Por Hugo E. Grimaldi para LA GACETA

En la actualidad política argentina hay lastres que no dejan avanzar. El presidente Javier Milei se empecina en llevar a Manuel Adorni como si fuera un saco de arena colgado del globo y en lugar de soltarlo para ganar altura, lo conserva y se queda flotando bajo, desaprovechando la chance de exhibir logros, como la menor inflación o la baja del riesgo-país. La metáfora también vale para un barco que se encapricha en cargar más peso del necesario: no se hunde, pero tampoco avanza. Ese freno de mano, alimentado por una interna interminable, lo padece antes que nadie la sociedad.

La paradoja es clara: lo que Milei interpreta como sostén, la ciudadanía -e incluso la oposición más razonable- lo percibe como freno. En la lógica presidencial, retener a Adorni es una demostración de firmeza frente a las presiones externas; en la práctica, ese gesto se convierte en un contrapeso que le impide al gobierno nacional capitalizar logros que podrían darle aire político. La fidelidad, en este caso, pesa más que la eficacia, mientras que la obstinación en sostener lo insostenible termina siendo un mensaje claro: la interna vale más que la gestión.

Ese costado es crítico y sensible a la vez porque lo que ha puesto en juego el funcionario no ha sido su suerte personal, sino la consistencia de un gobierno que se proclama distinto y asegura tener a “la moral como política de Estado”. Se dice que el Presidente no quiere ceder, pero nadie debería ignorar que ningún elemento tan corrosivo puede sostenerse en ningún gobierno. Fatalmente, Adorni está “de salida” y ni sus deseos ni los de Karina Milei podrán torcer esa realidad, mientras el desgaste carcome a la Administración. Igualmente, desde lo práctico, el gobierno nacional carece de Jefe de Gabinete desde hace más de 90 días.

En su participación televisiva de mitad de semana, el funcionario exhibió escasa solvencia: titubeante y sin argumentos fue incapaz de sostener la contundencia que requería el descargo. En lugar de aclarar, quedó atrapado
en un laberinto de explicaciones confusas, perdió el eje a medida que avanzaba la entrevista y terminó con una confesión a cielo abierto: “fui evasor, pero no chorro”. Repitió varias veces esa última palabra, quizá buscando sensibilizar.
Si bien evasión fiscal y robo no es lo mismo, quien no paga impuestos actúa como un polizón: viaja gratis y disfruta de bienes y servicios sostenidos por el esfuerzo ajeno. El problema es que al no aportar su parte, traslada la carga tributaria al resto y, si la recaudación no alcanza, la evasión termina alimentando la inflación. Este Gobierno ha explicado como pocos esa relación y la sociedad lo ha comprendido, pero parece que no Adorni con su actitud evasiva, ni otros funcionarios que se sumaron al mismo régimen, incluido el jefe de ARCA.

Probablemente aconsejado por su abogado, el funcionario pasó también otros mensajes y algunos los repitió varias veces: habló sobre su vida laboral anterior en “el sector privado”, de las fechas hizo negocios con criptomonedas y sobre la decisión que tomó en su momento de no declarar nada “como hacían todos”. Tal generalización no es cierta, pero tampoco lo exculpa. Su juego dialéctico apenas sirvió para mostrar que eligió exponerse a un proceso por evasión –o eventualmente por lavado de dinero– pero no por enriquecimiento ilícito, figura que lo alcanzaría como
funcionario público.

En el reportaje, el número dos del Ejecutivo –el Jefe de Gabinete es quien coordina a todos los ministros– adoptó una posición lacrimógena de víctima y llegó a sostener que no renunciaba “porque el objetivo no soy yo, sino el Presidente… y Karina Milei… y voltear al Gobierno”. De soslayo pareció insinuar que la paranoia habita hoy en la Casa Rosada (no dijo quien la inyecta) y que, por eso, no lo despiden. En realidad, lo que hizo fue arrojarle tierra desde adentro a su propio gobierno que, estando en minoría, supo sobrevivir dos años y salió fortalecido de las legislativas pasadas. Y no por mérito de Adorni, precisamente.

Quienes lo prepararon para la entrevista buscaron que se mostrara distendido, pero nunca lo consiguió. Su mayor desafío comunicacional fue el cambio de rol: durante mucho tiempo su fuerte fue tratar de controlar la agenda, manejar los tiempos, ironizar y acusar desde el atril, exponer errores ajenos y elegir qué responder. Al pasar al llano, como entrevistado y obligado a dar explicaciones sobre su vida privada, esa distancia de seguridad se quebró y se lo notó sobreexplicando los detalles, un síntoma clásico de la comunicación de crisis que revela incomodidad cuando ya no se domina el marco. Y tropezó: ¡vaya si tropezó!

Hablar de rodada se justifica ya que unos cuantos videos que debía prever porque podían aparecer (como aparecieron) derrumbaron de inmediato el castillo que intentó levantar. El primero es muy grave por lo institucional, ya que en su última presentación ante los diputados, acompañado por el residente, su hermana y el Gabinete que fueron a dar la cara por él, leyó para no equivocarse que “en mis declaraciones juradas figuran todos los detalles de los bienes que integran mi patrimonio, respecto de los cuales nunca existió ocultación alguna”, con cuatro palabras finales que la declaración ante la Oficina Anticorrupción y el propio reportaje terminaron por desmentir. Otros varios videos lo expusieron aún más, porque en la entrevista él afirmó que empezó a incursionar en Bitcoin en 2013 y a invertir fuerte en 2014, con una colocación de U$S 200.000 y una ganancia posterior de U$S 300.000, lo que justificaría su fortuna. Pero los años no cierran: en 2020, en YouTube, él decía que “no estaba muy metido” y que entró al juego cuando el Bitcoin rondaba los U$S 6.000, un valor alcanzado recién en 2017. Y en 2021 y 2022 volvió a presentarse como un escéptico, sin reconocerse como gran tenedor de criptomonedas, apenas intentando descifrar cómo
funcionaban.

Hay que observar que el verdadero peligro de todo el episodio no está en la habilidad de un contador para aprovechar lagunas de una Ley reciente para zafar de la Justicia, miedo que lo transforma en peligroso para los suyos políticamente hablando, sino en el mensaje que se proyecta a una sociedad
ya exhausta. Entre la gente, hoy no se percibe indignación, sino desencanto y Milei –quien busca su reelección– debería tomar nota porque el caso golpea a los ciudadanos, pero sobre todo a sus propios partidarios, quienes ya no saben cómo sostener su fe en medio de tanto bochorno.

En un país donde la postergación es norma para millones de personas que cumplen con sus obligaciones a ciegas y siguen adelante, la asimetría de privilegios no genera furia, sino algo peor: la sospecha de que el esfuerzo honesto ya no vale. Cuando quienes predican son los primeros en refugiarse en tecnicismos para evitar explicar cómo viven, el riesgo político del gobierno que integran se vuelve alto y la fuerza del “son todos iguales” amenaza con eclipsar la esperanza –quizás utópica– de alcanzar la ejemplaridad que tantos soñaron en la historia.

Mariano Moreno lo advirtió con crudeza: “la autoridad de los hombres se funda en la virtud”. Esa lapidaria sentencia recuerda que sin decoro en la vida pública, no hay República posible. En este “Cambalache” político (“Da lo mismo…” o “los inmorales nos han igualao”), el caso Adorni quedará marcado por sus tropiezos, balbuceos, las jubiladas prestamistas, los pendrives milagrosos, la sucesión de presentaciones ante la OA, la omisión del patrimonio de su esposa y fallidos varios que lo convierten -como decía el recordado Aníbal, el “number one”- en un verdadero “pelotazo en contra” para el Presidente.

Mientras tanto, es Milei quien observa la situación como si nada ocurriera, mientras los apoyos se le escurren entre la gente y sus potenciales aliados.

"¿Por qué? Esa es la pregunta del millón, pero la respuesta podría valer aún más, ya que es la que alimenta la comidilla y el estupor de propios y extraños.