Nunca estuve en México.

Nunca caminé sus calles, nunca me perdí en un mercado, nunca compartí un café con un mexicano hablando de política, de historia o de fútbol.

Y, sin embargo, México vive conmigo desde que era chico.

Me crié riéndome con El Chavo del 8. Canté durante toda mi adolescencia las canciones de Maná. Descubrí en Molotov una rebeldía que muchas veces parecía escrita para la Argentina. Y, como millones de latinoamericanos, crecí con la voz de Mercedes Sosa recordándome que existía una patria más grande que nuestras fronteras.

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Por eso me duele la enemistad que veo crecer entre argentinos y mexicanos.

No por el fútbol. El fútbol siempre tendrá cargadas, rivalidades y exageraciones. El problema es cuando el algoritmo convierte una rivalidad deportiva en desprecio entre pueblos que comparten una historia mucho más profunda que un resultado.

Soy tucumano.

Y lo aclaro porque muchas veces el mundo cree conocer a la Argentina cuando en realidad conoce apenas una parte de ella.

Las imágenes que recorren el planeta durante un Mundial muestran, casi siempre, a quienes pueden pagar miles de dólares un pasaje, una entrada y varias semanas en otro continente. Esa no es toda la Argentina.

La Argentina también es la de la gente marroncita de Tucumán. Es Salta. Es Jujuy. Es Catamarca. Es Santiago del Estero. Es Córdoba. Es el Norte que creció mirando a los Andes antes que a Europa.

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Nuestra historia está mucho más emparentada con la América mestiza mexicana que con la caricatura del argentino europeizado que tantas veces circula por el mundo.

Cuando confundimos una parte con el todo, dejamos de ver a las personas reales.

¿Por qué nos resulta tan fácil enfrentarnos entre latinoamericanos?

Hace quinientos años que compartimos heridas parecidas. Compartimos desigualdad, instituciones frágiles, economías inestables, enormes riquezas naturales y un inmenso talento humano que demasiadas veces termina emigrando.

Compartimos desafíos mucho más grandes que un partido.

No escribo esto desde una nostalgia ideológica ni desde una épica latinoamericanista vacía. Lo escribo desde el sentido práctico.

Cada vez que América Latina se acostumbra a mirarse con desconfianza, pierde.

Desperdicio

Perdemos oportunidades de comerciar más, de innovar juntos, de aprender unos de otros y de construir una voz con mayor peso en un mundo cada vez más competitivo.

No me preocupa solamente el odio.

Me preocupa el desperdicio.

Porque mientras nosotros discutimos quién se burló de quién después de un partido, otros países siguen invirtiendo, desarrollando tecnología, formando científicos y consolidando su influencia.

Pienso muchas veces en Mercedes Sosa.

Ella entendió hace décadas que la cultura podía hacer lo que la política muchas veces no conseguía: recordarnos que, antes de cualquier frontera, existía una comunidad de pueblos con historias profundamente entrelazadas.

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Quizás por eso nunca pude sentir que México fuera un país extraño.

Todavía no lo conozco.

Pero sueño con hacerlo.

Quiero caminar sus ciudades, recorrer sus pueblos, escuchar sus historias y entender mejor una cultura que, de algún modo, ya forma parte de la mía.

Y cuando llegue, espero que nadie me vea como un enemigo.

Ojalá no permitamos que el algoritmo y noventa minutos de fútbol destruyan lo que siglos de historia, de música, de literatura y de afecto lograron construir.

Como escribió José Hernández en el Martín Fierro, “los hermanos sean unidos”. No es solo una hermosa frase. Quizás siga siendo, siglo y medio después, uno de los mejores consejos políticos que recibió América Latina.