“Viven criticando: mi tono, mis formas, mi vehemencia…”, le plantea Javier Milei a Domingo Faustino Sarmiento en un video armado con Inteligencia Artificial a pedido de sus asesores. “Hasta me llamaron loco…”, retruca el prócer y abre el espacio para que Milei intente meterse en la misma bolsa: “eso me suena familiar”, acota el Jefe de Estado para no expresar “a mí me dicen lo mismo”. La autocalificación forzada fue el recurso elegido por los asesores comunicacionales del Gobierno para recordar el viernes el Día del Maestro, en la misma semana en que se conoció el desastroso resultado de las pruebas de evaluación educativa PISA (puesto 72 sobre 91 países), sin que el Presidente se inmutara.
Más allá del recurso marketinero para equiparar ambas figuras, el contraste histórico resulta demoledor. La memoria devuelve la figura de un sanjuanino arrollador, con coraje suficiente para ponerse el país sobre los hombros y colocar la educación como prioridad nacional. Hoy, en cambio, la retórica oficial presenta la crisis educativa como un problema de método y eficiencia. Detrás de la escenografía virtual con la que se intentó disimular el abismo, lo que queda expuesto es en este tema crucial un liderazgo tibio, a la hora de motorizar lo que debería ser una gesta colectiva.
Ante semejante claudicación, cualquier conducción con verdadera vocación sarmientina habría tomado el toro por las astas. La Casa Rosada, en cambio, se limitó a un comunicado del ministerio de Capital Humano, responsabilizando a “la cultura educativa instaurada durante años por el kirchnerismo”. Al mismo tiempo, delegó la vocería en la ministra Sandra Pettovello y en el secretario Carlos Torrendell, quienes se aferran al Plan Nacional de Alfabetización como único sostén para que los chicos al menos entiendan lo que leen. Ayer, durante su discurso frente a estudiantes en el Palacio Pizzurno, Milei ratificó la estrategia del repliegue. Y volvió a eludir el tema por completo.
Tan desastroso fue el resultado de las PISA que cayó como un baldazo de agua fría en buena parte de la sociedad que tiene el tema por prioritario, aunque probablemente los números no hayan sorprendido a nadie. Así, el país volvió a quedar en el fondo de la olla en el ranking de Matemáticas y Lectura, lo que desnuda un atraso pedagógico que ya no admite disimulos. En la Casa Rosada, sin embargo, se prefirió que la foto del bochorno enfocara hacia otra parte, cuando lo ideal hubiese sido que la respuesta oficial apuntara a cómo salir de semejante postergación.
Educación: 10 temas más importantes que las pruebas PISAEn las antípodas de lo que hubiera hecho Sarmiento, el Presidente prefirió resguardarse de las esquirlas y preservar la centralidad de su discurso en los dos frentes que hoy le rinden combustible político: la baja persistente de la inflación y el reagrupamiento simbólico en torno a Malvinas. Frente a este escenario, cabe preguntarse por qué el Gobierno no intenta sumar la reconstrucción educativa como un tercer pilar de enorme impacto, capaz de traccionar idéntico crédito electoral ante la opinión pública.
La explicación quizás asome por la vía del pragmatismo fiscal ya que, a diferencia del patriotismo de trinchera, rescatar las aulas a favor del futuro exige mayores gastos, abrir la billetera y arriesgar el dogma del déficit cero. Ante un cuadro similar, seguramente Sarmiento habría dinamitado cualquier obstáculo burocrático o financiero para costear la batalla. Para el actual Ejecutivo, en cambio, la catástrofe escolar es un expediente doloroso pero ajeno; un drama silencioso cuyo costo la Casa Rosada supone que no se cobrará en las urnas el año próximo.
En el fondo, la omisión desnuda la verdadera filosofía de la gestión: el Gobierno está convencido de que sin estabilidad macroeconómica no hay sistema educativo que valga, relegando la emergencia escolar al casillero de las prioridades secundarias. Eso sí, la paradoja es implacable: se puede domar el Índice de Precios a fuerza de torniquete monetario y profesión de fe fiscal e incluso agitar con éxito las banderas de la soberanía. Pero si el país no logra que sus chicos y adolescentes comprendan un párrafo de corrido o resuelvan un problema matemático básico, el futuro que se está construyendo corre el riesgo de quedar trunco por falta de recursos.
La importancia de los resultados de las Pruebas PISA, recogidos tras muchísimos años de abandono educativo, radica en que el deterioro expone con crudeza una pérdida progresiva de la capacidad de procesamiento simbólico en buena parte de los niños y adolescentes en edad escolar. El futuro ha quedado comprometido: el tiempo perdido es grande y prolongar la agonía parece hasta poco sarmientino.
Gremios docentes cruzaron al Gobierno por las Pruebas PISA y denunciaron el ajuste en EducaciónTras largos años de abandono educativo, los resultados de las PISA muestran con crudeza una pérdida progresiva de la capacidad de pensamiento simbólico en buena parte de los niños y adolescentes en edad escolar. La radiografía es clara: el futuro ha quedado comprometido, el tiempo perdido es grande y prolongar la agonía parece poco sarmientino. Y aunque la educación esté hoy en manos de las provincias, alguien en el gobierno nacional deberá ponerse las pilas y “pensar”, tal como pregona Milei en el video, en cómo salir de la trampa.
Los especialistas advierten que la falta de hábito lector señalada por la evaluación no sólo generó un vocabulario acotado, sino que destruyó la arquitectura necesaria para sustentar el pensamiento abstracto. Un alumno que no domina la lectura fluida no maneja sinónimos, tampoco descifra metáforas, discrimina matices semánticos ni sostiene inferencias complejas. Sin esa base, las matemáticas se vuelven inaccesibles: resolver un problema no es aplicar una fórmula a ciegas, sino traducir un enunciado del lenguaje común al formal. El resultado es el llamado “analfabetismo funcional”, proceso que debe cortarse de inmediato antes de que se cristalice del todo. Sarmiento no lo hubiera permitido.
Revertir esta demolición exige dejar atrás recetas difusas (gremiales e ideológicas, sobre todo) y aplicar un método técnico, intensivo y sostenido en el tiempo, diferenciado según la etapa de conocimiento alcanzada por los estudiantes. Para salir del pozo actual, hay quienes recomiendan ya mismo encarar tres caminos simultáneos: a) en los primeros grados, enseñar lectura fonética y matemáticas, manipulando objetos antes de usar números; b) en los chicos del medio, reforzar comprensión lectora y razonamiento, desarmando la memoria mecánica para que aprendan a razonar los problemas; c) a los adolescentes rezagados, aplicarles cursos intensivos con contenidos acordes a su edad, con más fuerza en lengua y matemáticas explicadas con claridad y eliminando las trampas que el alumno aprendió para aprobar sin entender.
Porque vocabulario y razonamiento transitan la misma senda, las estimaciones más optimistas indican que avanzar en paralelo con los tres grupos permitiría proyectar una década de reconstrucción educativa. No parece demasiado, ante la gravedad del momento: es el tiempo real que requiere una transformación de este calibre para que los desplazados de hoy puedan integrarse con los más favorecidos, sentirse incluidos y aspirar a empleos de calidad.
En síntesis, las evaluaciones internacionales y los diagnósticos coinciden en que la Argentina enfrenta una emergencia educativa de carácter estructural. No es sólo un ranking desfavorable ni un puñado de estadísticas: lo que está en juego es la capacidad misma de las nuevas generaciones para pensar, razonar y participar de un proyecto común. La reconstrucción educativa no es un capítulo accesorio, como pareció interpretar el Presidente con su silencio. Es la condición de posibilidad para que cualquier otro logro político o económico tenga sentido y continuidad.
Coeducación en Tucumán: tres colegios tradicionales abren sus aulas a una nueva convivenciaMilei puede insistir en recordar que lo llaman “loco”, como alguna vez se lo dijeron a Sarmiento. Pero ocurre que el sanjuanino no fue un excéntrico, sino un revulsivo que sacudió inercias y puso la educación en el centro de la Nación. Esa es la comparación que el Presidente parece que evita asumir. Porque sin ese impulso transformador, la Argentina podrá quizás domesticar la inflación y agitar banderas de soberanía, pero corre el riesgo de quedarse sin futuro.