Anclada en cada esquina de la ciudad la historia permanece latente, por más que no se la aprecie a simple vista. En ese sentido, el cruce de Mendoza y Rivadavia (Virgen de La Merced) permite reconstruir una forma de pensar la capital tucumana, de habitarla y de representar, por medio de la arquitectura, las circunstancias sociales, económicas y políticas de una época.

Hoy esa historia está incompleta. De las tres propiedades que pertenecieron a integrantes de la familia Paz Posse y que configuraban un conjunto singular, sólo una permanece en pie. Las otras dos fueron demolidas -cuando ya no pertenecían a los Paz Posse- y los terrenos terminaron convertidos en playas de estacionamiento. Para los arquitectos Florencia Murillo Dasso y Javier Roig, el vacío que dejaron no es solamente físico, ya que habla también de una pérdida de identidad, de memoria colectiva y de carácter urbano.

Desde hace años, Murillo Dasso y Roig vienen investigando distintos sectores de la ciudad. Antes habían estudiado, entre otros espacios, la zona de la plaza Urquiza y la calle 25 de Mayo. La posibilidad de profundizar en este caso surgió a partir de una investigación histórica realizada por la arquitecta para el Hotel La Vasca. Esa búsqueda condujo inevitablemente a las propiedades vecinas y a la historia de la familia Paz Posse. El resultado se tradujo en el informe “Arquitectura residencial, transformaciones y valor patrimonial en un sector de San Miguel de Tucumán”, al que presentaron en unas jornadas en el Centro Cultural Rougés y será publicado por la Junta de Estudios Históricos.

Las propiedades en cuestión ocupaban tres de las ochavas. La única que sigue en pie es la que alberga hoy la sede del Siprosa, y es además la que mayor cantidad de información proporcionó, desde los planos a los datos de los constructores.

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Para las otras no fue tan sencillo, en especial la que ocupaba el ángulo sudeste. “Era distinta a todas, sobresalía mucho del conjunto”, explica Roig, Sólo contaban con unas pocos fotos y el relato de quienes habían entrado a la casa y recordaban algunos detalles. “Pero no un plano arquitectónico que nosotros pudiéramos leer e interpretar”, añade. Una herramienta inesperada resultó fundamental para avanzar en la investigación: Google Street View. Su archivo permitió acceder a imágenes tomadas antes de la demolición y realizar una lectura más precisa del frente.

Una saga familiar

La historia comienza con la adquisición progresiva de los terrenos. Ángel Ramón Paz Posse y su esposa Elvira Gallo Colombres fueron ampliando los de la ochava noreste y en la década de 1930 iniciaron la construcción de la vivienda, que tenía una particularidad: la parte residencial estaba en el primer piso, ya que en la planta baja había locales comerciales -llegó a funcionar allí una sede del Banco Galicia-. Contigua a esta propiedad se erigió el Hotel La Vasca.

De un estilo ecléctico y academicista, los arquitectos destacan el acabado general de la casona, homogéneo gracias al uso de simil piedra París que unificaba el conjunto. “En la planta alta, la esquina se jerarquizaba mediante un muro curvilíneo con un remate ornamental que superaba la altura del edificio”, especifican.

OCHAVA NORESTE. La primera construcción. En la planta baja tenía locales comerciales. Demolida en 2019.

La demolición de la vivienda, concretada en 2019 por los nuevos propietarios, desarmó la continuidad material y compositiva que integraba la propiedad con el Hotel La Vasca. Esa ochava perdió así su esencia en el paisaje urbano.

El segundo paso

La casa de la ochava sudeste, esa que tantas incógnitas plantea por los escasos datos conseguidos, perteneció a Susana Paz Posse Gallo, hija de Ramón Paz Posse y Elvira Gallo. “Era una construcción de una sola planta y llegó a cumplir una doble función: vivienda familiar y consultorio, ya que el esposo de Susana, de apellido Méndez, era médico y la distribución del edificio parece haber respondido a esa condición”, destaca la arquitecta Murillo Dasso.

La propiedad tenía una entrada principal por Rivadavia, otra independiente y un acceso de servicio vinculado al patio por Mendoza. La hipótesis de los investigadores es que los consultorios se ubicaban hacia uno de los frentes y que la vivienda se desarrollaba alrededor del sector del patio.

OCHAVA SUDESTE. La más enigmática, ya que los arquitectos no encontraron planos. También la tiraron abajo.

“Desde el punto de vista formal, la elección de un academicismo italianizante de raíz manierista -con referencias directas al siglo XVI italiano- debe leerse como un recurso de distinción cultural -apuntan los especialistas-. La vivienda apelaba a un repertorio capaz de evocar una tradición arquitectónica europea de prestigio, en sintonía con las aspiraciones que caracterizaban a la elite tucumana de la época”.

El hecho de haber trabajado casi sin documentación condicionó el análisis de esta propiedad, que siempre llamó la atención de los tucumanos por lo particular de sus formas, tan distintas al común de las construcciones en el resto de la ciudad. Otra de sus particularidades era la presencia de verde, inusual en el microcentro de la capital. Quienes transitaban por calle Mendoza podían apreciar el gomero que se alzaba detrás del enrejado. Tal como sucedió con la vecina de la ochava noreste, los nuevos dueños demolieron la casona en 2019.

La tercera, en pie

Otro de los hijos del matrimonio Paz Posse-Gallo, Ramón Damián Paz Posse Gallo, construyó la casa que, a fin de cuentas, es el único testimonio material que se conserva del conjunto. Se trata de la magnífica propiedad de la ochava sudoeste, hoy -como quedó consignado- sede del Siprosa.

El terreno había sido adquirido en 1932 a Martín Mlodziefeski y el proyecto de la residencia fue obra del estudio porteño de los arquitectos Carlos Rocha y Enrique Martínez Castro, profesionales de notable trayectoria que habían colaborado con Alejandro Bustillo y participado de obras como la ampliación del Hotel Plaza de Buenos Aires. La ejecución estuvo a cargo de la empresa tucumana Sollazo Hnos, firma de relevancia si se recorre su legado en la provincia.

El propietario era una destacada figura de la vida tucumana, tanto por el recorrido político que lo llevó a ocupar distintos cargos a nivel local y nacional, como por su directa vinculación con la industria azucarera. La casa debía responder a esa condición, con un sector destinado a la recepción y agasajo de visitantes, y otro no menos amplio teniendo en cuenta que había formado una familia con 11 hijos.

Roig describe una construcción pensada como expresión de prestigio y de representación, con una fachada de filiación academicista francesa que mantiene su belleza. De los ambientes principales de la planta baja -hall, comedor, estudio- se pasaba a los dormitorios del nivel superior. Había también una buhardilla oculta detrás de una falsa mansarda. La casa tenía ascensor, montaplatos y otros adelantos técnicos propios de una vivienda de esa categoría. “Sollazo era la mejor empresa de aquel momento”, subraya Roig.

Murillo Dasso recalca también la importancia del jardín, que también puede verse hoy desde calle Mendoza, aunque con las modificaciones que realizaron las autoridades del Siprosa cuando adquirieron la propiedad.

Lección de arquitectura

Murillo Dasso y Roig destacan que el conjunto brindaba la posibilidad de leer, en unos pocos metros, distintas concepciones arquitectónicas y diferentes formas de representación social. Además, las tres construcciones respondían a estilos diferentes. Pero esa lectura quedó mutilada y el resultado es particularmente elocuente, porque donde había arquitectura, jardines, patios, galerías y distintas maneras de habitar el centro de la ciudad, hoy hay estacionamientos.

“Para mí es una pérdida de identidad -enfatiza Murillo Dasso-, porque nuestra historia está contada de distintas maneras y una de ellas incluye los hechos arquitectónicos que van indicando las formas de vida, las costumbres”. La ubicación de esas viviendas tampoco era casual. Estaban cerca de la plaza Independencia y del centro neurálgico donde se concentraba buena parte de la vida social, económica y política de Tucumán. La arquitectura, explican, permite leer esa trama. “Que por la pérdida del patrimonio se descaracterice un sector implica una pérdida de identidad y de la historia de todos los ciudadanos”, añade.

La casa sobreviviente se convierte en una especie de testigo solitario. Paradójicamente, también permite formular una pregunta sobre lo que ya no está. “Capaz que si las casas no hubieran estado juntas, las demoliciones habrían pasado inadvertidas -sostiene Roig-. Pero no fue el caso. ¿Qué hubiera sucedido si no las hubiéramos tirado abajo? Creo que esa pregunta crea una conciencia”.

La ciudad hoy

La reflexión sobre esa esquina conduce a una discusión profunda. ¿Por qué Tucumán pierde su patrimonio? ¿Por qué las demoliciones no siempre generan una reacción social proporcional a lo que desaparece? “Los tucumanos no tenemos amor por el patrimonio. Eso está claro. No lo defendemos”, dice Murillo Dasso.

Recuerda entonces una enseñanza de Marta Silva, una de sus maestras: “para defender el patrimonio lo tenés que querer y para quererlo lo tenés que conocer”. El problema, sostiene, es que el conocimiento no trasciende los ámbitos especializados.

“Las reuniones académicas están buenas, pero queda todo ahí. Nosotros hemos dado cursos, pero la gente poco participa”, comenta. Según observa, quienes asisten suelen ser estudiantes o personas ya interesadas en el tema. “La gente común, la gente de a pie, no se interesa por el patrimonio, y lo que tenemos que lograr es que ese ciudadano lo conozca y lo quiera para que lo pueda defender”, recalca.

Murillo Dasso plantea una dificultad que se nota incluso entre quienes deberían convertirse en promotores del patrimonio. En una experiencia realizada desde la UNT, algunos participantes manifestaban no sentirse representados por determinadas construcciones históricas porque procedían de otros sectores sociales o geográficos. El desafío, dice, es superar esa idea de pertenencia individual para pensar el patrimonio desde lo colectivo.

Allí aparece una definición que, de algún modo, resume el sentido de la investigación de ambos arquitectos. El patrimonio no pertenece únicamente a las familias que encargaron las casas, a quienes las habitaron ni a una élite que dejó su marca en la ciudad. Tampoco tiene por qué representar solamente la experiencia de quienes se reconocen en esas formas arquitectónicas. “Esto es de todos”, sintetizan.

La esquina de las tres casas de los Paz Posse, de la que hoy sólo queda una, termina por condensar esa discusión. Se trata de comprender qué cuentan los edificios, qué vínculos establecen con la ciudad y qué ocurre cuando desaparecen. Como advierten Murillo Dasso y Roig, una demolición puede borrar paredes, jardines y molduras, pero también puede borrar las claves que permiten leer una época.

El hotel LaVvasca

Una hipótesis sobre los daños estructurales

Según Florencia Murillo Dasso, los daños estructurales evidenciados en el edificio que albergó el Hotel La Vasca, en Mendoza 281, están directamente relacionados con la demolición de la propiedad contigua que daba a la esquina. Esa hipótesis surge de un estudio que realizó en 2019 en La Vasca, cuando los propietarios se disponían a convertir el edificio en un centro educativo. “En ese momento la construcción no tenía problemas -sostuvo-. Creo que al demolerse la casa de al lado perdió contención”.