Apenas se sentó a comer, la joven no se sintió bien. Estaba pálida. Le dijo a su familia que tenía sueño, y que se iría a dormir. Quiso levantarse, pero cayó desvanecida. Su papá intentó auxiliarla. A los pocos segundos, abrió los ojos y alcanzó a decir: “no se preocupen; estoy bien”. Pero esa mirada nublada no era una buena señal. Lo que siguió fue una carrera contra el tiempo para salvar a la menor de 16 años. La subieron al auto y la llevaron al centro asistencial. La internaron en estado de gravedad. Y a las pocas horas, llegó la peor noticia: la adolescente había muerto.

Ayer se cumplieron cuatro días del fallecimiento de J.L. (por pedido de sus padres solo se informan las iniciales). Se trata del primer deceso por dengue informado oficialmente, en el marco de la epidemia por el virus que transmite el mosquito Aedes aegypti. Tucumán suma más de 3.000 contagios este año.

la gaceta / fotos de osvaldo ripoll

Sobre un pasillo, a pocos metros de un destacamento policial y de un CAPS, vive la familia de J.L., en el barrio San Antonio del Bajo (Banda del río Salí). Ahí nos recibe la abuela, Marina Flores. Tiene los ojos hinchados de tanto llorar. Nadie en la casa puede entender lo que pasó. La tristeza por la pérdida se mezcla con la impotencia. “Tengo mucha bronca. ¿Por qué fue todo tan rápido? Ni un síntoma tuvo de la enfermedad. Fue como un veneno que la liquidó velozmente”, explica Flores.

De hecho, recién el lunes a la tarde la familia se enteró que la causa de la muerte había sido por dengue. La enfermedad le afectó fuertemente su organismo, le produjo una hipotensión y falleció. “No entendíamos nada. En casa no tenemos ni un mosquito”, expresó la abuela.

J.L. era la más grande de cuatro hermanos. El 6 de abril iba a cumplir 17 años. El sábado, antes de descompensarse, había estado estudiando porque debía rendir una materia. Iba a cursar el último año de la secundaria y estaba feliz por eso. Según la abuela, era una chica sana y muy querida. “Me sorprendió cuanta gente nos acompañó en estos días tan tristes. Estoy muy agradecida”, cuenta Marina, desde la galería de la casa ubicada a pocas cuadras del río Salí. “Estoy muy preocupada porque aquí hay muchos casos de dengue; a un sobrino de 11 años lo acaban de internar grave”, dice, tomándose la cara, deseando despertar y que todo haya sido una pesadilla.

En la mayoría de los barrios de la Costanera, los vecinos empezaron a escuchar los primeros días de febrero cómo crecían entre las familias los síntomas de dengue. Las historias se multiplican a lo largo de varias cuadras. Y es el diagnóstico que más se está escuchando en el CAPS 17 de octubre, en el corazón de San Antonio del Bajo.

Celeste Romero, de 42 años, acompaña a su hija, que está con fiebre alta. También cree que le ha bajado la presión. “Acá cada vez hay más casos. Muchos vecinos están enfermos. En casa se contagiaron mi esposo y mis hijas, y no la pasaron nada bien”, explica.

Marta Vera, de 65 años, cuenta que desde hace un mes la está pasando mal a causa de la “fiebre quebrantahuesos”. “Estuve internada y muy complicada. No podía ni caminar por los dolores. Todavía tengo mareos”, describe.

Impacto

La muerte de J.L. tuvo un gran impacto entre los vecinos. María Marcela Carrizo tiene una gran angustia contenida en el pecho. Por estas horas, su esposo Angel está internado en el Centro de Salud por dengue. “Es diabético, hipertenso y es la segunda vez que se infecta con esta enfermedad; dicen que es muy peligrosa la reinfección. Estamos esperando que mejore, los médicos nos piden paciencia”, cuenta, mientras aguarda en la vereda de su casa que se esfume el insecticida con el cual los agentes sanitarios acaban de fumigar su casa.

“¿Sabe qué pasa? En este barrio hay mucha gente que acumula recipientes con agua y cosas que no sirven. Ya pasaron y nos dijeron varias veces que no acumulemos agua. Pero no toman conciencia. Hasta que no les pasa algo grave cerca no toman conciencia”, sostiene.

Otra situación que les preocupa a los vecinos es la cantidad de agua estancada que se puede observar en las calles. Es algo que también sucede en los barrios La Milagrosa y Antena, zonas que están sumando cada vez más casos de dengue. Todos estos vecindarios están ubicados a la vera del río Salí. “Y eso tiene mucho que ver porque esa zona de la Costanera está muy descuidada. No realizan desmalezamiento y hay basura en varios sectores. Además, en la mayoría de las casas tienen caballos y recipientes para que tomen agua, además de neumáticos en desuso. Todo sirve para que el mosquito se reproduzca”, se queja Antonio Iriarte.

Una lucha difícil

“No se mueren los infelices”, exclama Esteban Corvan, desde el garage de su casa. “Acaban de fumigar aquí y está lleno de mosquitos”, dice, mientras intenta espantarlos con un diario viejo.

César Coronel, jefe de división Gestión Ambiental de la Dirección de Salud Ambiental del Siprosa, trata de dar una explicación mientras recorre las calles de lo que hoy se ha convertido en uno de los cuatro mayores focos del brote de dengue en la provincia. Los otros están en Yerba Buena, Aguilares y Lules.

“Hace un mes que venimos trabajando sin descanso en esta zona de la Costanera y mucha gente no colabora. La fumigación no es todo; ya les explicamos que solamente mata el mosquito adulto, pero no las larvas. Fumigamos pero al día siguiente es obvio que hay de nuevo Aedes aegytpi porque las casas tienen muchas larvas de insectos en recipientes que sirven de criaderos”, resalta, mientras exhibe un tubo en el cual ha recolectado muestras de lo que está hablando.

“Es cierto que hay muchas necesidades. Una gran cantidad de familias no tienen plata para comprar espirales y mucho menos repelentes. Por eso, les estamos repartiendo estos insumos para que se puedan proteger. También les pedimos que si están cursando la enfermedad no circulen sin protección porque eso ayuda a que el virus se siga expandiendo”, remarca, preocupado porque en las últimas horas ha vuelto a llover y eso es señal de que pronto habrá más mosquitos en el ambiente.