Las recientes amenazas de tiroteo en instituciones educativas reabrieron el debate sobre cómo abordar una problemática que, aunque no siempre se concreta, deja secuelas profundas. Para el especialista en educación Juan María Segura, el fenómeno es “complejo, preocupante y muy triste”, y expone tanto cambios en la vida de los adolescentes como falencias en la respuesta de los adultos.

“Lo que está revelando en parte es que hoy los chicos, a partir fundamentalmente de la tecnología, están pudiendo tener una vida en paralelo, utilizando la infraestructura de la casa y de la escuela sin ningún tipo de monitoreo o control”, explicó Segura en diálogo con LA GACETA. Según señaló, esta desconexión entre el mundo adulto y el juvenil permite que se gesten situaciones que muchas veces resultan “inimaginables” para las familias.

Segura vinculó este escenario con una creciente naturalización de la violencia en la sociedad. “La vemos en todos lados; en el fútbol, en la televisión, en la política. Y además la tecnología nos permite acceder a hechos violentos en tiempo real en cualquier parte del mundo. Eso agranda el cuadro”.

El especialista remarcó que, incluso cuando las amenazas no se concretan, el daño ya está hecho. “Queda el pánico, la angustia, el miedo de volver a la escuela. Eso deteriora la convivencia y afecta a toda la comunidad educativa”, sostuvo.

Críticas a las medidas de control

Frente a las respuestas adoptadas por algunas instituciones, como revisiones de mochilas o restricciones en el ingreso, Segura fue categórico. “Que haya que ‘cachear’ a los alumnos para que entren a la escuela es una locura”.

Para el especialista, estas acciones evidencian una “tercerización de la responsabilidad” que debería recaer principalmente en las familias. “La escuela está para acompañar la educación que dan los padres, no para reemplazarla. El origen del problema es mucho más la familia que la escuela”, afirmó.

En ese sentido, respaldó la posibilidad de sanciones a adultos responsables, al considerar que los menores no actúan en un vacío. “Esos chicos tienen adultos responsables frente a la ley. La responsabilidad es de los adultos”, insistió.

NO ES UN JUEGO. Los jóvenes reconocen la seriedad de los hechos. LA GACETA / ANALÍA JARAMILLO

El desafío del mundo digital

Uno de los puntos centrales del análisis de Segura es la falta de comprensión del universo digital por parte de los mayores. “Hemos creído que podíamos no meternos en el mundo tecnológico de los chicos y que no iba a pasar nada. Y eso está demostrado que no es así”.

Según explicó, los adolescentes construyen vínculos, códigos y formas de organización en plataformas que los adultos muchas veces desconocen. “Somos analfabetos en el lenguaje digital que hablan los chicos y no nos importa”, reconoció.

Ante esto, planteó la necesidad de que tanto familias como escuelas se involucren activamente. “Están obligados a entender la época en términos de redes, instrumentos y códigos culturales. Si no, no van a poder intervenir nunca”.

También propuso implementar “dietas digitales” en el ámbito familiar, con momentos de desconexión que favorezcan el diálogo cara a cara. “Es una batalla que hay que dar, y la tienen que dar los adultos”, sostuvo.

Prevención antes que castigo

En lugar de enfocarse únicamente en sanciones, Segura propuso intervenir en las etapas iniciales de estos comportamientos. “Lo que hay que hacer no es castigar el resultado, sino desactivar estas iniciativas en el origen”, explicó.

Para ello, sugirió que las escuelas desarrollen dispositivos internos que permitan detectar y abordar estas situaciones tempranamente, incluso con participación de los propios estudiantes. “Hay que generar espacios donde los chicos puedan expresar lo que piensan, lo que les preocupa, lo que los lleva a creer que algo así puede ser divertido”, indicó.

El valor del diálogo

Finalmente, el especialista dijo que la clave para enfrentar este fenómeno es el fortalecimiento de la comunidad educativa a través del diálogo genuino. “La respuesta no tiene que ser más violencia. Tiene que ser inteligencia, escucha y construcción colectiva”, afirmó.

“Los chicos, cuando encuentran un espacio real de escucha, cuentan todo. Y ahí está la oportunidad para intervenir”, concluyó.