Camina entre comparsas y puestos de comida como si el predio fuera su casa. Sombrero firme sobre la cabeza, esta vez adornado con cuernitos carnavaleros, una bolsa grande cruzada al hombro y las manos siempre ocupadas: en la derecha, la muña muña; en la izquierda, la albahaca fresca que perfuma el aire a su paso. Antonio Cruz no necesita presentación. En casi cualquier festival del norte argentino alcanza con decir “Muña Muña” para que alguien lo señale entre la multitud.

Es nacido en Santa María, Catamarca, pero asegura sentirse amaicheño por el vínculo construido con Amaicha del Valle. Allí pasa buena parte del año y desde allí organiza su itinerario. “Soy de acá cerca pero Amaicha es mi casa, desde que tengo uso de razón vengo. No he faltado nunca”, relató “Muña Muña”.

Su calendario no se mide en meses, sino en festivales. “Desde diciembre o primeros días de enero, arrancamos a recorrer las celebracioness”, contó. Empieza por los eventos más pequeños y luego se instala en los grandes escenarios. El festival de Santa María: La Reina Yokavil es su favorito. “Primero está el Yokavil, luego la Pachamama y tercero creo que La Serenata”, afirmó sin dudar. Pero el más imponente, reconoció, es Cosquín. “Cosquín siempre. Es enorme”, repitió cuando se le preguntó por el mayor festival al que asistió. También dice presente todos los años en la Fiesta del Poncho, en Catamarca.

No hay descanso en su rutina. Viaja por Tucumán, Buenos Aires, Catamarca, Salta, Córdoba y otras provincias costeando cada traslado. “Vendiendo 10 ramos de albahaca ya me pago mi boleto. Ando trabajando siempre, no descanso nunca”, aseguró. En los accesos a los festivales no suele tener inconvenientes. “Cuando llego a algún festival, toda la gente siempre me dice: ‘Pasá, pasá, pasá’ e ingreso sin ningún problema”, relató.

Hierba andina

Su producto estrella es la “muña muña”, una hierba andina a la que atribuye múltiples propiedades. “Es muy buena para la sangre, circulación de sangre y de ahí, bueno... afrodisíaco”- explicó y remarcó entre risas- “Está apuntado para los hombres, pero no son quienes más la piden. Muchas veces me compran señoras de mediana edad, siempre viene bien una ayudita”. La define como un “vaso dilatador que corrige la sangre”, útil también para dolores óseos y musculares.

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La recolección corre por su cuenta. Sube hasta una zona cercana al Infiernillo y realiza dos o tres cosechas cada verano. De cada una obtiene entre 30 y 40 bolsas que luego deja secar antes de fraccionarlas para la venta. Asegura tener clientes fijos en cada lugar que visita. En jornadas favorables, afirma, puede recaudar entre 80.000 y 90.000 pesos por día.

Pero su figura no se reduce a lo comercial. Antonio es también portador de códigos y creencias populares. La albahaca, dice, protege contra la envidia cuando “está suelto el diablo”, en referencia al tiempo de Carnaval. El lugar donde se coloca no es casual, también presenta un gran simbolismo para la gente que la usa como decorativo a la hora de dejarse llevar por la alegría de la temporada estival. “En la oreja derecha es soltero. La izquierda es casado”, detalló.

Su presencia no pasa inadvertida. Es simpaticón, chistoso, siempre dispuesto a una foto o a una broma. En cada festival termina cubierto de nieve artificial o salpicado de pintura, víctima consentida del juego colectivo. No se molesta. Forma parte del ritual. Mientras otros artistas suben al escenario, él recorre todo el predio, tejiendo vínculos hierba en mano.