Un primer borrador de la Historia. Así suele definirse al periodismo. Esa expresión también parece describir la sensación que experimentamos los argentinos, en las últimas cuatro semanas, mientras vimos los partidos de la selección en este Mundial, y lo que sentimos en estas horas previas al desenlace del campeonato.
Estamos construyendo recuerdos compartidos. Nuestro cerebro, inundado por la adrenalina y la dopamina que acompañan a la angustia y la euforia, graba esos acontecimientos que se sedimentan de nuestro mar de vivencias para almacenarse y luego ser convocados por nuestra memoria, a lo largo de los años. Un proceso que se desarrolla simultáneamente en decenas de millones de cerebros.
Mexicanos, chilenos, españoles... ¿realmente nos odian tanto?Guardaremos algunos minutos que condensarán fragmentos de algunas jugadas, detalles de nuestros rituales, la emoción compartida con familiares y amigos, rastros del alivio de los pitazos finales.
¿Cómo se ordenarán esos recuerdos? ¿Cuán cerca se depositará el del cabezazo perfecto de Enzo Fernández contra Egipto en el minuto 92 –un tiempo fuera del tiempo- del toque de Caniggia hacia la red brasileña, después de recibir un pase imposible entre las piernas de Ricardo Rocha, en Italia 90, de una pelota que antes había rebotado tres veces en los palos del arco argentino? ¿Cómo resuenan los decibeles de esos do de pecho masivos que acompañaron los goles definitivos de Bertoni, Burruchaga y Montiel? ¿Y esas jugadas que no fueron goles pero que tuvieron una potencia equivalente? ¿Recordamos más el “spagat” del Dibu Martínez en el minuto 123 –otro minuto atemporal- de Qatar o el deslizamiento salvador de Javier Mascherano, después del minuto 90, para desmaterializar el gol del holandés Arjen Robben en Brasil 2014?
Aplanadora
Hay una música predominante que tiñe el recuerdo. El eco del clamor visceral emitido por millones. El grito de gol mundialista es nuestro aleph, el punto en el que convergen infinitos puntos de la argentinidad. Es la aplanadora de las grietas nacionales, la suspensión momentánea de todas las individualidades, el sostén de nuestra autoestima, el bálsamo para nuestras heridas narcisistas, el despliegue de una bandera identitaria. En ese momento, al menos, todos sabemos bien quienes somos.
Es el punto en el que se encuentran, además de lo nacional, lo íntimo con lo universal. La memoria de los protagonistas y los espectadores.
Los liderazgos que fluyen en una Selección sin grietasEl recuerdo de Maradona del consejo que le dio su hermano -“la próxima, enganchá”- mientras enfrenta al arquero Peter Shilton después de correr sesenta metros, en diez segundos, con la pelota controlada por su pie izquierdo.
El de Leopoldo Jacinto Luque, quien también piensa en la recomendación de su hermano, sin saber que este ha muerto horas antes en la ruta, camino al partido, cuando la pelota flota fuera del área, antes de incrustarse en el arco francés del Monumental, en 1978.
El de un veterano con su uniforme, entonando una marcha de impugnación al olvido, en medio de un millón de devotos que peregrina por la 9 de julio, 40 años después, minutos después, del Argentina 2 – Inglaterra 1.
El recuerdo de infinitos chicos de goles con pelotas precarias, en arcos improvisados en patios escolares, y de la lágrima que han visto, acaso por primera vez, desprenderse de los ojos de sus padres ante un gol como el de Maradona o el de Luque.
El de un entrenador que dice, sensatamente, que es solo fútbol horas antes de que, en sintonía con una hinchada multitudinaria que los mira a 8.000 kilómetros de distancia, once jugadores digan, en una cancha y a través de su entrega, que es mucho más.
La inesperada declaración del periodista español que siguió a la Selección argentina durante todo el MundialEl de una irreverencia gritada al mundo, anunciando la creación inverosímil de un país en medio de un desierto, desde la casa de una viuda tucumana, en otro julio, hace dos siglos.
El de Lautaro Martínez, la imagen de los primeros botines que le compró su padre, mientras queda suspendido en el aire esperando el impacto de la pelota despedida por el pie torpe, y extraordinariamente hábil, de Lionel Messi.
El recuerdo de las frustraciones acumuladas por lo que no fuimos, y que en ese instante somos, gracias a otros.
Todo eso tan disperso en el tiempo, la psiquis y la geografía se aglutina en un mismo momento, fugaz y eterno a la vez.