Había partido desde Monteros muy joven, con una mezcla de necesidad y aventura latiéndole en el pecho. Julio Rojos no sabía entonces que ese viaje hacia el sur argentino, hacia la inmensidad de Neuquén, iba a marcarlo para siempre. “Me encontré en la majestuosa Alicurá, en una zona totalmente aislada”, recordaría años después. Al principio fue el desarraigo, la soledad, el viento frío golpeando fuerte. Pero, poco a poco y casi sin darse cuenta, ese rincón perdido del país se transformó en algo más que un lugar de trabajo para él y muchísimas personas más: se convirtió en hogar.
Sólo que fue un hogar de pocos años, del cual hoy apenas quedan vestigios, con calles de tierra todavía visibles, árboles, cimientos y unas pocas estructuras en pie.
Villa Alicurá fue un vendaval que nació en 1979 y acabó en 1986, al calor de una obra gigantesca, la represa sobre el río Limay. Emergió de la nada una pequeña ciudad que llegó a albergar a más de 3.000 personas de forma estable, a los que se sumaban otros 2.000 que iban al lugar a hacer trabajos temporarios. Obreros, técnicos, familias enteras provenientes de todos los rincones de Argentina, y también del exterior, levantaron no sólo una infraestructura clave para el país, sino una comunidad única, intensa, irrepetible.
“Para mí era una experiencia distinta a todo lo vivido”, contó Rojos en una entrevista. Y no era el único que lo decía. Quienes pasaron por allí coinciden en algo difícil de explicar con palabras: Alicurá no era un campamento, tampoco un simple pueblo. Era una forma de vida.
Pueblos fantasma: Totoralejos apagó su luz y se quedó dormido en las salinasLas casas estaban amobladas, los servicios cubiertos, el trabajo era exigente (con turnos de hasta 12 horas), pero al terminar la jornada había cine, club, bailes, encuentros. Había hospital, escuela primaria y secundaria, correo, banco, supermercado. Había incluso una terminal desde donde se podía viajar gratis a cualquier punto del país cuando llegaban las Fiestas. “Nos daban todo”, sintetizaba Dante Vázquez. Pero lo material, con el tiempo, quedó en segundo plano.
Palabras
En testimonios que se pueden leer en una crónica del diario La Nación asoman más recuerdos en primera persona. “Habíamos hecho una conducta del sí”, recordó Manuel Barbat. Y en esa frase se encierra el espíritu de Alicurá. Todo se compartía: el asado, la mesa, el tiempo, la vida. “Hacías un asado y tu vecino se sumaba… y después otro más. Éramos una gran familia”, contó Ery Miranda. Marcela Suárez, que pasó allí su infancia, lo resumió también con una mezcla de nostalgia y asombro: “Algo raro pasó en Alicurá… nadie se quería ir. Fuimos muy felices”.
El aislamiento, lejos de ser una barrera, fortaleció los lazos. A más de 100 kilómetros de Bariloche, rodeada de estepa y atravesada por el viento patagónico, la villa creció como una burbuja donde todo parecía posible. Había muchos italianos (de Italia era la empresa constructora de la represe) que enseñaban a sus hijos en su idioma, obreros que llegaban sin experiencia y aprendían un oficio, chicos que crecían sin conocer la inseguridad. “No existía la delincuencia”, recordaba Gustavo Vargas. “Vivíamos en la calle, jugando, disfrutando”.
Pueblos fantasma: Tucunuco, la ilusión del desierto que la dictadura deshizoEl fútbol también tenía su lugar. La villa contaba con un club que competía en la liga barilochense, con una cancha de césped impecable al lado del río y un polideportivo que era punto de encuentro permanente. Allí, como en cada rincón del pueblo, se construían recuerdos.
Y también había momentos extraordinarios. Pasaron músicos populares, espectáculos, figuras. Sergio Denis, Pimpinela, Los Plateros, entre otros. “Un día trajimos a Moria Casán… no se debe acordar que estuvo acá”, dijo Barbat. Pero para los habitantes de Alicurá, esos eventos eran más que shows: eran celebraciones de una comunidad que se sabía viva.
La naturaleza también dejó marcas imborrables. La gran nevada de 1984, que aisló completamente a la villa, quedó grabada en la memoria colectiva. “Las calles se llenaron de chicos jugando, nos tirábamos con lo que fuera”, recordó Miguel Cuello. La adversidad se transformaba en juego, en unión, en historia compartida.
Pero mientras la vida florecía, el destino del pueblo ya estaba escrito. La represa avanzaba, el río Limay cambiaba su curso, y el embalse comenzaba a cubrir el paisaje. Lo que para el país era progreso, para los habitantes de Alicurá era el inicio de una despedida.
“Fue muy fuerte ver cómo el río se transformaba en lago”, dijo Marcela Suárez. Como si la naturaleza misma anunciara que nada volvería a ser igual.
En 1986, el final llegó de manera abrupta. No hubo transición ni despedidas largas. “Recibías un telegrama: en 15 días te tenías que ir”, recordó Barbat. Un camión aparecía en la puerta y había que cargar la vida entera en pocas horas. “Te levantabas y tu vecino ya no estaba”, recordó Oscar Alfaro. El desarraigo volvió, pero esta vez con un peso mucho más grande.
Un puerto fantasma que yacía bajo el agua: las ruinas de una popular villa turística que fue arrasada por la lagunaLas casas fueron desmontadas, una a una. Los edificios, trasladados. El pueblo, borrado del mapa.
Lo que había sido una pequeña ciudad vibrante quedó reducido a cimientos, a calles sin nombre, a parcelas vacías invadidas por la vegetación.
El retorno
Con el paso de los años algunos ex pobladores volvieron. El acceso seguía siendo difícil, incluso prohibido durante mucho tiempo debido a que ahora el terreno es propiedad privada. Pero la necesidad de regresar era más fuerte que cualquier obstáculo.
“Duele ver que no quedó nada”, dijo Barbat, caminando entre los restos de lo que fue su casa. En Villa Alicurá se había casado. Allí había nacido su hijo. Ahora sólo quedan fragmentos de piso entre los arbustos.
Marta Villagra se percató de un espacio vacío durante su visita. “Ahí estaba el correo”. Pero ya no había paredes, ni puertas, ni ventanas. Sólo memoria.
El paisaje es, al mismo tiempo, hermoso y devastador. El embalse del Limay brilla como un espejo azul, rodeado de cerros. Desde la ruta se distingue el trazado de un pueblo perfecto… pero sin casas. Como un dibujo detenido en el tiempo.
Y sin embargo, Alicurá no desapareció del todo.
Sigue viva en quienes la habitaron. En los grupos de redes sociales donde se comparten fotos, anécdotas, nombres. En los blogs que nacieron casi por casualidad y terminaron reuniendo a cientos de personas dispersas por el mundo. En los reencuentros, en los mensajes, en las lágrimas.
“Nos marcó para el resto de nuestras vidas”, escribió Alfredo Bacci. Y esa frase se repite, con distintas palabras, en cada testimonio. Miguel Cuello lo expresó con una claridad conmovedora: “Nunca supe cuánto de lo que soy se lo debo a Villa Alicurá”.
Tal vez esa sea la verdadera historia de este pueblo hoy convertido en fantasma. No la de su construcción ni la de su desaparición, sino la de su huella. Porque Alicurá fue efímera en el mapa, pero eterna en la memoria. Un lugar donde miles de personas, llegadas desde lejos, encontraron algo más que trabajo: encontraron comunidad, identidad, felicidad.
Y aunque hoy sólo queden ruinas detrás de una loma, a la vera de la ruta 237, quienes vivieron allí lo saben: ese pueblo no murió. Simplemente se quedó dormido en el corazón de todos los que alguna vez lo llamaron hogar.