Cuando Rocío Gómez Ganss dejó Tucumán para instalarse en Madrid hace poco más de dos años, sabía que iba a extrañar a su familia, a sus amigos y a las costumbres de su tierra. Lo que nunca imaginó era que un Mundial de fútbol se terminaría convirtiendo en una de las experiencias más intensas de su vida lejos de casa. La participación de la Selección no sólo reavivó la nostalgia por el país, sino que también la enfrentó a un clima de tensión que fue creciendo a medida que el equipo avanzaba hasta la final frente a España.

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La tucumana de 22 años llegó a la capital española buscando un cambio de aires y la posibilidad de empezar de nuevo. La adaptación fue más sencilla de lo que esperaba. En pocas semanas ya tenía residencia, trabajo y una rutina armada. Incluso encontró muchas similitudes entre ambos países. "Me sorprendió cuántas cosas en común tiene su cultura con la nuestra. Dormir la siesta, merendar o juntarse con la familia los domingos son cosas pequeñas que uno no espera encontrar del otro lado del océano", contó.

Argentina siempre presente

Sin embargo, durante este último mes y medio recordó que hay costumbres imposibles de reemplazar. "Cuando me vine sabía que iba a extrañar muchas cosas de Argentina, pero nunca imaginé que el Mundial me iba a hacer sentir tan lejos. Mientras en Tucumán la vida se acomodaba alrededor de cada partido, para mí acá era un día más de trabajo. Miraba el resultado cuando podía escaparme al baño. Sentís que te estás perdiendo algo", dijo.

Recién cuando Argentina alcanzó los octavos de final volvió a conectarse con el torneo como lo había hecho en Qatar 2022. Pero esa ilusión vino acompañada de una sensación cada vez más fuerte de nostalgia. "Un Mundial en Argentina no son solamente los partidos. Es juntarte con la familia, escuchar que toda la cuadra grita un gol, salir a la calle y sentir que todo el país está viviendo exactamente lo mismo que vos"

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Aunque Madrid es sede de una de las comunidades argentinas más grandes de Europa, para Rocío eso no alcanzó para sentirse completamente en casa. Junto a su novio, Matías Araoz Soler, participó de algunos encuentros y banderazos, pero logró asemejarse a la experiencia argentina que conoce. "Hay muchísimos argentinos, pero la mayoría son porteños. Nosotros somos tucumanos y muchas veces la forma de vivir estas cosas es diferente. Compartimos la pasión por la Selección, pero igual terminás sintiéndote un poco aislada".

Clima de tensión

Con el correr de los partidos comenzó a percibir otro fenómeno que la golpeó todavía más, el rechazo hacia Argentina. "Me sorprendió muchísimo la cantidad de comentarios diciendo que estábamos comprando el Mundial o que los árbitros nos favorecían. También vi muchos ataques a Messi. Parecía que cada vez que Argentina ganaba había que encontrar una explicación que no fuera el mérito deportivo".

Ese clima trascendió las redes sociales y llegó a las conversaciones cotidianas. "Sentí cierta hostilidad de personas de distintos países. Lo que más me sorprendió fue ver que la mayoría del odio venía especialmente de parte de países latinoamericanos. Yo esperaba que estuvieran del lado de Argentina y terminaron bancando a selecciones europeas; no entendía cómo podían elegir apoyar a nuestros colonizadores antes que a un país hermano de Latinoamérica. Por momentos fue bastante fuerte emocionalmente", confesó.

La situación alcanzó su punto más doloroso pocos días antes de la final. Matías había colgado una bandera argentina en la ventana de la planta baja donde viven. Dos días después apareció prendida fuego. "Fue algo que me atravesó muchísimo. Esa bandera no representa solamente al fútbol; representa nuestra identidad, nuestras raíces y el orgullo de ser argentinos. Ahí entendí que, por más que uno intente recrear un pedacito de Argentina, hay cosas que no se pueden", se lamentó.

COMBATIENDO LA NOSTALGIA. Rocío y su novio se reunieron con otros argentinos para alentar a la Selección.

El choque entre Argentina y España también despertó diferencias culturales e históricas que hasta entonces habían permanecido en un segundo plano. "Cuando se confirmó la final empecé a notar más tensión con algunos amigos españoles. Parecía que cualquier comentario podía terminar en una discusión. Tuve que cuidar mucho lo que decía y cómo lo decía".

También le llamó la atención la manera en que los españoles viven el fútbol. "Hay gente muy futbolera, pero el Mundial no cambia el ritmo del país como pasa en Argentina. Durante los partidos importantes veías personas paseando al perro o haciendo compras. Incluso cuando ganaba España casi no había festejos en las calles. Para mí era impensable".

La final la vivió junto a Matías en un fan fest argentino organizado en Madrid. El ambiente era distinto al de los encuentros anteriores. "Había muchos nervios y menos euforia. Cuando terminó el partido la mayoría nos fuimos enseguida porque afuera estaba lleno de españoles festejando". Lo peor llegó durante el regreso. "Cada grupo de españoles con el que nos cruzábamos nos gritaba cosas, nos provocaba y nos denigraba. Fue bastante humillante. Llegamos a casa con mucha impotencia y tristeza. Sentía que ganar era una forma de validarnos como argentinos viviendo acá. Quedamos devastados."

Sin embargo, el Mundial también le dejó una certeza. "Descubrí que probablemente sea el último Mundial que viva fuera de Argentina. No sólo extrañás a tu familia o a tus amigos. Extrañás esa forma tan nuestra de vivir estas cosas, de sentir que un país entero está pasando por la misma emoción. Hay sentimientos que solamente se viven plenamente estando en casa", reflexionó.