propia existencia. Es un movimiento muy íntimo: quiere saber si todavía hay tiempo para vivir la vida que imagina. Lo que busca no es abandonar el amor ni el cuidado, sino encontrar un espacio donde también pueda existir su propio deseo.

- ¿Desear una vida diferente expone a la protagonista a un universo impensado?

- Es asumir un riesgo. Significa aceptar que el deseo puede entrar en tensión con aquello que aprendimos que debía ser nuestra vida. En “Shulka” no pensamos la libertad como una ruptura espectacular, sino como un gesto pequeño, casi silencioso. A veces abrir una ventana puede ser un acto profundamente transformador.

- ¿Cuánto pesan aún los condicionamientos sociales?

- Siguen teniendo mucho peso, aunque adopten formas diferentes según cada contexto. Muchos de esos mandatos son difíciles de cuestionar, porque forman parte de la manera en que aprendemos a vincularnos. Qué heredamos, qué elegimos conservar y qué necesitamos transformar son los aspectos centrales del corto.

- ¿Higinia se planteó alguna vez hacer algo parecido a lo de Lucila?

- La película deja esa pregunta abierta. Nos interesaba que Higinia no fuera leída como un obstáculo, sino como una mujer atravesada por los mismos mandatos que heredó. Nos gusta pensar que ella también fue una hija de su tiempo. Tal vez alguna vez tuvo un deseo y no pudo nombrarlo. Esa posibilidad que quedó silenciada vuelve su vínculo con Lucila todavía más conmovedor y nos recuerda que cada generación hace lo que puede con la época que le toca vivir.

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- ¿El corto habita un territorio más amplio que el lugar donde ocurre?

- Sí. Aunque la historia está profundamente arraigada en Tafí del Valle, habla de experiencias universales. Todos heredamos historias familiares, responsabilidades, expectativas y formas de entender el amor. Una de las mayores potencias del cine reside en que cuanto más profundamente una historia nace de un territorio, mayor es su capacidad de dialogar con personas de lugares muy distintos.

Fuera de la provincia: recorridos en festivales

El cortometraje “Shulka”, de Raquel María Soaje y María Cecilia Casanova, ha recorrido el Film Festival Della Lessinia en Verona (Italia) y el GRABA Festival Audiovisual de Mendoza, y se sumó a la plataforma bonaerense BAFilma como parte de la Muestra de Cine y Educación “Proyectar memoria, desafiar lo educativo. A 50 años del golpe”, que fue organizada a principios de mes por la Universidad Nacional de Luján. En este evento participó también otra producción tucumana: “Memoria reconstruida” -foto-, el corto dirigido por Josefina Peñalba y Ciro Bustamante Caneda, que responde a la premisa de construir nuevos relatos a partir de imágenes del golpe de 1976. En su caso, el foco está puesto en la producción cultural censurada durante la última dictadura militar. En su producción participaron estudiantes de tercer año de la Escuela de Cine, Video y Televisión de la UNT.