Si viviera, hoy cumpliría años uno de los tucumanos más trascendentales de la historia. Y eso, como no puede ser de otra manera, alimenta algunas reflexiones.
Julio Argentino Roca nació el 17 de julio de 1843 en San Miguel de Tucumán. Fue militar y un político hábil, ambicioso y visionario. Ocupó dos veces la presidencia de la Nación (1880-1886 / 1898-1904) y fue el arquitecto -por definirlo de alguna manera- de la Argentina moderna.
Desde hace un par de décadas, hay quienes buscan reducir su legado a la denominada “Campaña del Desierto”, sobre la que ya se ha escrito copiosamente y en la cual no vamos a detenernos mucho. Sí cabe decir que fue una empresa militar organizada por Roca durante la presidencia de otro tucumano, Nicolás Avellaneda, del cual fue ministro. Avanzó sobre un territorio habitado por pueblos indígenas y eso permitió incorporar miles de hectáreas a la Nación que años después impactaron con fuerza en el desarrollo económico. Hay historiadores de línea tradicional que la analizan como una medida necesaria para unificar territorialmente el país, mientras que otros, desde una escuela más revisionista, la califican directamente como un genocidio. La verdad quizás se encuentre en el medio. Lo insoslayable es que esta operación afirmó la presencia argentina en un territorio que era muy codiciado por Chile ¿Sin Roca hoy tendríamos Patagonia?, se preguntan algunos. Quién sabe.
Pero limitar su obra a esta acción puntual es de ingenuos, ignorantes o maliciosos. Veamos por qué.
“El zorro”, como le decían sus rivales políticos, fue mucho más que el impulsor y el comandante de la “Conquista del Desierto”. Su mayor logro fue, sin dudas, la consolidación del Estado nacional, objetivo al cual llegó por diversos caminos, entre ellos, la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la unificación de la moneda. La ley de educación laica, obligatoria y gratuita, y la del Registro Civil le permitieron al Gobierno empezar a administrar funciones que antes estaban a cargo de la Iglesia. A su vez, el Tratado de Límites con Chile y el avance militar hacia las fronteras garantizó el dominio sobre la Patagonia. También durante su primera presidencia nacieron los territorios nacionales (luego provincias) de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chaco, Formosa, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Se fundó la ciudad de La Plata y empezaron las obras del puerto de Buenos Aires. Algunos de los hitos de su segundo mandato fueron la reorganización del Poder Judicial, del Ejército y de la Marina, y la creación de la Caja de Jubilaciones y Pensiones.
Entre las obras públicas que estimuló se destaca la extensión de los ferrocarriles, la multiplicación de las escuelas y el desarrollo de la telegrafía. Su influencia directa en la pacificación interna del país, que se había desangrado durante décadas en luchas fratricidas, favoreció el desarrollo de la agricultura, de la ganadería y las inversiones externas. Y la prosperidad que derivó de todo este proceso alentó la llegada de miles y miles de inmigrantes (de los cuales, probablemente, venimos muchos de nosotros). En otras palabras, con Roca empezó a tomar forma el país que hoy conocemos. Y eso no es poca cosa.
Lealtades líquidas
La historia no es un hecho estático, sino un territorio en disputa constante. Su interpretación suele estar atada a corrientes diversas que aglutinan a los estudiosos. Se puede coincidir o no con las miradas de algunos historiadores, pero si sus trabajos se sustentan en un método científico y en fuentes calificadas, el debate se enaltece, sube de nivel. El problema se da cuando aparecen los aficionados, los oportunistas y los políticos (que muchas veces son lo mismo). Es lo que ocurrió en Tucumán en 2010, exactamente una semana después de la muerte de Néstor Kirchner: el Concejo Deliberante de la capital trató con una velocidad sorprendente una propuesta del entonces intendente Domingo Amaya y reemplazó el nombre de Roca por el del ex presidente patagónico en una avenida importante de la ciudad. Todo un gesto de pleitesía e incondicionalidad hacia la viuda que gobernaba entonces el país por parte de Amaya, que pocos años después de aquella manifestación de fe kirchnerista se cruzó de vereda, se convirtió en funcionario nacional de Juntos por el Cambio y ahora regresó al peronismo, convocado por el gobernador Osvaldo Jaldo. Un ejemplo de lealtad, comentan algunos chistosos.
Por eso, a las arremetidas contra Roca hay que entenderlas como parte de una estrategia política que va más allá de las diatribas coyunturales. Opera como un engranaje más dentro de la construcción de un relato que sólo tiene como finalidad el empoderamiento de algunos sectores, en este caso, del kirchnerismo, de la izquierda y del progresismo con iPhone y viajes a Miami, que son los espacios que vienen promoviendo esta campaña con mucha fuerza. Pero en realidad, se trata de un hábito común al poder de turno que, más allá de sus banderas o de su color político, está siempre en la búsqueda de una épica que lo justifique frente a la historia. Aunque paradójicamente muchas veces eso implique negar, ocultar o tergiversar hechos históricos.
Volver al futuro
Además de un gran estadista, Roca fue un hombre de su tiempo, con luces y sombras. Sus detractores lo acusan de varias maldades, entre ellas, la de promover un método político que favorecía la manipulación de las sucesiones en el poder. Pero cuidado: centrarse en el personaje sin tener en cuenta el contexto en el que vivió y la estructura en la que estuvo inserto puede ser una trampa. Porque Roca fue un actor entre muchos otros -uno importante, eso sí- de un sistema de fuerzas que estaba por encima de los individuos. Y a la luz de estos debates revisionistas es difícil no preguntarse: ¿qué se dirá en el futuro sobre los hombres y las mujeres que hoy defienden -y que se benefician- con los acoples en Tucumán, la maltratada cuna de Roca? ¿O de los que impulsan los sistemas de colectoras para las elecciones nacionales? A veces, la historia está cargada de ironías.