Ricardo Sauze se sentó en la tribuna del Wagener Hockey Stadium junto a su familia. Eran seis argentinos en medio de una marea naranja. Adelante, atrás, a los costados: miles de neerlandeses habían copado el estadio de Amstelveen para empujar a su selección en la final del Mundial de hockey. Sauze miró alrededor y sonrió ante una contradicción impensada. Había pasado buena parte de su vida queriendo ese color, defendiéndolo y construyendo algunos de sus recuerdos más felices alrededor suyo. Esa tarde, no. “Fue la primera vez que me dio bronca el naranja”, recuerda.

Abajo estaba Victoria. Su hija. Cuatro años antes la había visto salir llorando después de perder otra final del mundo contra Países Bajos. Entre la bronca, ella le había dejado una promesa. “Viejo, tengo que jugar otra final contra Holanda. La próxima le ganamos”, fueron las palabras de “Vicky” en ese entonces. El día había llegado. Ricardo, esta vez, no podía hacer nada. Apenas mirar, confiar y esperar. Muchos años antes había sido él quien entraba a una cancha con el naranja de su lado y una provincia detrás. Ahora estaba rodeado por el mismo color, multiplicado por miles, pero enfrente. El naranja había cambiado de camiseta. Y, por unas horas, también de significado.

PROMESA CUMPLIDA. Ricardo festejó junto a Victoria y su familia la conquista del Mundial, cuatro años después de aquella final perdida ante Países Bajos.

Pero mucho antes de que el naranja pudiera provocarle bronca, Sauze tuvo que aprender a quererlo. Tenía 13 años cuando dejó Buenos Aires junto a su madre, Elvira Paz, y sus hermanos para instalarse en Tucumán. Llegó a una provincia desconocida y encontró en el deporte una manera de hacerla propia. Primero fue el tenis. También hubo fútbol. Argentino del Norte llegó a interesarse en su pase. Hasta que apareció el rugby. Y con él, Tucumán Rugby.

DESDE SIEMPRE. Victoria acompañaba a Ricardo Sauze junto a una cancha mucho antes de construir su propia historia en el deporte.

Llegar al club, por entonces, era casi salir de la ciudad. Sauze vivía en Monteagudo al 100. Tomaba el ómnibus cerca de la desaparecida heladería Roma y, después del Cristo, el camino se volvía de tierra. En la actual calle Remedios de Escalada había un almacén y poco más. Donde hoy se extienden las instalaciones del club había cañaverales y una pequeña casilla de chapa para guardar bolsos y pelotas. Ahí comenzó. Y empezó esperando: durante prácticamente un año entrenó sin jugar. “Estábamos de sobra”, recuerda.

Entre aquellos cañaverales no descubrió solamente un deporte. También encontró a Julio Paz. Su padre había muerto cuando él tenía cuatro años y Paz, con el tiempo, ocupó parte de ese lugar vacío. Fue entrenador, dirigente y amigo. Para Ricardo fue bastante más. “Fue el padre que no me tocó”, dice. Acompañó a toda la familia y terminó convirtiéndose en una suerte de protector. También le dejó algo que sobrevivió al rugby. “Él me enseñó a amar al club”. Tucumán Rugby dejó de ser aquel terreno rodeado de cañas al que había llegado casi de casualidad. Se volvió su casa.

OTRA ÉPOCA. Ricardo Sauze durante sus años como jugador, cuando comenzaba a construir una trayectoria que lo convertiría en referente del rugby tucumano.

Y dentro de esa casa empezó a crecer. El chico que había pasado prácticamente un año entrenándose sin jugar llegó a Primera a los 18. Era 1978. Ese mismo año fue campeón. El festejo se extendió durante toda la noche alrededor de una enorme parrilla, donde hoy está el quincho, y dejó una pequeña anécdota: tomó alcohol por primera vez, se emborrachó y decidió no volver a hacerlo. Lo que no dejó fue el rugby. Una década más tarde, Tucumán Rugby se había convertido en una potencia. “Jugábamos de memoria”, resume. El club también había crecido con él.

Con la camiseta argentina, en cambio, Sauze prefiere quitarse méritos. La vistió, jugó un Sudamericano y tiene un número que lo reconoce como Puma: el 390. Él casi se resiste a decirlo. “Me da vergüenza decir que soy Puma. Los Pumas, para mí, son los que jugaron tres test seguidos”, explica. Tampoco eligió una época sencilla para intentarlo. Era apertura y delante tenía a Hugo Porta. “Era el ídolo de todos”, dice. Alguna vez estuvo pendiente de una lista para una gira por Francia. Se hablaba de que podía viajar. Esperó. Finalmente eligieron a otro. No guarda reproches. “No creo que haya sido injusto conmigo”. Desde Tucumán, llegar siempre costaba un poco más.

JUNTO AL ÍDOLO. Ricardo Sauze junto a Hugo Porta, a quien siempre señaló como uno de sus grandes referentes.

Con La Naranja fue diferente. Debutó con 18 o 19 años y conoció primero las derrotas. “Perdíamos finales y perdíamos contra cualquiera”, recuerda. Hasta que algo cambió. En 1982, Tucumán derrotó a Los Pumas en Atlético Concepción. Para Sauze, aquel triunfo hizo que el equipo entendiera que podía. Tres años después llegó el primer Campeonato Argentino.

La paradoja quiso que aquella tarde histórica de 1985 tampoco pudiera estar dentro de la cancha. Se había desgarrado frente a Córdoba en la semifinal y tuvo que mirar desde afuera cómo sus compañeros derrotaban a Buenos Aires. “Había que ganarla con la mente y el corazón de todos puestos en ellos”, recuerda. Después vino el regreso: el aeropuerto repleto, un camión de bomberos y una caravana hasta el centro. Tucumán había dejado de perseguir a Buenos Aires. Ahora Buenos Aires quería bajar a Tucumán.

CON LA PELOTA. Ricardo Sauze fue apertura durante toda su carrera y construyó desde ese puesto buena parte de su historia con Tucumán Rugby y La Naranja.

Sauze estuvo ahí durante prácticamente toda aquella transformación. Los números ayudan a dimensionarlo: fue apertura de Tucumán Rugby durante 24 años, vistió durante 20 temporadas la camiseta de La Naranja, acumuló 584 partidos oficiales, dio 20 vueltas olímpicas y fue capitán de la Primera de su club durante 12 años. Enfrentó con el seleccionado provincial a algunas de las mayores potencias del mundo y llevó su carrera hasta los 42 años. Intentaron despedirlo varias veces. Al año siguiente volvía a entrenarse. “Si estoy bien me tienen que poner”, repetía. En Tucumán Rugby llegaron a cantarle “el Inmortal”. Él admite que quizás debió retirarse antes.

Dejarlo le permitió descubrir también el costo. Durante años volvía de trabajar, se cambiaba y se iba al club. Cuando regresaba, muchas veces sus hijos ya dormían. “El deporte es hermoso, pero con tanta dedicación también dejé cosas que hubiera sido lindo hacer”, reconoce. Quizás por eso, cuando Victoria empezó a perseguir su propio sueño, entendió perfectamente lo que significaba.

EL CONDUCTOR. Desde la apertura, Ricardo Sauze manejó durante más de dos décadas los hilos de Tucumán Rugby y también dejó su huella con La Naranja.

De chica, sin embargo, a “Vicky” le gustaba casi todo menos el hockey. Pateaba la pelota de rugby, jugaba al tenis y competía al fútbol con varones. Hasta que encontró el stick. A los 15 años le escribió una carta a su padre. Le pidió que la ayudara: quería jugar en la Primera de Tucumán Rugby, representar a Tucumán y llegar a Las Leonas. Ricardo todavía conserva aquella hoja dentro de una caja.

Cuando ella decidió irse a Buenos Aires, dolió. Pero Sauze sabía que no podía pedirle que renunciara a aquel sueño. La acompañaron a River, viajaron a Nueva Zelanda para una de sus primeras convocatorias y después llegaron los Juegos Olímpicos y los Mundiales. Poco a poco ocurrió algo que todavía provoca bromas entre sus conocidos. “Antes era Ricardo Sauze. Ahora soy el padre de ‘Vicky’ Sauze”, cuenta entre risas.

En Amstelveen, mientras tanto, la historia que había quedado suspendida continuaba. Países Bajos golpeó primero y por un momento la confianza de Ricardo tambaleó. Después llegó el empate, los penales australianos y el desenlace. Cuando terminó, abrazó a su familia y gritó. Los neerlandeses esperaron la premiación y comenzaron a marcharse. Los argentinos siguieron cantando. Uno encontró cómo entrar a la cancha. Otro lo siguió. Después fueron todos.

ORGULLO DE PADRE. Ricardo junto a Victoria durante el reconocimiento por sus 100 partidos con la camiseta de Las Leonas.

Ricardo también bajó. Minutos más tarde estaba sobre el césped junto a Victoria. La abrazó. Hubo fotos, gritos y una Copa del Mundo que también pasó por sus manos. Detrás, la marea naranja que durante toda la tarde había empujado desde las tribunas empezaba a desaparecer. Sauze había pasado más de cuatro décadas queriendo ese color, defendiéndolo y construyendo algunos de los días más felices de su vida alrededor suyo. Esa tarde fue distinto. El naranja había perdido. Su hija era campeona del mundo. Y Ricardo nunca había sido tan feliz de verlo caer.