Debo mi existencia a la Universidad de Tucumán ya que mi papá fue profesor de mi mamá. Así se conocieron, en la Facultad de Filosofía. De modo que la UNT fue una especie de mediadora del hecho azaroso y providencial que significó para mí tener los padres que tuve. Con ellos me tocó un boleto ganador en la lotería de la vida. Y el ámbito que me rodeó en mis años fundantes de juventud en Tucumán fijaron la dirección de mi recorrido posterior. “Pensar que un instante pude no haber nacido”, dice Rubén Darío en el poema preferido de mi papá y mío “y la gloria que es mi vida desde que yo nací”.
En esos años tucumanos la Universidad de Tucumán tuvo para mí un rol central. Tengo innumerables anécdotas de momentos vinculados a la UNT que marcaron mi vida. Les cuento un puñado. En el Gymnasium recuerdo a Roberto García haciendo una lista de lectura para el verano en el pizarrón, creo que había 300 títulos, de tiempos que leíamos libros enteros en papel. Gracias a él leí la Metamorfosis de Kafka a los 11 años. De Iván Rodríguez recuerdo sus lecciones de ajedrez, “hay que dominar el centro”. Del Técnico tengo muchas, que no son necesariamente del contenido específico de las clases. El maestro Felipe Hernández Barranco, de albañilería ,“todo lo que un hombre puede hacer lo puede hacer otro”. Recuerdo a Bravo Figueroa, primer año del colegio. Entra a la clase. Era un excéntrico. “Yo les voy a enseñar literatura”, dijo, “pero mi especialidad es la física nuclear”. Y recuerdo una especie de lección de vida de Dante Soria, profesor de historia argentina, sobre el significado y la importancia de “tener iniciativa”. Y cómo olvidar también que cursé la secundaria en años difíciles. Yo era el “delegado del curso”, en un momento el director me llama a su despacho y me dice: “Rojo, yo abro su legajo y se prende una lucecita roja. Rojo, la SIDE me pide nombres”.
De Cacho Mordini recuerdo la convicción de su primera frase en cuarto año: “todo es física, chango”.
Y todo eso en resonancia con el amor y el estímulo intelectual permanente que recibía en mi casa y el vínculo de amistad que formé en esos tiempos; muchos de esos amigos tan queridos, después de tantos años, están aquí, dando testimonio de que en la integral de la vida lo que más importa es la familia y la amistad.
Recuerdo por ejemplo la explicación del movimiento browniano de mi mamá con una botella de vidrio verde, la explicación de la teoría de la relatividad de mi papá con espejos, trenes y relojes, y las conversaciones de sobremesa que iban del Tractatus de Wittgenstein hasta con sutilezas lingüísticas locales.
Por ejemplo, el “qué” tucumano.
Al principio de la frase, atenúa el carácter de imposición de un pedido
“¿Que me va convidá un caramelo?”.
Al final es un miminizador de la intención pretenciosa de una frase:
“Si se ha ido pa Luxemburgo qué”.
Una función parecida tiene también –lo que yo llamo– el eco tucumano:
“Me ido a Luxemburgo, me ido a Luxemburgo”.
Y no hablar de la sexta ascendente de las preguntas tucumanas. “¿Te has ido al centro?”
Ese sentido musical lo recibí de otra formación, en el Conservatorio Provincial de Música. Recuerdo una frase de Ángel Damato, mi profesor de flauta: “Toda la música es romántica”.
Y luego en los primeros años de física en la facultad, la intuición de Constantino Grosse, el rigor del doctor Violás –me acuerdo tanto de sus clases de estadística cuando veo los trabajos de IA-, la amplitud y la pasión de la Chichí de Cudmani. En fin, es tanto lo que tengo para contar y agradecer a la UNT que no me alcanza el tiempo.
Quiero sí decir un par de cosas de lo que vino después, el camino que estuvo apoyado en el impulso inicial que recibí antes de irme al Instituto Balseiro, donde también fue un nuevo despertar a un mundo de excelencia, una especie de símbolo internacional de lo que puede ser la educación pública. Y lo digo con conocimiento, luego de irme de Argentina tuve el privilegio de conocer gente muy prominente, de charlar de física con muchos premios Nobel, de trabajar en colaboración con dos de ellos, Tony Leggett y Gerard Moureau, y al comparar su formación, uno inglés y otro francés, estaban a la par de lo que yo recibí en Bariloche. A esto lo digo en defensa de la educación pública, cuyo rol es, cada vez más, un instrumento necesario para aquellos que no fueron beneficiados por la lotería de la vida.
Recibo esta distinción con mucho orgullo, se la dedico a mis padres, a Andrea, mi compañera de vida, a mis hijos Flor y Fer, a mi nieta Shalini -si me pongo a hablar de ella estamos hasta mañana– y me comprometo a colaborar y seguir interactuando con esta casa de estudios, que siempre llevo en el alma.
*Extraído del discurso del autor al recibir el doctorado honoris causa de la UNT el pasado viernes 8 de mayo.
Perfil
Alberto Rojo – Físico, músico y escritor tucumano. Profesor del Departamento de Física de la Universidad de Oakland. Publicó en coautoría con el premio Nobel Anthony James Legget. Sus canciones fueron grabadas por Mercedes Sosa, con quien tocó en distintas oportunidades.