Ya hace mucho tiempo, el presidente de la Nación Carlos Menem estaba asustado con lo que pasaba en Tucumán. El peronismo no tenía forma de sostenerse en el poder. Estaba claro que los tucumanos le iban a dar el respaldo al bussismo. Le iban a entregar las riendas del gobierno. Desde la Casa Rosada empezaron las más diversas elucubraciones para impedirlo.

La jugada para conseguir que el peronismo siguiera sentado en el sillón de Lucas Córdoba se haría en dos tiempos. Pero los relojes se manejarían desde Buenos Aires. Lo primero era arrasar con el peronismo que gobernaba la provincia que estaba partido en dos, como si fueran los tatarabuelos de la grieta. La solución fue la intervención federal de la provincia que tuvo la cara de Julio César Aráoz pero la plata de la Nación. Cada día de gestión era una jornada de proselitismo para ganar las elecciones. Faltaba el candidato. Esa era la otra jugada, el otro tiempo que corría en los Estados Unidos, en Miami, precisamente. Allí había que ir a buscar al candidato, a Ramón Ortega.

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Una de las movidas para darle fuerza y popularidad al proyecto electoral fue un decreto. Lo firmó el presidente de la Nación y convirtió a Tucumán en Capital de la República Argentina. Para celebrar la primera vez vinieron presidentes de los países vecinos. Nunca hubo una fiesta tan importante un 9 de Julio, pero desde aquella oportunidad la provincia y la Casa Histórica fueron importantes al menos por un día para la vida política de la Argentina.

Eso pasaba en 1991. Este año las cosas no son muy distintas. El protocolo, la fiesta, la justificación -y la solemnidad- de los congresales y el aprovechamiento del hito y del monumento histórico -de la Casa estamos hablando- se ponen la escarapela para protagonizar el 9 de Julio. Lo reconozcan o no, la política asoma la cabeza en cada uno de los movimientos que se organizan.

Hoy, como ayer

Tucumán tuvo la centralidad que ordena aquel decreto. Todos pusieron el ojo al acontecimiento que en esta oportunidad tuvo la energía mundialista. ¿Y, qué hizo la política con este encuentro patrio?

El presidente de la Nación, Javier Gerardo Milei, siempre destacó y hasta ensalzó la gestión de Menem, aunque las veces que pudo aclaró que él es mejor que el riojano. Milei viene demostrando que las provincias no son su centro de atención. De hecho, pareciera poner más entusiasmo en sus viajes al exterior que al interior. Sin embargo, declama el federalismo como si fuera un padrenuestro libertario. Tal vez lo que quiera transmitir es su negación al conurbano bonaerense, que es sinónimo de kirchnerismo que, curiosamente, tiene figuras rutilantes que brillaron y acompañaron aquel menemismo. Rumiando estas cuestiones que dibujan la casta de la que tanto despotrica el Presidente de la Nación no dudó en estar este 9 de Julio en Tucumán. Fue Milei en estado puro, aunque en modo prudente. Su grito no tuvo carajos y sí un ¡Viva la Patria! Pero su discurso tuvo el cuidado de hablar de su gestión y de lo que él considera logros fundamentales para la transformación del país, donde la guerra contra la inflación es clave. El mensaje es cada vez más claro, a tal punto que el más vivado de la comitiva nacional fue quien maneja el timón de ese barco, Luis Caputo.

Messi vino a un 9 de Julio con imágenes paganas

No fue un discurso inocente el que desarrolló el presidente. Apuntó al corazón de los gobernadores que otro 9 de Julio habían aprobado el rumbo y hasta habían rubricado algunas acciones a seguir en aquel pacto de Mayo, hecho y firmado en Julio, tal vez como una metáfora más de esta Argentina donde la transparencia es una dificultad, más que un camino a seguir. “Si decía lo que iba a hacer, nadie me votaba”, llegó a decir Menem. Milei hizo al revés. Y lo votaron. ¿Para qué hizo ese discurso? Para dejarlos en offside a los gobernadores cuyos votos en el Congreso son fundamentales para seguir en el camino descriptas por sus promesas de gestión. El Presidente habló de la importancia de las provincias y el tucumano Osvaldo Jaldo no se olvidó de subrayar la necesidad de la Nación para las provincias.

Al pie del libreto

Milei no olvidó ninguno de los puntos que le habían anotado en su libreto. Tenía que abrazar a Lisandro Catalán en algún momento. Era fundamental para el armado político de La Libertad Avanza. La última vez que había venido le había quedado pendiente ese gesto y tuvo una lectura negativa contra el precandidato a gobernador del partido del Presidente. Cómo habrá estado calculado el reloj patrio que Jaldo no fue al Aeropuerto Benjamín Matienzo. De esa manera, el protagonista fue Catalán. El gobierno de la provincia estuvo representado por el vicegobernador Miguel Acevedo, quien además se animó a volver de la aeroestación en el mismo vehículo. Milagros de la fecha patria. No hace mucho tiempo la forma de instalarse en la vida política de Catalán fue disparar dardos filosos contra el gasto político de la Legislatura tucumana.

El presidente también cumplió con su temperamento. Se quedó en Tucumán un puñado de horas, pero a las 2.34 ya estaba camino a Olivos para dormir en la residencia presidencial. Al día siguiente, le devolvió protagonismo a Buenos Aires, aunque si hubiera escuchado el Te Deum en la Catedral tucumana le hubiera sido más leve la reprimenda de la que escuchó.

Y, ya que Tucumán era el centro de la vida argentina, también aportó la escenografía para un nuevo capítulo de la telenovela que protagonizan el Presidente y la Vicepresidenta. Victoria Villarruel llegó en un avión distinto al del titular del Poder Ejecutivo y no se llevaron el apunte durante la vigilia frente a la Casa Histórica. Eso lo vieron sólo los asistentes a la ceremonia patria. El resto del país jamás vio a Villarruel. Sólo hubo un momento de descuido de la cadena de la televisión nacional en la que asomó el hombro de la vicepresidenta. El VAR de la transmisión mundialista hubiera suspendido la jugada por estar fuera de juego.

Al día siguiente recuperó su protagonismo. En Tucumán fue la autoridad nacional más importante y tuvo un sillón de privilegio en la Catedral provincial y después fue de las últimas en abandonar el desfile que organizó Jaldo en el parque 9 de Julio. Villarruel también hizo una de más al comprometerse a conseguir mejoras para el biocombustible tucumano. Si para Milei es complicadísimo sacar resoluciones en el Congreso, para la vice, mejor ni hablar.

El alivio obligado

En aquella época en que esta fiesta patria fue revitalizada y recategorizada por necesidades políticas, la presencia de las delegaciones nacionales ponían los pelos de punta al gobernante de turno. Julio Miranda, como José Alperovich, cuando estuvieron al frente del Poder Ejecutivo solían repetir la misma frase cuando terminaban todas las actividades del 9 de Julio. Respiraban hondo y decían: “Por suerte no pasó nada”. Tal vez no sea ese el alivio de Jaldo después de pasar el encuentro patrio. La pregunta es hasta cuándo debe seguir haciendo equilibrio. Jaldo, como muchos gobernadores, están enredados en la telaraña del mileísmo. Romperla puede ser un problema para la economía provincial que no puede soñar con tirar manteca al techo como lo hacía Alperovich durante su gestión. Hasta ahora contribuir al hilado de la red viene despertando enemigos en el mismo equipo. Correr ese riesgo le va a traer tantos sofocones como los que genera este mundial de fútbol.