Por José María Posse

Abogado, escritor, historiador

En líneas generales, los tucumanos no fuimos agradecidos con hombres y mujeres que escribieron páginas heroicas en nuestra ya dilatada historia. Uno de ellos fue don José Ponssa, farmacéutico de profesión, docente por vocación, hombre de pocas palabras y mucha y diversa acción, cuya vida merece ser rescatada en estas páginas.

Crónicas del viejo Tucumán: Martín Miguel de Güemes, más allá del mito

En 1886 la población de Tucumán fue diezmada por una terrible epidemia: “el cólera morbus”, llegó para quedarse desde ese diciembre a mayo del año siguiente. De aquellos días se recuerdan los nombres de tucumanas como doña Elmina Paz de Gallo, quien abrió las puertas de su casa para recibir a los huérfanos que iba dejando la mortal enfermedad. También fue el bautismo de fuego de la Cruz Roja tucumana; entre las colectividades, se destaca la italiana, que estuvo en las primeras líneas atendiendo a los enfermos, todos ellos a riesgo de sus propias vidas.

Resaltamos a Ponssa, entre otras cosas, por haber escrito un valioso relato sobre esta epidemia, un registro histórico invaluable.

Monterizo

Don José Ponssa nació en Monteros. Era hijo póstumo del catalán Manuel Ponssa, ingeniero mecánico, quien había llegado a nuestra provincia para trabajar en la colocación de calderas de los ingenios azucareros que por entonces comenzaban a importar las primeras máquinas de Europa. Se estableció en la ciudad del sur, donde contrajo matrimonio con doña Beatriz de la Zerda. Murió trágicamente a temprana edad.

Crónicas del viejo Tucumán: grietas, modas y rencillas de antaño

Según el biógrafo de don José, Pedro Oscar De Camillo, estudió para maestro graduándose a los 16 años en la Escuela Normal de Tucumán. Allí se formó bajo la dirección de Paul Groussac y de Eugenio Aymerich. Luego de recibirse de maestro normal en 1883, se desempeñó como maestro y director de escuelas de enseñanza primarias durante 1884 y 1885. Entre 1886 y 1888 fue profesor en diversas escuelas primarias y escuelas normales de Tucumán y Córdoba.

Incorporado a la Guardia Nacional, fue eximido del servicio militar mientras estuviera como Director de la Escuela Municipal de Córdoba. Precisamente en esta última ciudad estudió y obtuvo el título de Farmacéutico Nacional en 1888.

La tragedia

En diciembre de 1886, durante el receso académico, don José había regresado a su provincia natal para pasar el verano junto a sus familiares y amigos. Las fotografías que lo retratan nos muestran a un hombre de elevada estatura para la época, flaco y de buen porte físico. Los que lo conocieron hablaban de él como una persona de sólidos principios morales, de gran intelecto y de una honradez sin mácula; se destacaba además por sus conocimientos profesionales.

Al estallar la epidemia en la ciudad de San Miguel de Tucumán, y dada la escasez de médicos que atendieran a la cantidad de enfermos que a diario se registraban, el joven Ponssa no dudó en ponerse en la primera fila de los voluntarios.

Le tocó cuidar de los enfermos, cerrar los ojos de los fallecidos, subir sus cuerpos a los lúgubres carromatos, para trasladarlos a la fosa común que se había abierto en terrenos de la actual Quinta Agronómica, donde sin más, eran arrojados y cubiertos con cal viva. También curó a muchos que lograron sobrevivir gracias a su esmero por salvarles la vida.

El relato

En un detallado relato de aquellos días, don José Ponssa escribía: “durante la segunda quincena de diciembre y todo el mes de enero subsiguiente, el vecindario fue presa del pánico; parecía haberse lanzado el grito de ‘sálvese quien pueda’; las calles silenciosas, la actividad comercial paralizada y en los semblantes de los transeúntes retratados de pavor y la congoja. La ciudad débilmente alumbrada por lámparas de kerosén, presentaban por las noches un aspecto fantástico y lúgubre, pues debido a aquel mare mágnum, a aquella verdadera hecatombe, los vecinos recurrían a los expedientes más absurdos. Creyendo conjurar el contagio encendían en el centro de las calles, a corta distancia de otra, humeantes fogatas con maderas de pino alquitranadas. Eran cuadros verdaderamente dantescos, en medio de rojizas llamas envueltas en humo acre y negruzco, se veían las desiertas aceras y edificios con sus puertas cerradas; los escasos transeúntes, con demacradas facciones, que la extraña luz de las fogatas los asemejaba a visiones de ultratumba, aceleraban sus pasos mientras los niños de la calle, alegres e inconscientes, danzaban en torno de esas extrañas piras”.

Crónicas del viejo Tucumán: edificio histórico en peligro

“El 2 de enero (1887) se realizó una conmovedora ceremonia religiosa: sacaron en procesión por las calles centrales varias imágenes, entre ellas la de Nuestra Señora de las Mercedes y la del Cristo denominado Señor de la Salud, que se veneran en la Iglesia de la Merced; se entonaban loas a la Virgen alrededor de su imagen y las tocantes rogativas junto a la del Señor de la Salud. Los asistentes iban con semblantes angustiados y sus cánticos y rogativas parecían empapados en lágrimas. La temperatura reinante era insoportable, de 40 a 42 grados y torrenciales lluvias inundaban continuamente las calles hasta las aceras”.

“Los socios de la Cruz Roja y los médicos tenían que soportar estas inclemencias del tiempo: los primeros conduciendo personalmente los enfermos desde sus domicilios a los hospitales en camillas expresamente fabricadas y cargadas por ellos mismos, prestando luego servicios como enfermeros al pie del lecho de los atacados y aún dirigiendo la lúgubre tarea del entierro de las víctimas. Los médicos, cuando no estaban al lado de los pacientes, ocupaban su puesto de horror y sacrificio en los diversos hospitales. Paulatinamente descendió el contagio en enero y rápidamente en febrero, terminando en la primera y segunda semana de marzo, después de haber sepultado de 5.000 a 6.000 víctimas, o sea cerca de la sexta parte de la población de la ciudad”.

Actividad profesional

Luego de aplacarse la epidemia, Ponssa volvió a sus estudios para graduarse, dos años más tarde, como Farmacéutico en la Universidad de Córdoba. Al volver a Tucumán instaló su primera farmacia en la pujante ciudad de Monteros. Luego la trasladó a San Miguel de Tucumán, fundando la Farmacia Argentina. Ejerció la profesión durante casi 50 años.

Tuvo un breve paso por la función pública como concejal e intendente de Monteros; también fue vocal del Consejo de Higiene Provincial. A todo ello se le suma su actuación en la docencia primaria, secundaria y universitaria, desempeñándose en la Facultad de Farmacia desde 1938 hasta su muerte (1940) a los 73 años. Amigo cercano del sabio Miguel Lillo, fue durante muchos años secretario y tesorero de la Cruz Roja. Atendía a los enfermos que llegaban a su farmacia, y los aconsejaba cómo tomar las medicinas, muchas de las cuales regalaba a los menesterosos. Les enseñaba a realizar las curaciones y las precauciones que debían tomar para evitar infecciones.

Crónicas del viejo Tucumán: la mesa de la jura de la Independencia

Los vecinos lo llamaban a cualquier hora para que les pusiera inyecciones o les proveyera de remedios, en tiempos en los que no abundaban los centros médicos. Como gremialista fue el primer presidente de la Sociedad Propietarios de Farmacias de Tucumán, fundada en 1920. Ya en su vejez, sus colegas de la Asociación Farmacéutica del Norte lo consideraban el Decano de la profesión, y así fue respetado y valorado. Se casó con la monteriza Beatriz Martínez, con prolongada, como distinguida descendencia, que llega a nuestros días.

Actividad docente

El referido De Camillo escribió sobre él: “…ocupó cargos en la docencia universitaria, además de consejero de la Facultad de Farmacia e Higiene Subtropical de Tucumán durante tres años, integró con carácter ad honorem, los Tribunales examinadores de Física y Farmacia Práctica. Finalmente el Honorable Consejo Superior de la Universidad Nacional De Tucumán lo designó Auxiliar Técnico General de los laboratorios de la Facultad de Farmacia y Bioquímica. Tomó posesión del cargo el 15 de octubre de 1938 y lo desempeño hasta su muerte, acaecida el 13 de marzo de 1940”.

La injusticia

Una ordenanza del Concejo Deliberante de San Miguel de Tucumán mandó a erigir un busto en su memoria en la plaza del barrio Farmacéutico. A pesar de que la obra se realizó, por motivos que se desconocen nunca pudo ser colocada allí.

Actualmente se encuentra depositada en el taller de escultura del parque 9 de julio, en espera quizás, de que alguien se digne en reparar en ella y hacer justicia con don José Ponssa, acaso el primer farmacéutico con título profesional nacido en la provincia, y que tanto hizo por la salud pública del viejo Tucumán.