Vivimos de un crédito que no acumula intereses, pero a nadie se le ocurre pagar las cuotas. Así de generosa es la Madre Tierra. Se la pasa ofreciendo recursos que deberían pertenecerles a las generaciones futuras; recursos que malgastamos sin que importe el mañana. Hoy numerosas familias se reunirán para cumplir con el ritual. Habrá comida, hojas de coca, vino, chicha, frutas, tabaco, un puñado de maíz; la Pachamama aceptará simbólicamente los regalos propios de cada 1 de agosto. Pero, ¿está contenta?

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La tierra alimenta; los seres humanos agradecen... aunque no compensan. Dicen que la tierra no pertenece al hombre, porque es el hombre el que pertenece a la tierra. Un hermoso lugar común, contrapuesto a los hechos. Nunca la humanidad dispuso de tanta capacidad tecnológica para transformar la naturaleza. Nunca consumió tantos recursos. Y nunca produjo semejante volumen de residuos ni alteró con tanta velocidad los equilibrios ecológicos que sostuvieron la vida durante miles de años. La Pachamama toma nota de esa deuda. Será generosa y continuará dando, pero en algún momento, inevitablemente, llegará la factura.

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Cada año la población mundial consume más recursos naturales de los que el planeta puede regenerar en ese mismo período. Es el denominado “Día del Sobregiro de la Tierra”, que llega cada vez más temprano en el calendario y marca el momento en el que comenzamos a vivir utilizando recursos que pertenecen al futuro. Se trata de un crédito que proviene de los bosques que desaparecen más rápido de lo que vuelven a crecer; de los acuíferos que se vacían; de los océanos sobreexplotados; de los suelos agotados por una agricultura intensiva; de minerales cuya formación demandó millones de años y que son extraídos en cuestión de días. Es fácil imaginar a la Pachamama con el ceño fruncido, preguntándose... ¿hasta cuándo?

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Hay una paradoja evidente. Mientras las culturas andinas enseñan que la Pachamama debe recibir tanto como entrega, el modelo económico dominante funciona exactamente al revés: extrae, consume y descarta como si la capacidad del planeta fuera infinita. ¿Infinita? La atmósfera concentra niveles de dióxido de carbono sin precedentes en la historia reciente de la humanidad, mientras los incendios forestales arrasan ecosistemas completos, los humedales retroceden y la biodiversidad disminuye a un ritmo que muchos científicos comparan con una sexta extinción masiva. Será que, en el fondo, más que un problema ambiental lo que prima es una crisis moral.

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La civilización occidental consolidó una relación basada en el dominio de la naturaleza. La tierra pasó a ser proveedora de materias primas; los ríos, de agua; los bosques, de madera; los animales, recursos explotables. La lógica extractiva llevó prosperidad, pero a la vez una enorme ceguera respecto de sus propios límites. Y aquí entra el tema de la huella ecológica. Si toda la humanidad consumiera al ritmo de los países más ricos serían necesarios varios planetas para abastecer semejante demanda de energía, alimentos, minerales y bienes de consumo. La noticia es que no hay un segundo planeta donde buscar agua cuando los acuíferos se agoten. No existe una atmósfera de reemplazo ni otra Amazonia esperando ser descubierta. Pero la tendencia -y esto es lo más preocupante- es que el cuadro va para peor.

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La deuda con la Pachamama no puede saldarse mediante el ritual anual del 1 de agosto. Tampoco con discursos bienintencionados ni con campañas publicitarias pintadas de verde. Y si la celebración de la Madre Tierra es un commodity turístico estamos peor de lo que suponíamos.

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La mayor enseñanza de la Pachamama no es religiosa ni folclórica; es filosófica. Propone abandonar la idea de que el ser humano ocupa el centro del universo y recordar que forma parte de una trama mucho más amplia, donde la vida depende de delicados equilibrios que no pueden reconstruirse a voluntad una vez destruidos. Esos pequeños pozos que se abrirán hoy en la tierra funcionan como una metáfora poderosa. Antes de recibir, hay que devolver. Antes de exigir, corresponde agradecer. Antes de apropiarse, conviene reconocer que nada de lo esencial fue creado por nosotros. Y además, subrayar la certeza de que ninguna economía puede prosperar indefinidamente sobre un planeta empobrecido.

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Y lo que la Pachamama tiene todo el derecho a exigir es que se terminen las sobreactuaciones del estilo “salvemos el planeta”. El genial comediante George Carlin lo sintetizó de la mejor manera en uno de sus monólogos (disponible en YouTube):

- “El planeta lleva aquí 4.500 millones de años; nosotros, ¿cuánto? ¿Cien mil? ¿Quizás 200.000? Y solo llevamos dedicados a la industria pesada poco más de 200 años. Doscientos años frente a 4.500 millones, ¿y tenemos la arrogancia de pensar que, de alguna manera, somos una amenaza? El planeta ha pasado por cosas mucho peores que nosotros: terremotos, volcanes, corrimiento de placas tectónicas, deriva continental, llamaradas solares, tormentas magnéticas, inversión de los polos magnéticos, cientos de miles de años de bombardeo de cometas, asteroides y meteoritos, inundaciones globales, maremotos, incendios a escala mundial, erosión, rayos cósmicos, glaciaciones recurrentes... ¿y creemos que unas cuantas bolsas de plástico y latas de aluminio van a marcar la diferencia?”

- “El planeta seguirá aquí durante muchísimo tiempo después de que nosotros hayamos desaparecido; se curará y se limpiará a sí mismo, porque eso es lo que hace. Es un sistema que se autorregula. El aire y el agua se recuperarán, la Tierra se renovará y, si es cierto que el plástico no es biodegradable, bueno, el planeta simplemente lo incorporará a un nuevo paradigma”.

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Por eso hay que hablar en serio. Si de verdad nos interesa el bienestar de la Pachamama, pues bien, hay que consumir menos y mejor. Recuperar la cultura de reparar antes que reemplazar. Apostar por economías circulares que reduzcan los residuos. Frenar la deforestación y restaurar los ecosistemas degradados. Proteger las fuentes de agua dulce. Favorecer energías menos contaminantes sin reproducir nuevas formas de extractivismo irresponsable. Exigir políticas públicas que integren el desarrollo económico con la preservación ambiental. Pero también asumir responsabilidades cotidianas, porque la sostenibilidad también se construye con millones de elecciones individuales. Sobre todo, exige cambiar una forma de pensar.

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Bienvenido el ritual de este 1 de agosto, bienvenida la defensa y el mantenimiento de la tradición ancestral. Pero a la hora de los hechos, menos “kusiya, kusiya”, menos “salvemos el planeta”, y más responsabilidad por lo que nos toca día a día.