Lionel Messi enamora, ilusiona, emociona, alegra, estremece, hipnotiza, inspira, ejemplifica, unifica. Messi es una estrella que encandila en un mundo que parece ingresar en una nueva era, atravesada por bruscos cambios geopolíticos, por la irrupción de la inteligencia artificial, por la sociedad global cuyos individuos se aíslan cada vez más y por una clase política entretenida en los juegos de tronos mientras el entorno se modifica tan radicalmente como cuando la tierra se quebró y separó los continentes.
Messi descoloca. “Es de otro planeta”, se repite cada vez con mayor asiduidad. Y cómo no pensarlo, cuando el incentivo para darlo todo y luchar para volver a ganar cuando ya lo logró todo, lo resumió la semana pasada, frente a los micrófonos del mundo: “Y a mí me gusta jugar al fulbo...” Y juega. Sin polémicas, sin exposición pública más allá de lo futbolístico, sin soberbia y con alegría. Y sigue gambeteando después de fallar un penal en un partido clave. Y mete dos goles. Y sonríe…
Esa simpleza indescifrable del 10 es la que expone, por puro contraste, la complejidad del artificio que hoy digita el poder. Mientras el planeta entero asiste a un cambio de piel donde la legitimidad se construye a fuerza de gritos, algoritmos y enemigos imaginarios, el capitán argentino ofrece una anomalía: la certeza de hacer lo correcto. Messi brilla porque juega bien, no porque destruye al rival. Es un líder clásico, silencioso, que valida su condición en base a realidades tangibles y esfuerzo verificable en la cancha. La política contemporánea, en cambio, ha mudado su capital hacia la gestión de la incertidumbre, el espectáculo y la polarización extrema. Ya no se trata de solucionar el partido, sino de convencer a la tribuna de que el árbitro está comprado o de que el equipo contrario merece lo peor.
El “rey” Trump
El tablero internacional dibuja hoy ese mapa de la disrupción permanente. Donald Trump regresa al centro de la escena global jugando al “rey absoluto”, pretendiendo clausurar guerras y reconfigurar la geopolítica con la imprevisibilidad como doctrina de fe. Sudamérica, por su parte, se tiñe de un azul homogéneo tras el contundente triunfo de la derecha en Colombia, consolidando un continente que gira en bloque hacia recetas de mano firme y discursos de barricada, dejando a Brasil como una isla sitiada y a Venezuela como ese laboratorio extraño de Estados Unidos. En este nuevo orden, las sociedades hartas del estancamiento ya no buscan estadistas, sino personajes disruptivos y personalistas que prometan patear el tablero. Messi, frente a ese espejo, representa el reverso exacto: en lugar del ruido, propone el silencio; en lugar de los posteos rimbombantes, ofrece el pase al compañero. Él une a los suyos y respeta al adversario; la política global sobrevive triturando al rival para mantener cautiva y radicalizada a su propia feligresía.
El “león” Milei
A escala nacional, esa dinámica de la confrontación diaria encuentra su máxima expresión en la botonera de la Casa Rosada. Javier Milei y su jefe de Gabinete, Manuel Adorni, gestionan el humor social no desde los resultados palpables del día a día, sino desde el monopolio de la palabra, la tensión permanente y el conflicto como “motorcito” de gestión. Es la tiranía de la expectativa. Se gobierna para el prime time y para la tendencia de las redes, montando una escenografía donde la efectividad se mide por el impacto del agravio o la agudeza del tuit, mientras los problemas estructurales de la Argentina siguen esperando una gambeta certera.
El lejano Noroeste
Las olas de esa lógica terminan impactando, inevitablemente, por estos lares. En Tucumán, a menos de un año para las elecciones, la dirigencia ya se mudó a vivir adentro del laboratorio. Tanto en el oficialismo como en la oposición, el “acting” electoral cotiza en alza. El Manual Jaldo, con su hiperactividad táctica y su control de daños permanente, obliga a todos a apurar el paso en la sombra. Se tejen armados prematuros, se ensayan candidaturas “para la tribuna” y se clausuran debates sobre temas sensibles y necesarios para la sociedad en pos de una rosca de pasillo que solo le interesa a los propios habitantes de la “clase política”. La opacidad de algunas estructuras locales -donde los acuerdos suelen ser en privado y con cargos o lugares en las listas como moneda de cambio- contrasta de manera obscena con la transparencia del potrero.
Lionel Messi emociona porque es humanoLa política tucumana está jugando hoy un partido amistoso a puertas cerradas, cuidando las piernas, negociando el resultado en el entretiempo y repartiéndose las plateas antes de que empiece el torneo.
La figura de este Messi incombustible, terrenal y extraordinario a la vez, opera como un reproche ético para toda esa corporación. Nos recuerda, en definitiva, que la verdadera representación popular no se inventa en el cálculo de una mesa de café ni en la marquesina de una campaña adelantada. Se gana en el llano, de cara a la sociedad, rindiendo cuentas ante cada pelota perdida y sonriendo, únicamente, cuando el trabajo está hecho.
"La alegría no tiene ni tendrá fin": Milei celebró la victoria de Argentina y el nuevo récord de MessiTambién nos dispara una pregunta a los ciudadanos: ¿por qué aplaudimos al Messi talentoso, humilde, honesto y de buenos tratos; y al mismo tiempo defendemos -o votamos- a los que maltratan, humillan, insultan, mienten o directamente se aprovechan del Estado para su beneficio propio?
Messi, además de todo lo que nos regala, nos obliga a pensar.