En el año dos mil cuatro era yo un flamante licenciado en filosofía y comencé la solicitud de una beca del CONICET para estudios de doctorado. En esa época se necesitaban dos recomendaciones a sobre cerrado. Una le pedí al Profesor Roberto Rojo. La segunda carta a la Profesora Genié Valentié.

Genié era generosa como nadie, visitarla era tener el placer de escuchar su bisbiseo hipnotizador que invocaba leyendas, historias y teorías. Era como ver a una escultora curiosa que tantea el mármol y la forma que abriga y que nadie mas que ella intuye, pero todos reconocen al final. Las volutas de Pall Mall traían por ejemplo los mitos galeses del Mabinogion, Ser y Tiempo de Heidegger y relatos con El perro familiar. Comenzaban a ensamblarse en el aire ante la mirada fascinada del interlocutor, mostraban parentescos insospechados o diferencias que nadie podía ver sin sus ojos. Las nubes platónicas respondían las instrucciones precisas del susurro de Genié, diosa del viento. Por eso su departamento se convertía por las noches en un fogón de esos que nadie quiere abandonar, ella era a la vez gran cuentista y aguda pensadora, tradición y modernidad. Varias bestias nos beneficiamos de su calor y luz. Tuve la suerte de hacerlo desde cachorro. Había ido a su casa y recibido su visita muchísimas veces.

Pero en esta ocasión me dio mucho, pero mucho miedo visitarla. Es que al llamarla para concertar una reunión con ella por el asunto, le pregunte por sus investigaciones sobre metafísica y simbólica del mal.

-Al tema del mal lo termine hace poco. ¡Llegué a tener visiones horribles en los espejos, cuadros sanguinolentos, unos ojos tristísimos y ruidos del otro lado del vidrio que me la tenían a la perrita Flor días enteros debajo de la cama! Pero venite a la noche querido, te doy la carta y te cuento bien.

¡Justo cuando me tenía que recomendar para la beca, la Genié se tenia que abrir un portal al infierno! Con el coraje de recién recibido sin trabajo, comencé mi divina comedia hacia la calle Junín, donde vivía, al lado de La Nonna. Me atendió muy afectuosa. Una copita de champan, tomá asiento. El gusto de siempre de hablar con ella, sumado a un marco especial de misterio y miedo de su relato, hizo de la noche una muy especial. En un momento se sacó un librito.

- la imagen de los espejos me daba mucha mucha pena, era como… un condenado al miedo, al terror. Al terror de Dios...me acordé del misterio tremendo de Rudolf Otto, mira lo que dice “Muy notable es Emat Jahveh, el terror de Dios, el terror que Jahveh puede emitir, enviar como un demonio”. Tremor, a veces Otto usa esa palabra, tremor. Me gusta. ¿No te parece sugerente?

Continuó diciendo que si bien era una forma pretérita de “temor”, porque la erosión del tiempo suaviza la pronunciación de las palabras, que en este caso quizás “se equivocó el viento de los días, pero bueno, se suele ensañar con las consonantes dobles”. No podía pedir más. Me extendió el libro como obsequio. Le agradeci ambas cosas. Tremor. Esa palabra no me la saque más de la cabeza.

Genie me dio la carta en el sobre pero sin sellar, para que lea inmerecidos elogios a mi trayectoria de desempleado, lo hacía para tranquilizarme en mi ansiedad. La segunda carta de recomendación, la de Rojo, estaba absoluta y neuróticamente sellada. Me dio mucha curiosidad. Pero si dañaba el sobre, perdería la recomendación. Aunque mandar una negativa era muy arriesgado. No estoy orgulloso del acto moral, pero sí de la técnica. Fue una obra maestra del arte del espionaje: horas de suave vapor mentolado, intercaladas con paños frios y una cuchilla de acero quirúrgico que despegaba pelo a pelo el sellador. Al leerla sentí aquello del tremor. Era un gran aval, pero me estremecí cuando en el ítem “Lecturas sugeridas para la tesis doctoral” decía, “Lo Santo. Rudolf Otto”.

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