El momento en que suena la alarma podría tener un efecto mucho más profundo de lo que se creía. Lejos de ser un detalle menor, despertarse en una hora precisa puede influir directamente en la forma en que el cerebro regula las emociones desde el inicio del día. La ciencia comenzó a investigar por qué algunas personas se levantan con energía y buen humor, mientras que otras experimentan cansancio o irritabilidad sin una causa aparente.

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Los resultados apuntan a un factor clave que muchas veces pasa desapercibido: la sincronización entre el reloj biológico y el horario de despertar. Cuando ambos coinciden, el organismo responde de manera más equilibrada, pero cuando no, las consecuencias pueden sentirse durante horas. Este hallazgo plantea una incógnita que despierta interés: ¿existe realmente un momento exacto que puede cambiar cómo nos sentimos cada día?

¿Qué hora precisa recomienda la ciencia para despertarse y tener buen humor?

Los estudios en cronobiología señalan que despertarse en armonía con el ciclo natural de luz y oscuridad favorece el equilibrio hormonal, especialmente en la producción de melatonina, vinculada al sueño, y serotonina, asociada al estado de ánimo. Investigaciones difundidas en publicaciones científicas especializadas muestran que quienes se levantan temprano y descansan las horas necesarias presentan menos síntomas depresivos y mayores niveles de satisfacción con su vida en comparación con las personas que mantienen hábitos nocturnos de forma constante.

En este sentido, los especialistas coinciden en que, para la mayoría de los adultos, el horario más adecuado para despertar se ubica entre las 6 y las 7 de la mañana. Esta recomendación es efectiva siempre que se garantice un descanso suficiente, de entre 7 y 8 horas, y se sostenga una rutina de sueño regular, incluso durante los fines de semana.

Rituales matutinos que favorecen el buen humor

Además del horario de despertar, la forma en que comienza la mañana resulta decisiva. En Japón, es habitual dedicar las primeras horas del día a actividades suaves, tanto físicas como mentales, como estiramientos, yoga ligero, meditación, caminatas tranquilas o lectura. Estas prácticas, realizadas con exposición a la luz natural, permiten activar el organismo de manera progresiva, disminuir los niveles de cortisol —relacionado con el estrés— y estimular la liberación de endorfinas y serotonina, asociadas al bienestar.

El objetivo no es exigir rendimiento inmediato desde las primeras horas, sino generar un período de transición entre el descanso y la actividad diaria. Este espacio de adaptación consciente, junto con un despertar relativamente temprano, se asocia con una mejor gestión emocional y una mayor percepción de control sobre la jornada.

Asimismo, algunas observaciones indican que una parte de la población japonesa mantiene un sueño fragmentado, que consiste en acostarse temprano, despertarse brevemente durante la noche para realizar una actividad relajante y luego volver a dormir hasta el amanecer. Aunque este hábito no es universal, refuerza la importancia de priorizar un descanso profundo y reparador más allá de la cantidad total de horas.

Durante el día, también es común la práctica del “inemuri”, que consiste en realizar siestas cortas de entre 10 y 20 minutos en distintos entornos, como el transporte público o el lugar de trabajo. Cuando se realizan antes de las 15 o 16 horas, estas pausas breves contribuyen a mejorar la atención, la memoria y el estado de ánimo sin afectar el descanso nocturno.