Este viernes dejamos la ciudad que fue la casa elegida por la selección argentina en este Mundial. Después de casi dos semanas, Kansas City dejó de ser una sede del Mundial para convertirse en parte de nuestra rutina. Y, si todo sale bien, todavía puede quedar un capítulo más por escribir.

Este viernes dejamos Kansas City. Lo curioso es que, cuando llegué, nunca imaginé que me iba a costar escribir esa frase. Porque Kansas City, al menos para mí, era apenas un punto en el mapa. La ciudad elegida por la Selección para instalar su búnker durante el Mundial, un lugar de paso, una escala antes de que empezara realmente la Copa del Mundo. Pero dos semanas después, ya no siento que sea solamente eso.

Fue acá donde retiré la acreditación que me permite cubrir mi primer Mundial. Acá comenzó la rutina de despertarse temprano para recorrer varios kilómetros con la ilusión de ver apenas 15 minutos de un entrenamiento. Acá conocí ese inmenso centro de prensa del estadio, congelado por un aire acondicionado que parece preparado para cualquier cosa menos para periodistas que pasan horas escribiendo.

Fue acá en donde entendí que un Mundial no se vive solamente durante los 90 minutos, sino también se vive en las esperas, en los controles de seguridad, en los micros que trasladan a la prensa o en las caminatas de regreso al hotel mientras intento ordenar todo lo que pasó durante el día.

Kansas City también fue la ciudad que me obligó a detenerme en detalles que jamás imaginé que terminarían convirtiéndose en historias. Las calles impecables que me hicieron preguntarme durante días en qué momento las limpiaban, los semáforos que obligan al peatón a apretar un botón y esperar pacientemente su turno para cruzar, los enormes espacios verdes, los estacionamientos infinitos y el silencio de muchas de sus calles, incluso cuando el Mundial empezó a llenarlas de camisetas de todos los colores.

También fue la ciudad que cambió delante de nuestros ojos. Los primeros días parecía que el Mundial todavía no había llegado. Después empezaron a aparecer las banderas argentinas, la marea ecuatoriana, los neerlandeses vestidos de naranja, los tunecinos, el fan fest lleno y los bares con partidos en cada pantalla. Sí; de golpe, Kansas City empezó a hablar el idioma del fútbol; y nosotros también empezamos a hablar el idioma de la ciudad.

Sin darnos cuenta, aparecieron las costumbres. El café de cada mañana, el camino que ya no hacía falta mirar en el GPS, el restaurante en donde ya sabían qué ibas a pedir y el hotel que dejó de sentirse como un hotel para convertirse, por un rato, en casa. Eso también pasa en un Mundial.

Uno viaja para contar la historia de una selección, pero inevitablemente termina construyendo una pequeña historia con cada lugar que lo recibe. Sin embargo, ahora toca partir.

Este viernes dejamos Kansas City para seguir el recorrido de Argentina. Cambiarán las rutas, el hotel, el estadio y el paisaje, y comenzará otra etapa del viaje. Pero hay una diferencia importante entre despedirse y decir "hasta luego".

Si la Selección sigue avanzando en el Mundial, el camino nos traerá otra vez hasta acá para los cuartos de final. Por eso prefiero no pensar que me voy; prefiero pensar que simplemente estoy haciendo una pausa.

Porque si dentro de unos días vuelvo a caminar estas calles, si otra vez paso por el estadio, si regreso al mismo hotel y vuelvo a apretar ese botón antes de cruzar una avenida, significará que Argentina siguió haciendo lo que vino a hacer a esta Copa del Mundo. Y entonces Kansas City dejará de ser solamente la ciudad en la que comenzó nuestro Mundial; será, además, la ciudad a la que valió la pena volver.