No, no es un partido de la Liga Profesional ni de la Primera Nacional del fútbol argentino. Son cientos de japoneses que cantan “ohhh ganbatte Japooooon” al ritmo del clásico “ohhh dale, dale Bo’”, al unísono y sin detenerse durante los 90 minutos de un partido de la Copa del Mundo.

Ganbatte proviene del verbo ganbaru, una expresión que condensa uno de los pilares de la mentalidad nipona: la resiliencia y el compromiso absoluto con una tarea. Es dar lo mejor de uno mismo sin rendirse jamás, incluso cuando el viento sopla de frente. Y eso fue exactamente lo que hizo Japón en su estreno mundialista. Perdía dos veces frente a Países Bajos, un rival históricamente superior, pero encontró la fuerza para levantarse una y otra vez hasta rescatar un valioso 2-2 en el Grupo F.

Porque si hay un lugar donde la globalización futbolera alcanza su máxima expresión es un Mundial. Allí las fronteras parecen difuminarse y las identidades dialogan de maneras inesperadas. Hinchas japoneses cantan con melodías argentinas. Hinchas argentinos se descubren alentando por Japón desde el sillón de sus casas. Lo que ocurre en las tribunas es, en realidad, el reflejo de algo más profundo: las identidades -incluso aquellas tan arraigadas como las nacionales- no son compartimentos estancos. Son construcciones vivas, permeables, en permanente transformación. Son híbridas.

Hace tiempo que a Japón se le exige un poco más. Los más futboleros observan con atención una evolución que ya dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad. Vienen de alcanzar los octavos de final en Qatar 2022, donde derrotaron a Alemania y a España en fase de grupos, y también de rozar una hazaña histórica en Rusia 2018, cuando Bélgica le remontó un 2-0 en los minutos finales. Por eso, el debut ante Países Bajos, una de las escuelas más prestigiosas de la historia de este deporte, despertaba tanta expectativa.

El partido fue parejo, aunque en varios pasajes dejó al descubierto la jerarquía individual europea. Frente a eso, Japón respondió con las herramientas que históricamente definieron a su fútbol: orden, disciplina táctica y solidaridad colectiva. Pero esta vez hubo algo más. La voracidad de Keito Nakamura para marcar el 1-1. El cabezazo agónico de Daichi Kamada al 89' cuando parecía que todo estaba perdido. Un equipo dispuesto a asumir riesgos, a jugar con el impulso emocional que antes parecía reservado para otras latitudes.

Quizás ahí radique la principal transformación del fútbol japonés. Durante años construyó su crecimiento apoyado en valores profundamente asociados a su cultura: la organización, la paciencia y el trabajo colectivo. Hoy conserva todo eso, pero comienza a incorporar nuevos rasgos. Más rebeldía. Más atrevimiento. Más pasión. Como si hubiera entendido que para competir de igual a igual con las grandes potencias ya no alcanza con ejecutar correctamente un plan; también hay que animarse a romperlo cuando el contexto lo exige.

Tras el pitazo final, los hinchas japoneses volvieron a dar la nota limpiando las tribunas antes de abandonar el estadio. Lo hacen desde hace años y el gesto ya forma parte de la liturgia mundialista. Pero esta vez convivió con otra imagen igual de significativa: la de miles de personas cantando una melodía nacida al otro lado del planeta. En esa combinación se resume buena parte de lo que hoy representa Japón. El ganbatte de siempre, el esfuerzo silencioso y constante de la cultura oriental, mezclado con el fervor, la emocionalidad y la expresividad que suelen asociarse al fútbol sudamericano.

En tiempos globales, una identidad híbrida. En las tribunas y también dentro de la cancha. Japón parece haber entendido que crecer no implica renunciar a lo propio, sino enriquecerse con lo ajeno. Quedarse con lo mejor de ambos mundos. Y si el empate frente a Países Bajos sirve de indicio, va camino a lograrlo.