Un revólver cargado con seis balas dentro de una mochila, en medio de una clase de Biología. La escena, que podría parecer propia de otro contexto, ocurrió en la secundaria El Salvador, de San Miguel de Tucumán, y dejó en el aire una duda: ¿qué está pasando con los adolescentes y qué puede (y qué no) hacer la escuela frente a estas situaciones?

El protagonista fue un alumno de 17 años. Un compañero alertó a las autoridades, se activó el protocolo y el 911 intervino. No hubo disparos ni heridos. El arma nunca salió de la mochila. Y la hipótesis inicial apunta a una intención de intimidar.

“Él no ha sacado el arma, ni amenazó a nadie”, aclaró la ministra de Educación, Susana Montaldo. A la vez que advirtió: “No son conductas comunes”. Pero su diagnóstico fue más allá del episodio puntual. “Hay mucha violencia, especialmente en las redes sociales”, indicó, y planteó que la respuesta no puede recaer sólo en la escuela. “Necesitamos que las familias y otros ámbitos también los escuchen y los atiendan”, remarcó.

La funcionaria también dejó en claro el enfoque oficial frente al adolescente: “Hay que mejorar la vida de ese chico y acompañarlo” y “le vamos a dar la posibilidad de tener un trayecto para terminar el secundario y una formación profesional que le permita trabajar”.

La definición revela que el camino elegido no es punitivo. “Es un tema más profundo, que requiere el trabajo conjunto de la familia, la escuela y la sociedad”, resumió.

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Pero si el caso encendió alarmas, para el psicólogo Roberto González Marchetti lo esencial está en lo que no se ve. “Hay un número elevado de chicos que están transitando situaciones de angustia en soledad”, advirtió. Y aportó un dato que funciona como señal de alerta: “el 40% no tiene a quién recurrir cuando atraviesa un problema”.

Ese número cambia la escala del análisis. Ya no se trata sólo de un adolescente que llevó un arma a la escuela, sino de una trama más amplia donde muchos chicos transitan conflictos sin contención.

En ese contexto, explica, algunas conductas extremas empiezan a encontrar sentido. “Muchas veces la frustración se canaliza en consumos o en otras formas de resolver conflictos. Llevar un arma puede aparecer como una respuesta frente a algo que los perturba”, dijo.

Mirada simplista

El especialista también pidió correrse de una mirada simplista del hecho. “Puede haber una demostración de poder o una forma de resolver un conflicto, pero cuando se llega a ese punto es porque fracasó todo el proceso preventivo”, sostuvo.

González Marchetti también planteó que la impulsividad -frecuente en la adolescencia- no puede analizarse de manera aislada. “Está ligada a la ira, que es una emoción básica. El problema aparece cuando se mezcla con ideas de venganza o reparación”, señaló. Si a eso se suma la falta de herramientas para regular emociones, el riesgo se incrementa.

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El psicólogo también marcó los límites de la escuela frente a estas situaciones. “Los equipos de orientación hacen una aproximación diagnóstica y orientan, pero no realizan tratamiento”, explicó.

El punto crítico aparece después: “La dificultad está en la derivación. No sabemos si la familia va a poder acceder a un servicio de salud mental ni si ese adolescente va a tener continuidad en el acompañamiento”.

Por eso, insistió en no caer respuestas que profundicen el problema. “Hay que evitar la culpabilización. Ese chico puede estar respondiendo desde su subjetividad, no desde una intención puramente violenta”, afirmó. Mientras que también advirtió sobre las consecuencias sociales: “se enfrenta a un proceso judicial y a un estigma: lo pueden tratar de peligroso o de ‘loco’. Eso puede agravar la situación”.

El abordaje, planteó, debe ser más amplio. “El acompañamiento tiene que ser integral: individual, familiar y también institucional”. Y no sólo centrado en quién protagonizó el hecho: “hay que trabajar con el curso, porque puede haber otros estudiantes afectados o situaciones de violencia previas que no se visibilizaron”.

Así, el episodio deja de ser un hecho aislado para convertirse en un emergente. Una señal que, más que explicar lo ocurrido, obliga a mirar lo que viene pasando antes.